Tracer Bullitt, 37 (El favor)

El As pesaba debajo de mi gabardina, pero más le iban a pesar las balas a Karl y a Mephisto.

La gente que me veía por la calle se apartaba de mi camino. Mi cara de mala uva, según me confesó Jackie-o tiempo atrás, daba miedo.

Había un pasillo de gente. No se apartaban de mí a medida que andaba. Se apartaba de mí manzanas antes de que llegase a ellos.

El tío había sabido que la partida de Daño de antes era la manera perfecta de entrar en mi cabeza de manera discreta. Obviamente, Mephisto le había pedido que me robase el nombre y dárselo. Por eso me había pedido a mí que fuese a por su demonio “escapado”.

Entré en el edificio de Karl. Subí a su apartamento y eché la puerta abajo.

Karl estaba sentado en su sillón, leyendo mientras me esperaba.

–¿Qué tal estás?

–¡En pie! –siseé.

–Me has caído bien. En otra situación, podríamos haber sido amigos y todo –dijo, levantándose–. ¿Quieres que ponga las manos en alto o podemos andar como personas normales y civilizadas?

El tío estaba tranquilo. No sabía que tenía el As encima. Sonreí para mis adentros.

–Te diré que no le habría hecho nada a Sabrina. Sabrina me gustaba de verdad. Y su padre me daba miedo. Eso ayuda mucho a que los novios se porten bien.

–Venga, andando. Llévame al bareto donde está Mephisto. Y no me mientas y digas que no sabes dónde está. Ambos sabemos que lo sabes.

–¿Qué gano mintiéndote? –replicó– ¿Vamos en mi coche?

–Sí, venga. Tú conduces.

–¿Por qué no lo llevas tú? –preguntó el demonio–. A lo peor te llevo a otro lado.

–Necesito una mano libre para encañonarte –sonreí.

–Buf, estás de mal humor, ¿me equivoco?

–Vamos, payaso.

Kor – o el demonio anteriormente conocido como Karl – salió del apartamento y me guio hasta su coche. Una vez dentro, saqué el Auto y, excepcionalmente, lo sujeté con la mano derecha.

Estaba sorprendentemente tranquilo. Todos los demonios eran iguales. Se creían mejores que las personas.

El demonio condujo tranquilamente y me llevó al bar donde íbamos a hablar con Mephisto.

Bueno, quizás Mephisto hablaría. Yo no. Yo haría otras cosas.

–Bueno, ¿qué vas a hacer con Mephisto? No respondas, creo que lo sé. Te diré, de nuevo, que me has caído bien. Espero que, cuando todo esto termine, podamos ser amigos.

–Lo dudo –le dije.

Hubo un momento de silencio.

–Sabes lo que he hecho, ¿no? –preguntó, dejando de mirar a la carretera y mirándome un poco tristón.

Seguí callado.

–Imagino que también sabes lo que va a hacer Mephisto –continuó–. La verdad, no me gusta cómo trabaja Mephisto. Su manera de llenar cupos es tan… cruel. Da un mal nombre a los demonios que trabajan como yo.

–Los dos hacéis lo mismo –escupí.

–Te equivocas. Mephisto os hace sufrir en vida y, lo que es más, lo disfruta. Yo no soy así.

–Tanto tus tratos como los suyos son iguales –le corté.

–No. Una vez falleces, soy yo el que se encarga de lidiar contigo y tengo en cuenta lo que hiciste en vida. No es como estar ahí arriba, pero no es lo que Mephisto tiene preparado para ti. Tenlo en cuenta.

Se calló de nuevo.

–Me encantaría poder ayudarte –terminó–, pero Mephisto me destrozaría y no serviría de nada.

Cuando terminó de no ofrecerme ayuda, aparcó. Me dio las llaves de su Magnum y salió del vehículo.

–Quédatelo. Yo ya no voy a poder usarlo –terminó.

Parecía resignado pero no del todo triste.

–Gracias –murmuré.

Me guardé las llaves en el bolsillo.

Fuimos al bareto de Rocker. La puerta estaba cerrada, pero eso ya lo sabía. Se había ido “de viaje” antes de que Wendy le hiciese preguntas incómodas acerca de su demonio.

Cuando estaba a punto de echar la puerta abajo para entrar, Mephisto la abrió desde el otro lado. Oí un ruido por debajo del registro que podía oír. Era suave, nada molesto, pero se hacía oír. Sonreí.

Guardé el Auto y le di un empujón a Kor con la mano derecha.

Con la izquierda acaricié el As.

–Mi amigo se ha ido de la lengua, ¿me equivoco? –preguntó Mephisto.

–¿A ti qué te importa? –dije, mostrándole los dientes al demonio con el que, años atrás, había estrechado manos.

–Lo siento Calvin –dijo Kor, mirándome a los ojos.

Parecía que el hijoputa lo sentía de verdad y todo.

Antes de que pudiese terminar de darle mi nombre entero, hice un agujero en mi gabardina y otro en el pecho de Kor.

Casi me sentí mal por él, pero luego vi a Mephisto intentar desaparecer.

Me lanzó una bola de fuego que no tuve tiempo de esquivar.

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