Tracer Bullitt, 36 (El favor)

Una vez en casa, entré en mi cabeza. Mi fortaleza interna estaba modelada como un búnker. En la sala central había cinco puertas a las que se llegaba a través de una escalerilla que descendía del techo. Sin embargo, la sala me parecía extraña. Tenía cinco puertas pero, por alguna extraña razón, había seis paredes.

Me acerqué a la pared vacía. La acaricié. Había algo detrás. Detrás de esa pared había un recuerdo. Un recuerdo importante. No podría entrar de cualquier manera. La golpeé.

Me senté y resoplé. ¿Qué podía hacer? La pared no la podía romper sin más. Conociéndome, estaría trucada para dejar catatónico al intruso, aunque fuese yo mismo.

Me rasqué el cuello. No sabía qué había detrás de esa pared. Podría descubrirlo, pero me costaría un ratillo.

Teniendo en cuenta que no sabía de cuándo era mi recuerdo misterioso, tuve que ir al principio de mi vida.

Cogí uno de mis primeros recuerdos al azar.

Estaba en una tienda de juguetes. Debía de tener seis años o así. Los estantes se alzaban hasta el firmamento, las cajas de juguetes se perdían entre las nubes. Mi yo de niño anduvo por los pasillos durante un rato, mirando a todas las cajas. Entró a uno de los pasillos de color rosa. Como un eco, me volvió el nudo en el estómago que había sentido en ese momento. La vergüenza que sentía al estar en el pasillo de los juguetes para niñas resultaba incómoda.

Mi yo adulto sonrió.

Las cajas estaban emborronadas. Nunca me fijé demasiado en lo que había dentro de las cajas. Seguramente muñecas con figuras imposibles o estilizados caballos de color pastel.

El nudo se deshizo y volví al recuerdo. Estaba en un pasillo lleno de pistolas de color naranja, verde, amarillo y azul. Eran de esas que disparaban dardos de gomaespuma. Viéndolas, quería tenerlas. De pronto, sin embargo, ese impulso desapareció.

Mi yo niño había visto el juguete definitivo.

No solo recordaba el peluche que estaba viendo, sino que lo seguía teniendo en mi casa. Me observaba desde su lugar en la estantería todos los días al despertarme y me vigilaba mientras dormía.

Alcancé el juguete y lo abracé. La tela sintética era suave. Los ojos de plástico estaban vacíos, pero no para mí. Podía ver en ellos a un gran amigo que me acompañaría en mis mayores aventuras. No solo lo veía yo, sino el niño que una vez fui. De entre todos los peluches idénticos que había ahí, el que yo había cogido era el único especial. El más valiente. El más fuerte. El más inteligente. El que más viviría.

Oí cómo mis padres llegaban y les miré.

–¿Has elegido ya? –preguntaron a la vez.

Asentí y les enseñé el animal imaginario que tenía en mis manos.

–¿Seguro que quieres eso, Tracer? ¿No querías una de esas pistolas de dardos? –preguntó mi padre, señalando a una caja en la lontananza.

Asentí de nuevo y pensé. Ese “Tracer” había sonado mal. Deformado.

No, no sonado. Pero había algo que no encajaba.

Rebobiné el recuerdo.

–¿Seguro que quieres eso, Tracer? ¿No querías una de esas pistolas de dardos? – repitió lentamente, levantando el brazo otra vez.

Le miré a los labios mientras lo decía otra vez. Sus labios no se estaban moviendo para decir Tracer. Nunca había sabido leer labios, pero sí sabía cuándo alguien decía Tracer. Los labios de mi padre se movían de manera parecida, pero Tracer no tenía una bilabial en la “c” de Tracer.

Algo en mi cabeza hizo click.

Mi nombre no era Tracer. Me lo cambié antes de conocer a Mephisto. Y convencí a todos de que Tracer era mi nombre.

Si sabía mi nombre – fuese el que fuese –, alguien como Karl podía destrozarme. Por no decir lo que pasaría si mi nombre llegase a oídos de Mephisto: todos mis encantamientos dejarían de funcionar y las asquerosas manos de ese ángel caído me atraparían para no dejarme marchar nunca. Estaría encerrado en mi peor pesadilla hasta que me perdonasen.

Y eso no solía pasar con los que hacíamos pactos, independientemente del pacto. Aunque fuese noble.

Salí de mi recuerdo. La sala hexagonal volvía a tener seis puertas. Dejé el recuerdo de mi nombre ahí.

Abrí los ojos y me preparé a ir a por Karl. Ese cabronazo me las iba a pagar. Había sido demasiado agradable como para ser buena persona.

Abrí mi caja fuerte, cogí el As y me lo colgué debajo de la gabardina. Cogí mi pitillera de titanio y me la metí en el bolsillo de atrás. Me metí en la manga del traje mi vieja pitillera de cuero, que todavía conservaba los grabados originales que hice años atrás. Ese iba a ser mi otro as en la manga. El primer as era el As.

Ya sabía de qué me sonaba Karl. Recogería a ese mamonazo y lo llevaría a Mephisto.

¿Era esto lo que Mephisto quería? Seguramente. Pero él no sabía lo que yo tenía.

Resoplé.

Demonios cabrones.

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