Tracer Bullitt, 35 (El favor)

Me dieron las tres primeras cartas y decidí qué hacer. Puse un uku sobre la mesa.

Miré mi mano una vez tuve las seis cartas. Resoplé y me metí cinco pretzels en la boca. Consideré mis cartas. Cuatro iguales. No era lo mejor que podía tener, pero era una mano fuerte. Cambié dos y esperé.

No sirvió de nada.

Eché un vistazo a mi mano de nuevo. Un póker fuerte de reinas. Solo me podrían ganar con un Daño.

Hice números rápidamente. Iba a ganar.

Los jugadores se miraban entre ellos y, a veces, me miraban a mí, el intruso invitado.

Anne vio lo que yo había puesto antes de que me hubiesen dado mis cartas y subió. Paul y Al se quedaron quietecitos. Fer igualó la apuesta. Karl subió de nuevo.

Era mi turno. Igualé a Karl y subí de nuevo.

Anne pensó. Miró sus cartas y miró al montoncito de dinero. Finalmente, se retiró. Al, Paul y el anfitrión siguieron su ejemplo.

Karl sonrió y subió de nuevo. Le quedaban cuarenta ukus.

Miré al joven a los ojos. No tenía un Daño. Ni de coña. Un Daño menor quizás, pero no un Daño. Cogí una de mis siete vidas y la lancé al montoncito.

Nos miramos a los ojos y desvelamos nuestras manos al mismo tiempo. Yo lo hice de una. Él fue poniéndolas una a una, intentando picar el interés de los presentes.

Daba igual, sabíamos que había ganado. Había visto mi mano y mi apuesta y su sonrisa seguía sobre su cara.

Un as.

Otro as.

Otro as.

Otro as.

Otro.

El último clavo de mi ataúd.

Murmuré y me lancé contra el respaldo de mi silla. Empezaba mal. Resoplé y me metí más pretzels en la boca.

–Voy a castigarle ahora –sonrió Karl.

Me recorrió un escalofrío.

–¿Tan temprano? –preguntó el anfitrión.

El chico asintió.

Fer se levantó y fue a una mesita donde había seis coronas de plata. Sin embargo, en lugar de joyas adornándolas, había piedras con runas. Me entregó una de las pequeñas y le dio la grande a Karl.

–Bonitas, ¿verdad? –dijo Paul–. Las diseñé yo.

Nada más decir eso, supe quién era Paul. Era el dueño de una compañía de juegos. Hacían cajas de Daño y otros juegos mágicos.

–Ahora me ha reconocido, ¿eh? –sonrió el empresario–. Son de una tirada limitada que hice hace años. Se las regalé a Fer antes de que saliesen.

Karl se ajustó la corona y me miró a los ojos. De pronto, estaba mirando a través de mí; había entrado en mi cabeza a través de la corona. No podía hacer nada. ¿Qué me iba a hacer? Pensé. Intenté encontrar al intruso en mi cabeza, en mi fortaleza mental. No le podía encontrar.

Paul vio mi cara.

–No le vas a encontrar –rió Paul–. Las diseñé para que no se pueda encontrar al intruso sin ayuda mágica externa. Por eso está prohibida. Sabrás lo que te ha hecho una vez termine la partida. Lo diseñé muy bien.

Sabía que Paul no me estaba mintiendo, pero quise verificarlo por mi cuenta.

–Es cierto –sonreí.

No me gustaba nada que Karl hubiese entrado en mi cabeza. La única persona que podía entrar en mi mente era yo. Y nadie más.

Karl volvió a su cuerpo y sonrió.

–Vamos allá. A ver qué tal –dijo el chico–. Te toca repartir.

Cogí el mazo. Las cartas eran muy buenas. Eran fáciles de barajar y más todavía de repartir.

Durante la segunda mano, los amigos de Karl hablaron de su último mes entre ellos y conmigo acerca de mi vida. Les dije que me dedicaba a hacer encantamientos para mis convecinos. No era mentira. Alguna vez lo había hecho. Era lo que había dicho a Karl la noche anterior.

Las manos fueron pasando, gané un poco de dinero, arrebaté un par de vidas, unas cuantas me las quitaron a mí, perdí dinero y lo recuperé.

Terminamos tarde para mí, pero temprano para mis compañeros de mesa: eran alrededor de las dos de la noche cuando me batí en retirada.

El encantamiento de la corona se levantó en cuanto yo hice lo mismo de la mesa. Al desaparecer la neblina del hechizo, empecé a recordar cómo me habían castigado durante la partida.

Algunos me habían hecho apostar de mala manera. Otros me habían hecho indicar mis manos. Karl, por su parte, no había hecho nada.

Pensé. No parecía que hubiese hecho nada y eso no me gustaba nada. Me mosqueaba bastante, la verdad.

Me despedí de los jugadores tras un rato de charla y fui a mi casa a solas. Karl quiso quedarse a hablar con sus amigos.

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