Tracer Bullitt, 34 (El favor)

Me desperté. Mi espalda crujió al incorporarme. Resultaba desagradable de oír. Me levanté y dirigí a la cocina. Me serví un vaso de agua para que mi boca dejase de tener la misma textura que una pelota de tenis. No ayudó tanto como esperaba. Me serví otro.

Me froté los ojos y noté que estaban húmedos. No era de extrañar. Me los había frotado violentamente. Me sorprendía que no se hubiesen caído de sus cuencas, la verdad.

Resoplé y me rasqué la nuca.

Había quedado con Karl para una partida de Daño.

No quería jugar. Era un juego innecesariamente complejo y, francamente, me aburría sobremanera. Pero un compromiso era un compromiso. Sobre todo si El Loa me pagaba por estar con él.

Me puse la americana de nuevo y golpeé la puerta del dormitorio de Jackie-o. Estaba dormida. Apunté un par de palabras en un trocito de papel.

“Hasta la próxima. Cuídate” rezaba. No era mucho, pero tampoco me hacía falta demasiado. Resoplé y abandoné el apartamento de mi ex–novia.

Mientras bajaba las escaleras, pensé en lo que pudo haber sido. ¿Y si nunca hubiese hablado con Mephisto?

Soñé un poco mientras iba en el bus hacia mi casa. Una casa normal. Un perro, o, quizás, un gato con un cascabel al cuello, me recibiría al volver del trabajo, fuese el que fuese.

¿Dueño de una gran empresa? No. Seguramente habría sido un Rechicero teórico en la Ciudad Tendría hijos, seguro.

Llegué a mi casa y me di un duchazo. Todavía me quedaban unas cuantas horas hasta la partida. No sabía qué hacer. Cogí un manual de necromancia y eché un vistazo a los hechizos más complicados. Podría hacer alguno para matar el rato.

“Matar”. Me reí.

Desplegué el libro delante de mis narices y empecé a leer.

La necromancia era más compleja de lo que recordaba. Pero seguía siendo divertido intentar entenderlo. Leí y leí. De pronto, me di cuenta de que era la hora. Tenía que irme ya.

Pensé en qué debía llevar. Mi pitillera por supuesto. ¿Pero necesitaría el Auto? La última vez que jugué a Daño me vino bien, pero había estado jugando con amigos de Papá. Seguramente, la partida de Karl no iba a ser igual de peligrosa. Pero nunca podías estar seguro de lo que iba a pasar en una partida.

Decidí.

Me tiré la gabardina por encima, me calé la fedora y salí a la calle.

Fui andando hasta la casa de Karl. El chico me estaba esperando a la puerta.

–¿Vamos? –preguntó.

–Sí, claro.

Le seguí y nos montamos en su coche. El vehículo rugió, furioso. Salió a la calle y unas palomas que habían estado medio dormidas en el respaldo de un banco salieron volando, asustadas.

Dos minutos después, estábamos en el Comienzo.

El chico se estiró al salir del coche y sonrió.

–Aquí estamos –dijo–. ¿Vamos?

–Sí, vamos allá.

Abrió la puerta del edificio y le seguí dentro. La gente nos miraba como si estuviésemos fuera de lugar. La verdad, ninguno de los dos, ni Karl ni yo, desentonábamos demasiado. Al menos nuestro atuendo no lo hacía. Mi expresión era otra historia.

El sitio donde íbamos a jugar la partida era curioso. Era un apartamento de esos open-concept. No era mi estilo, pero hasta yo reconocería que era bonito. Yo lo veía todo blanco como la primera nieve. Los ojos casi me dolían, de hecho.

El anfitrión nos recibió con una copa en la mano.

–Buenas tardes, yo soy Fer. Ya estamos todos. Usted será el señor Bullitt, ¿no? –terminó el hombre, sonriendo y mirándome a la cara.

–Un placer conocerle –dije.

Le estreché la mano y le seguí a la mesa donde, imagino, comería. Había seis sillas preparadas. Tres de ellas estaban ocupadas. Me presenté a los hombres y la mujer que estaban sentados.

La mujer se llamaba Anne y era flaca como un cable. No tenía una cara particularmente expresiva, lo que podía ser una ventaja para ella. Durante las primeras manos, al menos.

Los hombres se presentaron como Al y Paul. Al era alto como nadie y tenía pinta de arrastrar camiones para pasar los ratos muertos. Paul, por su parte, era más bien redondo. A juzgar por su barba era o un inversor en alguna empresa de magia o un profesor de la Universidad.

Su nombre me quería sonar. Lo había oído más de una vez antes.

Miré a Paul. Seguramente, podría empujarlo por las escaleras y lo único que sufriría sería un mareo.

Bueno, las escaleras sí sufrirían destrozos considerables.

Estreché las manos de todos y me senté en el sitio que me indicó Fer. Era una silla del mismo estilo que el resto de la casa. Era blanca, limpia y preciosa.

Y, también, incómoda.

Eché un vistazo a lo que tenía delante. Un espacio para las cartas, otro para las ventajas, otro para las vidas y otro para el dinero. También había uno para el vaso y un bol de comida. El bol estaba lleno de pretzels. Comí uno. Salado y crujiente, como debía ser.

–De acuerdo, estamos todos, entonces –sonrió Fer–. Me dijo Karl que sabías jugar a Daño –terminó, mirándome.

–Sí, sí –dije–. Alguna vez he jugado. ¿Hay alguna norma especial en la casa?

–Sí –replicó el anfitrión–. Nada de armas ni magia no autorizada. Siete vidas y ochenta ukus a los sumo. Jugamos por diversión, no para sacar las perras a nuestros amigos. Los castigos no pueden ser físicos ni psicológicos. Se puede afectar a otro para que apueste, pero nada más.

Me excusé y fui a quitarme la gabardina. Con ella, dejé el Auto.

–La primera mano, siempre la jugamos en silencio, para ponernos en situación –me explicó Karl, sentándose a la derecha de mi silla.

Asentí y esperé.

Me senté de nuevo y esperé a que Karl me entregase mis cartas. Mientras tanto, saqué el dinero y miré a los otros cinco jugadores.

Todos eran un misterio para mí.

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