Tracer Bullitt, 33 (El favor)

En el O’Finnigans, hablé un rato con Karl. Hicimos buenas migas. Llamé a El Loa de nuevo para darle el parte. Esta vez, estaba más tranquilo que antes. Se disculpó por haberme chillado antes. Le dije que no pasaba nada, que le entendía.

A pesar de su disculpa, yo sabía que no estaba contento conmigo. Pero se le pasaría, aunque no del todo durante un tiempo.

Me tumbé en la cama y miré la mesilla de noche. Sobre ella, estaba el encantamiento de Jackie-o. Se lo tenía que devolver.

Gemí y me levanté de la cama. Cogí el círculo de Jackie-o, me calé la fedora y me volví a enfundar en mi gabardina.

Salí a la calle.

En el bar de Rocker, le oí charlar con su mascota.

–Nos vamos de viaje, cariño.

Torcí el gesto y resoplé.

Era tarde y, de hecho, no sabía si Jackie-o estaba o no en casa, pero me daba igual. No quería ni podía dormir ahora mismo y no tenía nada mejor que hacer.

Llamé a la puerta de Jackie-o. Oí cómo alguien se movía al otro lado.

Jackie-o me recibió recién levantada de la cama y en pijama. Tenía cara de pocos amigos. Al reconocerme pasó a tener cara de menos amigos todavía pero en cuanto recordó lo último que me había hecho, su cara cambió una vez más. Era una mezcla de arrepentimiento y, hasta cierto punto, cariño.

–Pasa, Tracer –dijo, frotándose los ojos con el pulgar y el índice derechos.

Entré y le tendí su encantamiento.

La chica lo cogió y sonrió.

–¿Quieres tomar algo?

–Agua –respondí.

Eché un vistazo al salón de Jackie-o.

Me sorprendió ver un cuadro que pinté hace años apoyado contra la pared. Se lo había regalado a Jackie-o nada más terminarlo. Fue mi favorito y, según los profesores de la Universidad, el mejor que hice nunca.

Era la entrada principal de la Universidad con la mascota de la institución – un orangután – posando delante. La torre principal se alzaba y perdía entre las nubes.

Los profesores me ofrecieron bastante dinero cuando lo vieron terminado, pero decidí dárselo a Jackie-o. Asumí que al cortar su trato conmigo lo habría vendido. Me equivoqué.

–¿Qué tal, entonces? ¿Te sirvió de algo? –preguntó Jackie-o, dejando un vaso de agua delante de mí.

–Sí. Ya sé qué pasó. Y no te va a hacer ninguna gracia quién estaba ahí.

Hubo un par de segundos de silencio incómodo. Yo esperaba que Jackie-o me preguntase quién estaba detrás de todo. Ella esperaba que lo dijese sin que me lo preguntase.

–¿Quién? –dijo, al tiempo que yo respondía.

–Mephisto.

El silencio que siguió a mi afirmación fue todavía peor.

–¿Y qué quiere? –continuó Jackie-o.

–Mi pitillera –respondí–. Eso creo, al menos. Me la intentó quitar cuando le vi.

–Ten cuidado entonces –dijo ella, sabiendo que no era la pitillera lo que Mephisto quería.

Me terminé el agua que me había servido Jackie-o y, al hacerlo, me di cuenta de que necesitaba dormir; que haber dicho que Mephisto había vuelto, me había dejado exhausto.

Terminé pasando la noche en el sofá de Jackie-o por vaguería pura.

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