Tracer Bullitt, 32 (El favor)

Llamé a El Loa.

–¿Diga? –respondió el haitiano al otro lado de la línea.

–Buenos días, ¿qué tal está su hija?

–Bien, pero lo vio –siseó–. Ahora cree que la estoy vigilando.

Me mordí la lengua y no le dije que, en efecto, era lo que estaba haciendo.

–Llamaba para decirle que he conocido al novio de su hija. Se llama Karl y, esta tarde, voy a tomar una cerveza con él.

–¿Qué? –chilló.

Quizás no lo había dicho de la manera más diplomática posible.

–Sí, le voy a conocer –expliqué–. Será más fácil así. Y menos ilegal. También le quería decir que trabaja con Rechiceros Sin Fronteras.

El Loa, al otro lado del teléfono, no parecía particularmente contento.

–Le mantendré informado –continué.

–Más le vale –escupió El Loa antes de colgar.

Dejé el aparato en su sitio y me dejé caer sobre la cama. Dormí como un lirón.

Me desperté con el cuerpo apelmazado.

Me rasqué el cuello y me desvestí. Entré en la ducha y seleccioné un traje.

Me lo puse y, por primera vez en unas cuantas horas, me sentí completamente a gusto. El traje me abrazaba como era debido. La tela de la camisa era más suave que el algodón de la camiseta verde. Por no hablar de lo que los vaqueros me hacían comparados con los pantalones del traje.

Me colgué el Auto debajo del sobaco.

Me eché la gabardina por encima.

Ahora sí que estaba preparado.

Bajé a la calle y recorrí el camino entre mi casa y la tienda de Karl. El sol se estaba poniendo. Seguro que era precioso. Me mordí el interior del carrillo.

Me senté delante de la tienda y esperé a Karl. La verja bajó. Unos minutos después volvió a alzarse y Karl salió a la calle.

–Buenas tardes –dije–. ¿Qué tal el trabajo?

–Bien, muchas gracias. ¿A dónde quiere ir, señor Bullitt?

–¿Conoce el O’Finnigans? –repliqué.

El chico pensó un poco y sacudió la cabeza.

–Pues vamos ahí –sonreí.

–Si me dice dónde es, podemos ir en mi coche.

–Es un coche bonito, la verdad. ¿Cómo lo consiguió?

–Un regalo de mis padres hace unos años –explicó Karl.

–¿En qué trabajan?

–Mi padre era un Rechicero en la Universidad, pero falleció hace unos años. Un accidente de laboratorio.

–¿Por eso trabaja usted para Rechiceros Sin Fronteras?

–No, en absoluto. Trabajo ahí por placer. Conoces a mucha buena gente y me gusta estar rodeado de buenas personas –sonrió el chico.

Su sonrisa era enorme y agradable. En la superficie. Por debajo resultaba un tanto inquietante. Como la de un lobo vegetariano que está pensando en volver a ampliar el menú.

Se la devolví igualmente.

–¿Y su madre? –continué.

–Mi madre era Graduada. No hizo mucho. Tenía una tienda de barrio, pero al llegar Runas Para Todo, bueno, empezó a perder clientes. Poco a poco, entró en depresión. Murió poco después que mi padre. Y por favor, tutéame.

–Sí, perdona. Siento mucho lo de tus padres.

–No pasa nada, no lo sabía.

–Mira, si yo te tuteo, tú tienes que hacer lo mismo –le dije.

–Perdón –Karl respondió, mirando al suelo.

–¿Y qué haces en tu tiempo libre? – continué.

–Juego a Daño. Soy muy bueno. De hecho, casi todo mi dinero, lo gano a través de partidas.

–¿Y no has pensado en hacerte profesional?

–Sí, alguna vez he barajado la idea, pero dejaría atrás a mis amigos tarde o temprano, así que… bueno, prefiero no hacerlo.

–Ya veo. ¿Y tus padres te enseñaron algo de magia?

–No. O sea, lo intentaron, pero era como intentar enseñar a una pared –rio.

No parecía mal chico.

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