Tracer Bullitt, 31 (El favor)

Seguía sin poder situarlo. Lo había visto antes. Estaba seguro, pero de dónde le conocía era algo que se me seguía escapando. Me rasqué la barbilla.

Sabiendo que vivía aquí, me senté en un banco que estaba delante del portal, pero en la acera opuesta. Esperé a que saliese de su piso unas cuantas horas. El sol salió y sus rayos empezaron a lamerme la cara. Era un cambio agradable.

Aún con todo, seguía haciendo frío, pero no tanto como antes. El sol estaba relativamente alto en el firmamento cuando el novio de Sabrina salió de su casa.

Las calles estaban algo vacías, así que seguirle sin que se diese cuenta iba a ser complicado. Y no es que tuviese un papel para encantarme y hacerme más discreto.

El chico se movía tranquilamente por la calle. No parecía darse cuenta de que estuviese detrás de él. O me estaba ignorando. A saber.

El chico fue andando hasta el Comienzo. Llegó a su trabajo, pero no era un trabajo convencional.

“Rechiceros Sin Fronteras”, rezaba el letrero sobre la tienda en la que había entrado.

No hacían gran cosa aquí, en la ciudad, pero Rechiceros Sin Fronteras ayudaba a mucha gente fuera de Horza y otros países del primer mundo. Había unas divisiones de la ONG que colaboraba con fuerzas armadas en zonas de conflicto, pero normalmente, los Rechiceros de Rechiceros Sin Fronteras eran pacifistas. O cobardes.

Esta tienda lo que vendía era comida de comercio justo y cosas así. No pagaban a casi nadie. Los que trabajaban eran, más que nada, voluntarios. Generalmente, se trataba de esposas de ricachones que querían llenar sus días antes de ir al cine.

El chico estaba detrás del mostrador, colgando su cazadora.

Entré.

El hombre se giró, me vio, me reconoció y sonrió.

–¿No lo atropellé a usted ayer? –preguntó.

Hice como que pensaba y recapacitaba.

–Quizás, quizás –dije–. No estaba en mi mejor momento.

–¿Está usted bien? –prosiguió.

–Sí, sí, no se preocupe.

El chico me miró a los ojos. En un momento, eran claros, blancos como sus globos y, en cuanto te acostumbrabas, eran negros como la muerte. Y, fuesen del color que fuesen brillaban furiosamente.

–Bueno, ¿cómo puedo ayudarle?

–Nada, quería comprar algo de comer. Para matar al gusanillo –probé, resoplando y rascándome el cuello.

–¿Qué tal una barrita energética?

–Claro, por qué no –sonreí.

Saqué la cartera.

–No, por favor, corre de mi cuenta –dijo el chico–. Le atropellé, déjeme compensarle.

–Hombre, no –dije–. La gracia de comprar aquí es que estoy ayudando a los que lo necesitan. Si quiere compensarme, nos tomamos algo de beber cuando termine usted de trabajar.

El chico sacudió la cabeza un poco, pensando.

–Bueno –dijo, derrotado. Al mismo tiempo, marcó el precio de la barrita en la caja registradora.

Pagué sin rechistar.

–¿A qué hora sale? –pregunté. Me sentía como un personaje en una película romántica mala.

–Aquí cerramos a las seis y media de la tarde, así que, a las siete. Más o menos – sonrió y me tendió la mano–. Soy Karl.

–Un placer, Karl. Yo soy Tracer Bullitt –respondí, estrechando su mano–. Le veré a las siete aquí mismo.

–Perfecto –sonrió de nuevo Karl.

Volví a mi casa, pensando en la sonrisa del chico.

Había visto una parecida antes.

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