Tracer Bullitt, 29 (El favor)

No podía coger un taxi y seguirles sin más, pero tampoco podía dejarles marcharse. No tenía un papel a mano, pero sí un bolígrafo.

Arranqué un anuncio de una farola, tracé un círculo de mala manera sobre él y escribí unas pocas runas. El hechizo estaba terminado y funcionaría de manera decente. La cosa era cómo colocarlo en el coche antes de que ninguna de las personas que estaba dentro se diese cuenta de lo que yo estaba haciendo. Llevaba cinco minutos observándolos y no parecía que se hubiesen dado cuenta de que les estaba vigilando, pero  no sabía cuándo se darían cuenta de que, en efecto, estaba detrás de ellos.

Corrí y di la vuelta a la manzana, posicionándome al otro extremo de la calle de tal manera que pudiese ver perfectamente el coche.

Antes de que pudiese recuperar mi aliento, oí cómo el Charger arrancaba, rugiendo como un dragón furioso.

Era mi oportunidad.

Empecé a cruzar la calle calculando el tiempo para que me pillase el coche.

Lo conseguí. Noté cómo el vehículo me golpeaba y, al mismo tiempo, deslicé el encantamiento debajo del capó. Aguantaría un rato largo. Hasta un día, quizás.

La hija de El Loa saltó fuera del coche y me preguntó si estaba bien al tiempo que me tendía la mano. El conductor se bajó también pero antes de que llegase, yo ya me estaba incorporando.

–Estoy bien, estoy bien. No se preocupen por mí. Resisto mucho más de lo que puede parecer a simple vista –dije, arrastrando las palabras al tiempo que me ajustaba la chupa de cuero y sacudiéndome el polvo.

–¿Seguro que no quiere ir a un hospital? –preguntó Sabrina, la hija de El Loa.

La chica me observó, intentando ubicarme. Me había visto alguna vez antes, pero nunca sin el traje.

–Sí, no se preocupe, señorita –continué, alejándome y escondiendo mi cara de la manera más discreta posible.

La joven era increíblemente atractiva. Era más alta que yo, como casi todo el mundo, pero ella era muy alta. Ojos de color claro, quizás azules o verdes, y pelo largo y negro como el vacío. Su piel era tersa y suave. Al menos la de su mano derecha. Tenía una figura delicada con unos músculos capaces de romper hormigón. Al menos, en las anécdotas de su padre, la musculatura de la niña era increíble.

Cogí otro trozo de papel mientras el Charger enfilaba por la calle y tracé otro encantamiento: el hermano del que el coche tenía en su interior. Cuando terminé de escribir el encantamiento, me comí el papel. Tenía la posición relativa del vehículo en tiempo real en mi cabeza.

Una vez el coche se paró, me puse en marcha. Estaban en un barrio de moda. Si no me confundía, estaba esencialmente compuesto por discotecas y bares de copas. Resoplé y cogí el autobús hasta la zona en la que el vehículo se encontraba.

Mientras el autobús cruzaba la ciudad, me conecté al encantamiento que estaba en el bar de Rocker. No parecía estar pasando nada de interés. Había un par de clientes, bebiendo de manera especialmente violenta y poco más. Podía oír al demonio mascota de Rocker paseando por el fondo y poco más. Intenté oír a Rocker en persona, en caso de que dijese algo raro, pero estaba calladito. O sabía que le estaba observando – cosa bastante improbable – o no tenía nada que decir.

Hice un encantamiento de cabeza en mi cabeza. Cada vez que Rocker hablase, yo le oiría, independientemente de mi situación.

Bajé del autobús y localicé el coche por el barrio. Estaba aparcado a dos manzanas de la parada. Había unos veinte locales por la zona, de manera que no podía visitarlos todos.

Así pues, me senté en un banco y me hice el dormido. Tarde o temprano, Sabrina y su pareja volverían.

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