Tracer Bullitt, 28 (El favor)

Disculpad el silencio de estas últimas semanas. Estaba editando y, aunque aún no he terminado, ya casi.

Comí rápido y me preparé para mi nuevo trabajo. Tendría que utilizar mi ropa más discreta para la noche. Eso significaba abandonar mis trajes y mis camisas hawaianas. Los sustituiría por una chupa de cuero y unos vaqueros. Me resigné a ello.

Elegí mi camiseta más alegre y me la probé. Me apretaba sobre la tripa, pero lo podía solucionar rápida, eficiente y fácilmente.

Bajé y me compré una nueva. Elegí una camiseta de color verde y la pagué. El tendero me miró con cara de mala uva, como si la gente de mi edad no pudiese llevar una camiseta como esta. La camiseta tenía un gatito estampado sobre el corazón. No era algo que yo llevaría a diario, pero no me parecía que mereciese la reacción del hombre me había la vendido.

Volví a casa y seleccioné unos vaqueros que llevaba cuando aún no me importaba demasiado mi aspecto. Tendrían unos diez o doce años. Se me ceñían demasiado a la cintura, pero no resultaban incómodos y, con la camiseta nueva por encima, no se veía cómo me apretaban.

Sustituí mi fedora habitual por la gorra de béisbol que había llevado cuando vi el cadáver de la señorita Cardew.

Sin embargo, mi holster habitual no me sería de utilidad con mi nuevo atuendo, así que tuve que buscar otro más clasicote, uno que me permitiese colgar el Auto de mi cinto, por la espalda. Tras un rato revolviendo en mis cajones, encontré el primer holster que me compré cuando empecé a trabajar como investigador.

Miré el reloj. Aún tenía tiempo antes de empezar mi trabajo para El Loa. Trasteé con el Auto y mi nuevo-viejo holster. El arma no terminaba de entrar bien en su sitio, de manera que, con un cuchillo y un destornillador, pasé a ajustar y deformar el cuero hasta que conseguí meter mi Auto en su sitio.

Una vez terminé, me lo colgué del cinturón y noté su peso. Fue como un viaje a través del tiempo.

Sonreí.

Me tiré la chupa por encima de mala manera y salté al autobús. Me subí el cuello de la chaqueta de cuero y me senté al fondo del vehículo.

Para cuando llegué al barrio de El Loa, entreví a la hija de mi jefe temporal montándose en un Dodge Charger 440 Magnum con la persona a la que yo, obviamente, tendría que seguir.

Me puse cerca del vehículo y recité mi mantra de no–invisibilidad.

La pareja empezó a hablar en el coche y estuvo “tranquila” durante un rato.

El hombre en cuestión tenía un aspecto que me resultaba bastante familiar. Era alto, rubio (probablemente) y con músculos finos pero que, seguramente, tenían la misma consistencia que cables de acero.

Pensé en él, pero me resultó imposible ubicarlo. Sin embargo, sabía que lo había visto antes. O a alguien parecido, eso seguro.

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