Tracer Bullitt, 26 (El favor)

Su casa, en el centro de la ciudad, había sido decorada por un interiorista de renombre internacional. Sin embargo, no estaba del todo seguro de si se había hecho famoso antes o había ascendido a su cómodo lugar en la crema de la sociedad después de decorar la casa de El Loa. Tampoco era que importase demasiado. El piso era bonito.

Pasé a la sala de exposiciones de El Loa. Como siempre, la clase de material que tenía expuesto haría que el Rechicero más duro se asustase. Mi Auto, cuando lo comparabas con algunas de las armas que tenía ahí, era como una pistolita de gomas elásticas.

Vi una espada, un arco, un juguete, una pluma… todos brillaban con el color de la magia en mayor o menor medida. Pensé en mi Auto, que estaba en casa. Al lado de la espada – uno de los objetos menos brillantes –, apenas tenía color.

Y, en una esquina, casi escondido, estaba el As. Era un Winchester antiguo, con tantos grabados que, si disparase una bala normal, el fusil se descompondría en pentagramas. El As brillaba. No de una manera especialmente agresiva, pero sí bastante más que mi Auto.

El Loa cogió el As con cuidado y me lo tendió con gran ceremonia.

–El último de su clase –sonrió el hombre–. Tenga cuidado al usarlo.

Lo cogí. Pesaba mucho más de lo que debiera. Activé un poco la palanca para ver la recámara. No había balas mágicas dentro. Terminé de activar el mecanismo y apreté el gatillo. El martillo cayó con un satisfactorio clack. Me colgué el fusil con la bandolera y lo aseguré.

–Necesitará balas –dijo El Loa.

–Así es –sonreí–. ¿Cuántas me puede dar ahora?

–Suficientes para llenar el tubo – respondió el hombre –. Puedo fabricar más, pero me llevará tiempo.

–¿Cuántos tiros tendría ahora mismo, entonces?

–Ocho.

Sonreí. Ocho tiros debieran ser suficientes… siempre y cuando Mephisto se estuviese quietecito.

–De acuerdo, ahora, hablemos acerca de sus servicios.

–¿Qué le parecería que venga esta noche y empiece a seguir a su hija? – pregunté.

–Sí, a las ocho saldrá con su nuevo novio. Tienen un plan “genial” según mi hija. No sé lo que es, pero quiero saber quién es ese joven que ha seducido a mi niña. No me gusta un pelo.

El Loa empezó a acelerarse y calentarse. Poco a poco empezaba a enfadarse más y más.

Le calmé y terminé mi trato con él. Me marché tranquilamente de la casa del haitiano. Las balas del As pesaban en mi bolsillo y resonaban al chocar entre sí. La gente en la calle me miraba asustada aunque, claro, era de esperar: llevaba el As al aire como si nada. Tampoco me iba a pasar nada. Mi licencia me permitía llevar un arma mágica cualquiera, aunque fuese histórica.

El trayecto en autobús a casa fue entretenido: la gente me observaba temerosa. Y con razón. No muchas personas se enfundan en una gabardina y llevan un Winchester mágico. Ni siquiera en Noctua.

Una vez en mi casa, guardé el As en mi caja fuerte y, con él, las balas. Esas balas sí que brillaban. Casi me dolían los ojos solo con mirarlas.

Recogí el Auto y me preparé para ir a ver al señor Rocker.

Cogí mi encantamiento y verifiqué que no tenía errores graves.

El bar tenía el mismo aspecto que la última vez: deprimente.

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