Tracer Bullitt, 25 (El favor)

El sol brillaba alto. Saqué un pitillo y lo encendí. Inhalé una calada larga como la eternidad. Solté el humo poco a poco. Cuando lo terminé, empecé otro.

Así, al hacer el camino hasta mi casa, me terminé un paquete entero.

Tenía que coger el caso de El Loa. Era una manera de aplazar el favor que le debía a Mephisto. Por no decir que, con suerte, mi cliente me ayudaría. Le llamé al sentarme frente a mi mesa del despacho.

El teléfono sonó dos veces antes de que El Loa cogiese.

–Buenos días, señor Bullitt –sonrió él al otro lado de la línea–. ¿Quiere aceptar mi proposición?

–Sí, no me vendría mal un trabajo –respondí.

–Quiero que siga al nuevo novio de mi hija. No me gusta en absoluto. ¿Su tarifa habitual bastará? –preguntó­­ el haitiano.

–Tendremos que hablar de eso –dije.

–De acuerdo, ¿a qué hora quiere que llegue?

–Cuando pueda. Estaré aquí todo el día –repliqué.

–Entonces, en cuanto termine unos asuntos, me personaré en su despacho.

Al fondo pude oír a alguien gemir. Y no de placer, precisamente.

¿Quién habría intentado robar al Loa? A saber.

Colgué y llamé a Jackie-o. Antes de que cogiese, colgué. Pensé. Sería mejor no decirle que Mephisto estaba en la ciudad.

Wendy tampoco era una opción.

Y el resto de mis antiguos compañeros lo eran menos todavía.

Me senté en mi silla y pensé.

No me gustaba que Mephisto estuviese rondándome. Mucho menos que me hubiese quitado mi pitillera. O sabía lo que iba a pasar o, casi igual de peligroso, sabía que algo pasaría si me la quitaba.

Me rasqué la barbilla y recapacité.

Mephisto no habría venido a por mí por un demonio. Tenía a siervos trabajando en la ciudad que le habrían llevado a Kor en piececitas pequeñas.

Mephisto me quería a mí.

Seguramente, Kor estaba trabajando para Mephisto. O Mephisto le había ayudado de alguna manera. Tenían que tener alguna clase de trato.

Mephisto debía contar con que yo sabría lo que pasaba. O que lo deduciría. Ese demonio sabía que yo no era un idiota.

También sabía que yo no podía hacerle demasiado. Podía destrozar su cuerpo, pero no a él. No de verdad. Por lo menos no ahora.

Resoplé y miré por la ventana.

Las personas correteaban de un lado para otro, algunas hablaban entre sí. Otras se miraban.

Suspiré.

¿Qué pensarían si supiesen que había tres demonios pululando por la ciudad? Uno de ellos podía hacer lo que quería y, lo que era casi peor, el otro respondía a los deseos de un Rechicero autodidacta, no registrado y, aparentemente, ambicioso. Y a saber de qué era capaz el Kor ese.

No sabía cuál era más peligroso. Quería decir que Mephisto, pero Peter Rocker no me agradaba. Me gustaría mantenerle vigilado.

Pensé un rato.

Preparé un encantamiento de vigilancia sencillo. Me bastaría con dejarlo en el bar de Rocker.

Tracé las runas en un trozo de papel normalillo y me aseguré de que el encantamiento funcionase bien. No era perfecto, pero funcionaba. Las imágenes eras un poco mediocres, pero no el sonido. Y el sonido era lo que yo necesitaba. Quería oírle.

Hice el encantamiento confeti y me deshice de él. Seguiría recibiendo imágenes durante un tiempo, pero podía ignorarlas fácilmente.

Para el encantamiento definitivo cogí un poco de papel transparente y repetí las runas. Sin embargo, no terminé el encantamiento. Eso lo haría en el bar de Rocker.

Al cabo de un rato, llegó El Loa. Tenía la misma sonrisa que siempre lucía. No del todo honesta, pero tampoco deshonesta.

–Aquí me tiene.

–Muchas gracias por venir –dije.

–Gracias a usted por ayudarme.

–Ahora que lo dice, yo también necesitaría su ayuda –sonreí–. Siendo, sin embargo, una ayuda… especial, preferiría recibir dicha ayuda a modo de pago.

–Haré todo lo que pueda, siempre y cuando su ayuda no suponga un precio demasiado elevado.

–Quiero el As. Me lo ofreció hace un tiempo como pago de un trabajo y pensé que no lo necesitaría. Me equivoqué.

–Siento decirle que sus servicios no son tan necesarios –dijo El Loa, cerrando sus ojos, un poco como un padre.

– Estoy dispuesto a pagarle por el As –repliqué–. Me bastaría con que me ofreciese un descuento.

–Eso sí me parece más aceptable. También podría alquilárselo –me respondió El Loa.

Pensé un poco.

–Preferiría tenerlo siempre a mano. No quiero que me vuelva a pasar lo mismo que hoy.

–Obviamente, tiene que destruir a poderosos Rechiceros casi a diario si el Auto ya no le parece suficiente.

–No, no –me reí–. Simplemente considero que es mejor prevenir que curar.

–De acuerdo, como prefiera –sonrió El Loa–. El caso que tengo, como ya le he dicho, es bastante sencillo. Mi hija, a quien creo usted conoce, está saliendo con un hombre que me parece… mala compañía, por así decirlo.

–Y quiere que indague, ¿verdad?

–Así es. Cuando sepa todo lo que pueda de él, mis amigos le mandarán un mensaje.

–Excelente –respondí.

Hice un cálculo rápido al tiempo que El Loa calculaba rápidamente el precio del As.

–Normalmente, el As no estaría a su alcance –sonrió el haitiano–. Pero, por ser usted un buen amigo, se lo dejaré en novecientos.

–Gracias –asentí.

Cuando El Loa decía que me iba a ofrecer un descuento, lo quería decir de verdad.

Fui a mi caja y saqué un billete de quinientos.

–Le pagaré quinientos ukus ahora y, si no le importa, le acompañaré a recoger al As –sonreí.

–Claro que sí, amigo.

A El Loa siempre le gustaba tenerme en su deuda. Era más cómodo para él tener siempre un par de favores que pedir. Y si alguien le debía un favor ahora mismo, era yo.

Guardé el Auto en uno de los cajones de mi mesa y acompañé a El Loa a su domicilio.

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