Tracer Bullitt, 24 (El favor)

–Buenos días, señor Bullitt –dijo Mephisto–. ¿Qué tal se encuentra?

–Bien –dije.

Miré a Mephisto. Su pelo ocultaba sus cuernecillos. Sus ojos, seguramente, estaban disfrazados con lentillas. Lo único que no se había molestado en ocultar eran sus dientes. Seguían igual de afilados y numerosos que la primera vez que le vi. Debía estar anclado a este lugar.

–Quería presentarle a Peter Rocker. Trabaja para mí. Creo que le he pagado especialmente bien.

El hombre se quitó su fez a modo de saludo y sonrió.

–¿Qué le has pagado? – pregunté.

–Ahora puede hacer magia de verdad. Como usted hace mucho tiempo.

–Y qué, ¿ahora no ve los colores como yo o qué?

–No –respondió Peter–. Mi precio ha sido, simplemente, que le debo tres favores a Mephisto. Bueno, dos. El primero era traerte aquí.

–Hacer a alguien el Rechicero más poderoso de esta ciudad no es particularmente difícil –dijo Mephisto, retorciendo su boca en lo que él, indudablemente, consideraba una sonrisa–. Hacerles… bueno, como usted, supongo; por otro lado, requiere un pago más elevado. Un talento. Por lo menos. Normalmente dos, de hecho.

Fulminé a Mephisto con la mirada. Era un mentiroso, pero los dos lo sabíamos.

–Vale. ¿Si este…? –señalé al hombre

–Peter Rocker –me recordó Mephisto.

–Eso. Si Peter Rocker te debe dos favores, ¿por qué no gastas uno de los que él te debe en lugar del mío? –continué– Esto me parece muy enrevesado.

–Me gustan los planes enrevesados –respondió Mephisto.

–No. Te gustan los planes que tienen dos pasos: Pegar y matar –repliqué.

–Oh, señor Bullitt. Me ofende. He cambiado desde la última vez que nos vimos.

Arqueé la ceja de manera tan violenta que casi corté el músculo con el que la moví.

Peter Rocker, mientras tanto, estaba alimentando a su demonio–mascota. Cuando no quería matar a nadie, resultaba casi agradable a la vista.

–¿Qué quieres que haga? –pregunté, resignándome. Quería que me lo dijese para poder irme lo más rápido posible.

–Quiero que localice a un…amigo que ha desaparecido –explicó Mephisto, moviendo su mano derecha.

Con eso, lo que quería decir era: “Se me ha escapado un esbirro o similar y no quiero ir personalmente a por él.”

–¿Y qué saco yo? –pregunté, intentando conseguir más de lo que podía.

–Ya tiene lo que va a sacar de esto –replicó el demonio.

–Aparte de eso. Necesito dinero para comer.

Mephisto me miró y se rió.

–Tiene suficiente dinero. No mienta.

Me encogí de hombros.

–Vale, ¿quién se ha escapado? –pregunté, resignado.

–Kor. Le gusta disfrazarse. Y tiene las manos largas. A la hora de robar personas –aclaró.

Siendo tanto Mephisto como ese Kor demonios, no era necesario que aclarase nada.

–De acuerdo, veré qué puedo hacer. Pero antes tengo que ayudar a un amigo –le dije.

–Como desee, señor Bullitt. Pero, cuanto más tiempo pase dedicándose a sus asuntos, más peligroso será Kor para sus conciudadanos. Si lo encuentra, tráigale aquí mismo. En cuanto llegue aquí, yo mismo me personaré a recogerle.

–Me pondré con él en cuanto pueda –escupí–, pero ya he aceptado un caso para un amigo –reiteré, exagerando un poco. No había aceptado ayudar a El Loa todavía, pero casi.

–Ahora, si me disculpan, tengo que irme a trabajar –terminé.

–Pensé que tardaría menos, señor Bullitt –murmuró Mephisto–. Me ha decepcionado.

Hice caso omiso y me levanté. Me había pasado algo. Estaba distinto. Por el rabillo del ojo, vi como Mephisto escondía algo en uno de los bolsillos de su traje.

Yo hice lo contrario con el Auto.

La bala le quemó los cuernos.

–Devuélveme la pitillera –dije, seco como Atacama–. Puedo hacerte mucho más daño y lo sabes.

–Señor Rocker, ¿no va a ayudarme? –murmuró Mephisto.

–No. Si este hombre le mata, no tengo que hacerle más favores –Peter sonrió.

La mueca de Peter Rocker daba miedo. Me recordaba a la que los cráneos de primero de necromancia tenían.

–Si me ayuda, señor Rocker,… –Mephisto continuó.

El final de su frase fue ahogado por un segundo tiro de mi Auto.

Tampoco pudo terminarla porque, por muy demoníaco y demonio que Mephisto fuera, no podía hablar sin su mandíbula inferior.

Sin embargo, mi hombro estaba pulverizado después del disparo. Me ardía el interior del brazo. Dolía.

Arqueé la ceja. Ya no me hacía falta pedir la pitillera. Mephisto me la lanzó. La atrapé al vuelo con el brazo derecho. Al cogerla, el dolor remitió.

Me re-encajé el hombro. El “clack” fue el segundo sonido más agradable que oí en el bar.

–Planes simples… Una mierda –escupí y me preparé a abandonar el bar–. Pase un buen día, señor Rocker. Pero yo me andaría con cuidado cuando le haga los favores a Mephisto.

Peter se encogió de hombros y acarició a su familiar, el pequeño demonio-pitbull.

Salí a la calle. El sonido más agradable del bar habían sido las campanillas al abrir la puerta de salida.

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