El Despido, parte 4

–¿Aquí nunca viene nadie o qué? –preguntó Laura a las dos semanas de empezar su nuevo trabajo.

–Normalmente no. Es muy tranquilo –explicó Calvin, asomando la cabeza por la trampilla y ofreciendo una galleta a su empleada–. Es el trabajo perfecto para un misántropo como yo. Y contigo aquí, ha mejorado. Mi interacción con la gente ya es nula.

Laura sonrió y se recostó en la silla que Calvin le había dado un par de días atrás.

–¿Puedes ir a comprar más galletas? –preguntó el hombre al cabo de un par de minutos– No me quedan y quiero más.

–De acuerdo.

La chica se levantó y se puso en marcha. El supermercado estaba cerca. Cogió las galletas para su nuevo jefe y volvió a la tienda.

–Ya las tengo –dijo al entrar.

–Tráemelas aquí –replicó el Graduado.

Laura bajó las escaleras y entró al sótano. No había bajado antes. Normalmente, Calvin subía y le daba lo que fuese o, en este caso, cogía las galletas.

No es que la chica tuviese prohibido bajar al sótano, ni mucho menos, pero respetaba el espacio personal de su jefe. También tenía algo que ver con que ninguno de los dos era particularmente sociable, de manera que no les importaba comunicarse a través de un tabique.

Lo único que Laura sabía de Calvin es que había ido a la Universidad hace mucho tiempo. Mucho antes de la Guerra Civil.

La chica bajó las escaleras y echó un vistazo al interior.

Parecía haber sido decorado por alguien que odiaba los colores y las relaciones entre ellos. O las adoraba. Todo contrastaba: rojos con azules, amarillos con morados, verdes con blancos…

–Los colores son chocantes, lo sé –sonrió el hombre–. Lo sé porque me lo han dicho, eso sí.

–Chocante… Chocante se queda corto –rio Laura.

–Es para poder ver bien –explicó Calvin, tendiendo la mano derecha, intentando coger la caja de galletas. Con la izquierda estaba garabateando runas sobre una puerta de metal que no llevaba a ninguna parte.

–¿Esto es lo que no era totalmente legal? –preguntó la chica.

–En efecto.

–¿Qué es?

–Una puerta mágica –explicó el hombre.

–Hasta ahí llegaba.

–Vale, es una puerta mágica que te permite viajar en el tiempo para corregir un único error –continuó–. Son ilegales desde siempre. Pero más todavía desde la guerra.

Laura miró al Graduado. Barajó sus opciones. Podía huir o quedarse callada y seguir trabajando con él.

–Estás aquí por una razón –sonrió Calvin–. Porque confío en ti y porque quiero ayudarte. Tal y como te prometieron.

Calvin se alejó de la mesa y abrió la caja de galletas. Se relamió y, antes de coger ninguna, se la tendió a la chica. Laura tragó saliva y cogió una.

–Esto es ilegal por una sencilla razón –prosiguió Calvin, metiéndose una galletita en la boca–: nadie sabía hacer una sin correr el riesgo de que se produjese una paradoja y, consecuentemente, que la existencia acabase.

–¿Y por qué lo has hecho? –preguntó Laura, echando un vistazo a la escalerilla, calculando cuánto tiempo le haría falta para huir.

–Porque lo he solucionado. Obviamente –rio el hombre–. Lo único que quiero es tener una segunda oportunidad. Sin embargo, antes de entrar, quiero que alguien la pruebe.

–¿Y?

–Verás, si esto falla y la pruebo yo, me cargo la historia. Alguien más joven, como tú, no haría tanto daño.

–¿Perdón? –contestó ella, sintiéndose ofendida por lo que Calvin estaba implicando.

–Mira, Laura, no es que yo tenga mucho ego, que sí –explicó Calvin–, pero lo que yo quiero corregir pasó hace mucho tiempo. Si lo corrijo y sale mal, podría acabar con la historia.

–¿Y cómo sabes que esto funcionará conmigo?

–No estoy del todo seguro, pero sé que podría solucionarlo desde aquí.

Se hizo el silencio. De hecho, al cabo de un par de segundos, Laura se dio cuenta de que no era del todo cierto. De fondo, algo estaba vibrando. No solo vibraba, sino que hacía que resonase con las tripas de la chica.

–Mira, lo sé. Estoy seguro –continuó Calvin tras unos minutos sin separar los labios–. Llevo trabajando en esto desde antes de la guerra. Así que tienes dos opciones: intentar salir y denunciarme, con énfasis en el intentar, o aceptar mi oferta y retomar el control en tu vida.

Laura inspiró y pensó.

–¿Puedo consultarlo con la almohada?

–Sí… y no –dijo el hombre–. Puedes pensarlo aquí, pero quiero asegurarme de que no me traicionarás. No puedo permitirme ir a la cárcel por esto. Significaría la cadena perpetua para mí, cosa que, de nuevo, no puedo permitirme.

Laura se frotó las sienes.

–Si… si esto saliese mal, ¿a mí que me pasaría? –preguntó ella.

–Nada –respondió Calvin, sin dudarlo–. No te pasará nada.

Laura resopló.

Se tumbó en el suelo y pensó. Al cabo de un rato se durmió. Tampoco tenía mucho más que hacer, de manera que tampoco resultó trágico. Descontando el hecho de que su jefe la había encerrado en el sótano de su tienda.

La chica se despertó y frotó los ojos.

–¿Entonces? ¿Qué has decidido?

–Entraré –dijo Laura, relativamente segura de sí misma.

–Bien –sonrió el hombre.

Calvin se apretó los nudillos y esperó a que hiciesen “clackity-clack”. Hizo que su cuello crujiese y se acercó a la puerta.

–Vamos allá –continuó Calvin, tirando del pomo.

No hubo un sonido exactamente, pero tampoco hubo silencio. De hecho, lo que se oyó, fue un anti-sonido; lo contrario del sonido. El anti-sonido no puede ser descrito, pero una vez es no-oído, es fácil encontrarlo. La mejor manera de definirlo sería como el ruido que hace el color negro.

Laura inspiró.

–Te recomiendo que corrijas un error que no sea conocerme –sonrió Calvin mientras la chica se iba acercando al umbral.

El interior del marco de la puerta estaba vacío. Laura no veía la pared que había detrás, no. El interior estaba vacío. A Laura le dolía verlo. Le dolía tanto que le costaba avanzar hacia la puerta.

–Cuesta ir hacia ahí, lo sé, pero puedes hacerlo –animó el hombre.

Al cabo de algo así como dos días, Laura puso la palma en el vacío. Atravesó la membrana con su mano y permitió que el  resto de su cuerpo la siguiese.

Cuando el último pelo de Laura desapareció, todo cambió. No mucho, quizás algún que otro pájaro cantó en otro momento, pero todo lo hizo.

Pero sobre todo, lo que cambió, fue el vacío. En cuanto Laura entró, el vacío nunca hubo existido.

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