El Despido, parte 3

La tienda de Calvin era deprimente y oscura. No estaba mal iluminada, al contrario. Las luces eran neones potentes y ninguno de ellos parpadeaba como siempre pasaba en las tiendas tristonas. Bueno, quizás uno en la trastienda, pero no se veía desde donde Laura estaba.

Laura entró y echó un vistazo alrededor. Descontando un par de aparatos mágicos colocados en las vitrinas, no había nada. Freeman, fuese quien fuese, no estaba a la vista.

La chica se acercó al mostrador. Directamente detrás de la caja había una carabina de palanca colgada. Parecía que lo único que estaba haciendo ahí era coger polvo.

–Buenos días –dijo un hombre, saliendo de debajo del mostrador.

Laura se quedó desconcertada un momento.

–Estaba abajo, revisando hechizos –explicó el hombre­–. Los cambios de las leyes, ya sabe. Bueno, ¿en qué puedo ayudarla?

Laura no dijo nada. No sabía por qué estaba ahí, a decir verdad.

–Al menos me podría dar su nombre, ¿no cree?

–Laura, soy Laura.

–Un placer, yo soy Calvin Freeman, Graduado profesional. Ahora, repetiré mi pregunta, ¿en qué puedo ayudarla?

–Pues, la verdad, no lo sé. Mi ex-jefe me dio una tarjeta y dijo que me ayudaría.

–¿Puedo ver la tarjeta?

Laura asintió y la sacó del bolsillo. Se la dio al Graduado. El hombre la examinó. Laura aprovechó para hacer lo mismo con él.

Aparentaba unos treinta años largos o unos cuarenta cortos. Sin embargo, siendo un Graduado, seguramente, era bastante mayor. Un par de décadas, probablemente. Si no más.

–Esta tarjeta es antigua –explicó el hombre, sonriendo–. Tendrá un par de años. Ya no utilizo este tipo de letra. Pero vamos, si la tienes, es porque tu ex-jefe sabía que te ayudaría.

–¿Y cómo lo vas a hacer?

–No lo sé –replicó Calvin–. De entrada, te puedo ofrecer un trabajo. ¿Eso te ayudaría?

Laura se encogió de hombros al tiempo que murmuraba un “supongo”.

Al día siguiente, se presentó a la hora que Calvin le dijo.

Calvin, sin embargo, no lo hizo. Laura leyó un poco en el móvil y esperó. La chica estuvo una hora al aire, rezando para que el amenazante cielo no cumpliese sus promesas.

Tristemente, lo hizo.

Cuando la lluvia cesó, Calvin se bajó de un coche antiguo, tanto éste como él, totalmente secos.

–Perdona –dijo el hombre–, tendría que haberte avisado acerca de esto. Como la gente no suele venir aquí hasta las doce, he decidido venir cuando dejase de llover. Para mañana ya sabes.

Laura frunció el ceño.

–No pongas esa cara. Te invitaré a comer.

La cara de la chica no cambió un ápice.

–Y te pago extra por hoy.

Eso sí supuso un cambio en la expresión de Laura.

–Ya sabía yo que algo te alegraría –dijo el Graduado, abriendo la puerta de su tienda–. Pasa, anda.

La chica entró a la tienda. Al contrario que el día anterior, ya no parecía del todo deprimente, aunque aún había trazas de ello.

–A ver, tú estarás a la caja, ¿vale? Mientras tanto, yo aprovecharé y trabajaré en el sótano. Así todo irá un poco más fluido.

–¿Por qué no tenías a alguien?

–Lo tenía. Un chaval. Me dejó para trabajar en la MetaCorp –explicó Calvin, sonriendo tranquilamente.

–Yo trabajaba ahí –medio sonrió la chica.

–Te diré que, honestamente, no me parece una tragedia que ya no trabajes ahí.

–Hombre, al menos pagaban bien. Y tenía un contrato –replicó ella.

–Los contratos de papel están sobrevalorados.

–Hasta que dejan de pagarte y no puedes hacer nada.

–Siempre puedes hablar con alguien como yo.

–¿Un Graduado? –preguntó Laura, echando un vistazo a la vieja y cobriza caja.

–No, no. Alguien que no se ande con tapujos a la hora de romper piernas –rio el hombre mientras se estiraba un poco. Tenía la risa de un hombre cansado de todo y que no tenía manera de escapar.

Laura abrió los ojos como platos.

–No te escandalices tanto –continuó el hombre sin mirar a la muchacha–, es un chiste.

El Graduado abrió una trampilla debajo del mostrador y bajó.

El sótano, por lo que Laura vio, parecía más un decorado de película que el sótano de una tienda. Sin embargo, era la tienda de un Graduado. A saber cómo eran las de otros.

Seguramente eran igual de sucias y estaban igual de llenos de velas.

–¿Qué haces ahí abajo? –preguntó Laura.

–Magia –sonrió.

–Obviamente. Eres un Graduado –replicó la chica.

–No te puedo decir lo que hago abiertamente, la verdad. No estoy seguro de que esto sea totalmente legal. Cuanto menos sepas, mejor.

Laura frunció el ceño pero dejó el tema estar. Ya habría tiempo para indagar más tarde.

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