El Despido, parte 2

Laura pasó un par de semanas a la caza de un trabajo. Tampoco se esmeró mucho en encontrar uno. Podía aprovechar este tiempo para descansar. De hecho; era lo que iba a hacer. Su familia tenía dinero, fondos de los que podía chupar durante un tiempo.

Un día, después de una lenta jornada de entrevistas, Laura se acomodó en el sofá y cogió un libro. Lo abrió, ojeó y hojeó. En medio del libro, por un fallo de impresión, había una página vacía.

El papel en blanco recordó a la chica la tarjeta que Samuel le había dado un tiempo atrás. ¿Dónde la había dejado?

¿Seguía teniéndola en los vaqueros?

Si estaba ahí, podía despedirse de la tarjetita. La lavadora no era agradable con los trozos de papel que, ocasionalmente, la chica se dejaba en los bolsillos.

Laura fue al armario y localizó sus pantalones. Estaban colgando de una percha de madera. Rebuscó en los bolsillos y consiguió sacar el papelucho. Estaba medio arrugado, pero no destrozado. Parecía que el papel era como el de los billetes: diseñado para aguantar una lavadora.

“¿Quién se imprime las tarjetas de visita en este papel?” se preguntó, riéndose.

Manoseó un poco la tarjeta y le echó un vistazo. No estaba totalmente en blanco. Había rayajos. Los trazos de letras a medio escribir.

Si Laura hubiese tenido una barba, se la habría mesado.

–Curioso –murmuró la muchacha.

Se sentó en su sofá y estudió a fondo la tarjeta. Tenía que haber una manera de poder revelar todas las letras.

Laura no quería saber qué decía tanto por lo que le había dicho Samuel – que el hombre que residía en la tarjeta le ayudaría – sino por curiosidad. ¿Cómo se ocultaban las letras?

¿Nanotecnología? ¿Quizás un encantamiento sencillo?

En el primer caso, entonces la lavadora se habría cargado a la mitad de los nanobots o lo que fuese. En el segundo caso, no encontraba las runas.

La chica colocó la tarjeta al trasluz y la miró.

No había marcas de agua ni nada que pudiese dar la impresión de ser una runa.

¿Era tinta invisible? Los amigos magos de Laura le habían dicho alguna vez que los encantamientos no funcionaban del todo bien con tinta invisible.

Por no decir que si había algún elemento mágico, tenía que tener un manual de instrucciones y avisos de seguridad.

Tras un tiempo buscando en internet distintos tipos de nanotecnología, la solución al misterio de la tarjeta de visita se hizo obvia: agua. El agua había desvelado parte de las letras. La información estaba escrita con tinta invisible.

Laura había pensado que la solución al misterio tendría que ser increíblemente complicada y sofisticada. Sin embargo, había sido una estupidez.

La chica se levantó y fue al cuarto de baño. Se acercó al lavabo y dejó el agua correr. Puso la tarjeta debajo y esperó. Poco a poco, tediosa y lentamente, la tarjeta empezó a cambiar.

La tarjeta era de un Rechicero o un Graduado, seguro. Les encantaba hacer esa clase de chorradas. Seguro que pensaban cosas como “Esto les va a volver locos”. Y, aunque no era totalmente cierto, a la gente le gustaba.

Todos querían creer que había un poco de magia en sus vidas y, aunque la hubiese, no era magia fantástica. Nunca lo era. Podían hacer cosas maravillosas con ella, pero, como siempre, nadie se conformaba con lo que tenía. Todos querían más. Siempre más.

Laura no. Laura se contentaba fácilmente, lo que le llevaba a no esforzarse lo suficiente. Así pues, tarde o temprano, se quedaba atrás, abandonada por los que la habían rodeado al empezar.

No le molestaba. Se había acostumbrado a ello.

La chica miró a la tarjeta. Calvin Freeman, Graduado, rezaba. No era muy alentador. Laura había esperado más de la tarjeta, pero tampoco podía quejarse. Le había entretenido un rato.

Dejó la tarjeta sobre el lavabo y se fue al televisor.

Al cabo de media hora, una vocecita en su cabeza empezó a pedirle que cogiese la tarjeta y fuese a la dirección que ponía.

Laura cruzó su pequeño apartamento y cogió el trozo de papel.

Manoseó el papel con una mano y, con la otra, tecleó la dirección en su móvil. La tienda de Freeman estaba en la otra punta de la ciudad.

Laura resopló y se puso en marcha.

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