El Despido, parte 1

–Mira, no tenemos nada en contra de ti, Laura. Lo que pasa es que nos hemos dado cuenta de que no fue una buena elección contratarte –explicó Samuel, un poco de memoria. Era costumbre dar un guion al que despedía. Lo hacía todo más fácil.

A Laura no le caía particularmente bien Samuel. No le caía mal tampoco. Le resultaba indiferente. Mientras había trabajado en su departamento de  la MetaCorp, Laura le había saludado todos los días educadamente. De vez en cuando charlaba con él, pero no mucho más.

–No pasa nada –mintió Laura, tragándose la sarta de berridos que quería soltar–. Solo estáis haciendo lo mejor para la compañía. Lo entiendo.

–Sí, supongo –contestó Samuel, mirando a la chica.

Tenía unos treinta años y había trabajado para la MetaCorp durante unos siete. Al contratarla, la habían visto como una chica prometedora, con ideas frescas. Con el paso del tiempo, se había ido quemando y se había transformado en otro engranaje más. Al darse cuenta de ello, la habían reasignado a una posición acorde a su “engranajibilidad”.

Ahí había rendido bien durante un tiempo. Sin embargo, rápidamente, también se había quemado. Y una vez quemada rendía por debajo de la media. Esto, en la MetaCorp, no tenía por qué ser un problema. Si alguien era algo menos eficiente, se tenía en cuenta si, por ejemplo, animaba al resto de trabajadores o cosas parecidas.

Laura no lo hacía. No contaba chistes, no iba a las fiestas… En general, se mantenía al margen de sus compañeros. Era una especie de fantasma. ¡Y ni siquiera se molestaba en asustar a la gente! Tampoco era ingeniosa en un aprieto, lo que significaba que no podían mandarla al DdP.

A Samuel no le gustaba tener que despedir a su subordinada. Le caía bien y era mona. Si hubiese tenido valor – y la política de empresa se lo hubiese permitido –, le habría pedido salir tiempo atrás. Ahora ya no parecía tener sentido. Samuel archivó el pensamiento para examinarlo más tarde.

En cualquier caso, su pequeña rebelión contra la MetaCorp no iba a ir contra los estatutos – técnicamente –: iba a ayudar a Laura.

Era una norma no escrita que los empleados de la MetaCorp no podían echar una mano a los ex-empleados. Supuestamente era porque el fundador fue un grillado de la vida; pero nadie lo sabía seguro. Ya no quedaba nadie que le recordase.

–Laura, me caes bien. Por eso quiero ayudarte. Se supone que no debo –levantó la mano antes de que la chica dijese nada–. No preguntes por qué. Es así y ya está. En cualquier caso –continuó, sacando una tarjeta de visita del bolsillo de su americana–, ve a ver a este hombre. Te ayudará.

Laura cogió el trozo de papel y lo miró de arriba abajo. Le dio la vuelta.

–Está vacío.

–Lo sé. Aquí no lo vas a poder ver. Espera… espera un par de días, ¿vale?

Laura cogió el papel y se lo guardó en los vaqueros.

–Gracias –dijo la chica, sabiendo que tanto ella como él sabían que no lo quería decir de verdad.

–Buenas tardes –murmuró Samuel al tiempo que abría la puerta para la mujer.

Laura salió de la sala al pasillo. El pasillo era, literalmente, gris. No solo daba la sensación de ser un lugar gris y deprimente. Lo era. Completa e indiscutiblemente.

El pasillo que conectaba los cubículos y los despachos era largo, con una moqueta gris y muerta decorando el suelo. Las paredes estaban hechas de un polímero que, seguramente, resultaba ilegal usar como cualquier cosa que no fuese una inyección letal.

Al fondo de la planta, Laura podía ver algún que otro ex-compañero de trabajo hablando alrededor de la máquina de café. Algunos reían, otros charlaban y movían las manos y las caderas. En general, parecían estar pasándoselo muy bien. Pero Laura no se dejaría engañar: todos estaban rotos por dentro. Lo había sabido desde el día que entró en la MetaCorp. Samuel estaba roto, sus compañeros de cubículo estaban rotos, sus jefes estaban rotos y, más importante todavía, ella misma estaba rota.

La chica fue a su mesa y recogió las pocas cosas que ahí tenía: una foto de su perro de la infancia, un bolígrafo de broma, un USB lleno de música y una caja de barritas energéticas medio vacía.

Metió todo en la caja medio vacía, se tiró el abrigo encima y fue al ascensor. Alguno de sus compañeros le miró por el rabillo del ojo, pero ninguno dijo nada,

“Robots, todos robots” pensó la chica, asqueada, cruzando todos los espacios abiertos a zancadas.

Golpeó el botón de llamada y esperó de pie, con una fea mueca adornando su cara.

Samuel se acercó a ella una última vez, sonrió y se despidió.

–Mucha suerte con todo –terminó Samuel mientras volvía a su despacho.

–Gracias –masculló la chica mientras las puertas del ascensor cercenaban su conexión con la MetaCorp–. Imbéciles todos.

Laura salió a la calle y esquivó un coche de superficie. Había pocos desde que los aerocoches entraron en uso, lo que llevaba a sus conductores a desplazarse a mayor velocidad.

–¡Dominguero! –chilló Laura, agachándose a recoger la foto, que se había caído de la caja.

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