El Agente

El coche entró al garaje, las ruedas chirriando de manera desagradable y violenta. Navegó las tripas del edificio hasta llegar a su plaza. El motor del Volkswagen blanco rugió una última vez antes de que los focos se apagasen. En el interior, el detective se pasó la mano por la cara. Una vez terminó, salió del vehículo. Atado a su espalda estaba su seis-tiros del .38. No era bonito. No era feo. Hacía su trabajo, que era lo importante. Abría boquetes donde los tenía que abrir. Punto.

Empezó a andar hacia las escaleras cuando vio a un hombre. Se frotó los ojos con la mano derecha. No podía ser. Era el cansancio.

Abrió los ojos de nuevo. El hombre seguía ahí. Sorprendentemente, tenía la cabeza entera, de una pieza. El ojo derecho del hombre seguía ahí.

­– Qué… ¿qué haces aquí? ¿Por qué no estás en el tanatorio? – preguntó el agente.

– Oh, señor Lebowski, ¿pensaba que un mísero tiro podría detenerme? – contestó, sin mover la boca.

– ¡Te volé la puta tapa de los sesos! – chilló Lebowski, alcanzando el revólver poro  no sacándolo.

– Y aquí estoy. Quizás no sea tan buen tirador. O, quizás, yo sea más fuerte de lo que cree – sonrió el no-muerto.

El hombre, al que llamaban Doghouse Reilly, metió la mano derecha en el bolsillo de su americana.

– ¿Reconoce esto? – preguntó Reilly, sacando un cable de seda. En los extremos tenía unos agarres de madera decorados con madreperla.

Lebowski asintió.

– No me va a hacer falta para acabar con usted – replicó Reilly, dejando que su única arma cayese al suelo –. No. Usted tiene que sentir mis manos, señor Lebowski.

Antes de que Reilly pudiese dar un paso, Lebowski desenfundó y amartilló su revólver hábilmente. Para cuando Reilly levantó el pie del suelo, Lebowski no solo había disparado una vez, sino que estaba amartillando el revólver una segunda vez.

Los fogonazos y explosiones llenaron el garaje.

Lebowski sonrió. Todas las balas habían impactado en la cabeza del asesino. Bajó el revólver.

Sin embargo, delante de él, sonriente, estaba Reilly. Actuando rápidamente otra vez, Lebowski abrió su seis-tiros, sacó los casquillos y, casi más rápido, introdujo seis balas en el tambor. Cerró el arma, amartilló y repitió la jugada.

En todo ese tiempo, Reilly cubrió la distancia entre ellos, siempre sonriente y, más preocupante, siempre ignorando las balas que el agente estaba lanzando contra él.

Lebowski podía sentir el calor y emoción que Reilly emanaba. No era terrorífico. Lebowski había pasado el desagradable valle del terror y se había alojado en un precioso chalet en las montañas de la locura. Reilly sonrió con sus dientes perfectos y miró a Lebowski.

Eso era algo que siempre había molestado a Lebowski. La sonrisa perfecta de Reilly. No parecía alguien enfermo cuando sonreía. El resto del tiempo, sí, pero no cuando sonreía. Era como si tu profesor se te acercase con intenciones bastante menos que honestas.

Antes de que las manos de Reilly alcanzasen el cuello de Lebowski, el agente abrió los ojos.

Notó como su almohada desaparecía y oyó una voz.

– Vaya, y pensé que no me podría despedir, señor Lebowski –sonrió Reilly.

“Al menos acerté” fue lo último que Lebowski pensó.

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