Tracer Bullitt, 23 (El Asesino)

El coche de policía, seguramente, tenía algo que ver con lo que le hice a Honest Ron el día anterior.

Respiré hondo y empecé a cantar un mantra. Poco a poco, empecé a hacerme no exactamente invisible, pero difícil de ver. Entré despacito en mi casa. Los agentes no parecían demasiado interesados en la niebla que estaba introduciéndose en el edificio. Llegué a mi apartamento. No estaban aquí para cogerme a mí. Estaban aquí porque mi puerta había explotado.

Dentro, había un demonio. Seguramente, con mi suerte, era el que había matado a la señorita Cardew. Se le oía respirar y gruñir dentro de mi apartamento. Volví a las escaleras y deshice mi no-invisibilidad. Subí y hablé con los agentes.

– No puede entrar ahí. Estamos esperando a un Rechicero – dijo uno de los policías.

– Pero es mi apartamento – dije, susurrando.

– Señor, creemos que hay un demonio ahí dentro. Tendrá que esperar a que llegue.

Respiré y me senté al lado de mi puerta.

Cuando los agentes dejaron de prestarme demasiada atención, me pinté una runa en la nariz.

Rebusqué entre mis bolsillos y, al cabo de un poco de tiempo, conseguí encontrar una neblina.

Presioné el hexágono contra mi nariz. Esta vez, gracias al grabado de mi pitillera, no sentí nada. Podía oler al demonio. Olía exactamente igual que lo había hecho en el apartamento de la señorita Cardew, pero más fuerte.

El Rechicero al que estaban esperando llegó. Era Wendy.

– ¿Qué tal estás, Tracer? – sonrió.

Llevaba un traje de Nomex. Seguramente, también tendría Kevlar debajo del Nomex. Todo el traje estaba pintarrajeado con círculos y runas. Reconocí unas de ataque, un círculo de defensa (apodado, obviamente, escudo) y un par de habilidades pasivas. Con ese traje, Wendy era más rápida que una motocicleta y más fuerte que cinco rinocerontes. Sería suficiente como para derrotar un demonio pequeño como el que se suponía estaba en mi casa.

Se puso la máscara y entró en mi apartamento.

Salió inmediatamente.

De espaldas.

Volando medio metro por encima del suelo.

Los policías se acercaron a Wendy.

Aproveché su distracción para sacar el Auto y entrar en mi casa.

El demonio me vio. Era algo más pequeño de lo que me esperaba, más o menos como un pitbull. Aún con todo, parecía un demonio menos poderoso de lo que era en realidad.

Me miró y sonrió.

Yo no sonreí. Yo encaré. Disparé cinco tiros de una.

Herí a la bestia, pero me disloqué el hombro.

El demonio estaba sangrando. Esa era mi intención. Quizás, con suerte, le podría haber matado, pero era mejor herirle. Así podría oler su sangre.

La bestia salió corriendo de mi apartamento, reventando la ventana. Antes de que yo pudiese alcanzar la ventana, ya me resultaba casi imposible verle.

Me recoloqué el hombro. No sentí nada.

Pregunté si Wendy estaba bien.

Me dijo que sí, que no me preocupase y que me quedase aquí. Ya localizaría ella al responsable de mandarme un demonio.

La ignoré abiertamente y salí lo más rápido que pude.

Corrí por la calle, intentando evitar que me atropellasen mientras seguía el olor.

Era apestoso, pero eso le hacía más fácil de seguir.

Media hora de carrera después, llegué a un bareto-cafetería de mala muerte. “Se habrá parado a tomar una birra”, pensé.

Entré al bar.

Era la clase de sitio al que iban los estudiantes: era barato y, a juzgar por las quemaduras en el techo, el dueño dejaba que los clientes hiciesen hechizos sobre las mesas.

Detrás de la barra había un hombre. Llevaba un fez y una barba de tres días. De joven, debía de haber sido un hombre espectacularmente atractivo.

Ahora, sin embargo, tenía una panza cervecera. Las gafas de pasta que llevaba estaban sucias y resquebrajadas, como si las llevase solo cuando hacía magia.

Era eso o que no las lavaba nunca. El  hombre no parecía alguien agradable, pero tampoco particularmente desagradable.

Él estaba relacionado con el demonio. Seguro. Lo podía oler.

Y si no aparecía en ningún registro, o era autodidacta o había borrado su pasado. Cualquiera de las dos opciones era mala. La primera opción era la que me daba miedo. Ya me había enfrentado a Rechiceros sin pasado alguna vez y, al menos, eran predecibles.

Me observó de arriba a abajo y sonrió. Dejó el vaso que estaba limpiando detrás de la barra y salió.

Mientras se acercaba a mí, empecé a tocar el Auto.

– Deja el arma, Tracer – sonrió –. No te voy a hacer nada.

Alejé mi mano del Auto y me senté. Miré al hombre. Olía a demonio. Pero no solo al pequeñajo. Olía un poco a… a Mephisto. Y hacía mucho que no olía a ese capullo.

– Me pregunto si me habrías encontrado si no te lo hubiese puesto en bandeja esta mañana – añadió el hombre, casualmente.

Fue a la barra a por un vaso.

Intenté sacar un bolígrafo de mi bolsillo.

– Deja eso, sea lo que sea – dijo desde detrás de la barra.

Saqué la mano de mi americana.

– Las cámaras del bar te están apuntando a ti y las conecté directamente a mi cerebro hace tiempo. Veo todo lo que puedes intentar hacer – explicó

Me resigné.

– En cualquier caso, estás aquí por varias razones. La tuya y la de Mephisto – continuó –. Tú estás aquí porque querías saber qué estaba pasando, ¿verdad?

Asentí. Había mencionado a Mephisto. Eso no me gustaba.

– Mephisto te quiere aquí porque necesita tu ayuda.

– ¿Y dónde está él? – pregunté.

Y lo supe. Estaba a mi lado.

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