Trace Bullitt, 22 (El Asesino)

Me levanté y eché un vistazo al traje del día anterior.

El agujero en el centro del chaleco, la americana y la camisa hacían que me doliese el corazón.

Cogí otro traje y me vestí. Me puse en marcha y llegué temprano a la Universidad.

Muchos de los profesores, de hecho, ni siquiera habían llegado. Los alumnos, por su parte, estaban en los pasillos, discutiendo sus noches o las hipótesis que habían conjurado la semana anterior.

Yo había pertenecido a una tercera clase de alumno: los ausentes. Cuando tenía veinte años, acostumbraba a quedarme en mi apartamento con Jackie-o.

A veces incluso estudiaba. Sin embargo, generalmente, me limitaba a hacer el imbécil.

Recorrí los pasillos de la Universidad hasta llegar a la biblioteca. Todavía estaba cerrada. Un montón de alumnos estaban apelotonados contra las puertas, esperando a la apertura. Querrían algún libro o un sitio en las mesas.

Me estiré y esperé. Al cabo de unos minutos, la puerta de doble hoja se abrió.

Hacía mucho que no estaba aquí. La habían ampliado. Habían añadido dos pisos más. Quizás tres. A saber. La biblioteca nunca se iba a quedar sin espacio. Siempre sería todo lo grande que hiciese falta para acomodar toda la información posible en formato papel.

Entré y sonreí a la bibliotecaria. Saqué el contrato de Jackie-o y se lo enseñé.

– Necesito que busque esta caligrafía – sonreí.

La mujer, algo anciana, me miró de arriba abajo por encima de sus gafas, como con cara de asco.

– Solo se ayuda a alumnos, Graduados o Rechiceros. Y usted no parece ninguno de ellos.

Saqué una tarjeta del bolsillo de los pantalones.

–Soy un Graduado con deshonor. Con deshonor, sí – dije antes de que se quejase –. No obstante, sigo siendo un Graduado.

La mujer me miró con odio y aceptó mi petición a regañadientes. Cogió el encantamiento y lo analizó.

Me quité de la cola y dejé pasar a más gente mientras esperaba mis resultados. Entre tanto, eché un vistazo a los libros que estaban cerca del mostrador. Había un tratado de demonología. Viendo que la señorita Cardew había muerto a zarpazos de uno, me pareció oportuno y correcto echarle un vistazo.

Hojeé y, al mismo tiempo, ojeé el manual. Era antiguo. Ciento veinte años o así. Me parecía recordar que lo había usado yo para un examen, pero no podía estar seguro.

Al cabo de unos minutos, la bibliotecaria dirigió su atención hacia mí.

Me acerqué a ella y sonreí.

– Nada – dijo. Parecía satisfecha con el resultado.

– ¿Cómo que nada? Algo tendrá que haber, ¿no? – respondí, mirando a la anciana.

– Nada en absoluto – continuó.

– ¿Pero ha mirado en las bases de otras universidades?

– Sí.

– ¿Y centros de estudios inferiores? ¿Escuelas nocturnas? ¿Informes policiales? – pregunté.

– En todos sitios. No hay nada – escupió.

Me devolvió el contrato y me indicó que me quitase. Estaba frenando la fila.

Me rasqué la nuca con una mano mientras que con a otra, me guardé el contrato.

Salí de la biblioteca.

No tenía ninguna pista que seguir.

Resoplé y volví a casa.

Al llegar me encontré una bonita sorpresa delante de mi edificio: un coche patrulla.

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