La Milicia también llora (1): “Los adelantados del desierto”.

Narración del teniente Pierantonio Iunxi. Ejército Imperial desterrado en Meiryo.

Muëlle, a 14 del Invierno del año 1671 de la Era de Cártica.

Los otros militares habían estado aguardando ansiosamente el regreso del coronel Brillo, pero yo sabía que no iba a volver. Seguro que había muerto sin remedio a manos de los sanguinarios partidarios de la República.

—Su Alteza, no podemos demorarnos más. Debéis decidiros de una vez.

Miré al general Brâdden, que conversaba con Su Alteza Imperial Agustino de Tôrrent, legítimo sucesor del Gran Emperador Gombrish III, quien había sido asesinado cuatro años atrás por los que ahora habían usurpado el trono del Imperio de Lathia, convirtiéndolo en República Federal.
El chico estaba muy indeciso. No tenía más de veinte años. Brâdden se mostraba impaciente, e increpó de nuevo al chico:

—Repito, Alteza: debéis decidiros de una vez.

El Príncipe Agustino se levantó de la desvencijada silla. Se asomó a la ventana de aquella rancia cabañeja de madera de cocotero. No muy lejos se veía el vasto Océano del Sur. Apenas cincuenta kilómetros mar adentro se encontraba la isla de su desdicha: Cártica.

Por fin, habló.

—Deberíamos esperar al coronel Brillo. Él es el que mejor conoce la situación de la capital, Hûrrica.

Me levanté.

—¡No podemos hacer eso! Alteza, con todos mis respetos, el Coronel Brillo estará muerto o algo peor… ¡Esperarle sólo nos hará perder aún más tiempo!

Agustino me miró, con unos ojos enturbiados por la angustia. Me dirigí a él.

—Lo sé, chico…

Sí, lo sabía. Sabía lo difícil de creer que era que tan digno militar, nuestro amigo Higinio Stuart-Brâdden, Marqués de Brillo, y principal benefactor de Su Alteza Real, hubiera muerto de manera tan tonta.

—¿Es usted idiota, Iunxi? —Amenazante, el general Brâdden se me acercó; habló en un siseo estremecedor—: ¿Cómo osa siquiera pensar en la posibilidad de que Brillo esté muerto? ¡Brillo no se dejaría capturar tan fácilmente por esos decadentes republicanos del demonio!

Me dirigí al cuarto interlocutor de nuestro conciliábulo, el sargento Faarion.

—¡Faarion! ¡Deje de dormir! ¿Qué dijo el coronel Brillo antes de su partida?

El sargento Faarion se dirigió a nuestro “amable” Brâdden y le dijo, con sorna:

—Hace más de cinco horas, Brillo dijo «Si en una hora no he vuelto, no alberguen esperanzas de volver a verme con vida». ¿Qué, Brâdden? ¿Cuántas horas más vamos a estar esperando? Son las dos de la madrugada, debemos ponernos en marcha.

Se levantó, cogió la botella de whisky de la mesa y se bebió lo poco que quedaba. La dejó en la mesa bruscamente, mientras le decía al Príncipe Agustino:

—Desengáñate, chaval: Brillo ha pasado a mejor vida. No va a venir.

Casi podíamos oír cómo las esperanzas de Agustino se resquebrajaba en miles de añicos lentamente. Me compadecí del chico: esto era más de lo que podía soportar un joven de veinte años. Primero mataron a sus padres ante él; luego a sus hermanos; luego lo obligaron a abdicar y reconocer la República; más tarde, le arrancaron sus vestiduras regias y lo llevaron, medio desnudo, al Palacio de Antares, ciudad en la cual se había erigido la parodia que llamaban “Gobierno de la República de Lathia”, donde lo afrentaron y le hicieron mil y una ignominias; luego, lo exiliaron a la Isla de Meiryo, donde estábamos ahora: una isla descubierta por Cártica en torno al siglo VI después de Cártico, a unos cincuenta kilómetros de la primera, totalmente árida y desértica; el príncipe Agustino anduvo perdido por el desierto durante tres días, hasta que de milagro llegó a la colonia de Fûtura, donde nos habían deportado a los generales que, en el pasado, habíamos sido la “mano derecha” de los Emperadores de Lathia. Aún se nos antojaba imposible que hubiera sobrevivido tanto tiempo en el desierto meiríada.

De esto cuatro años ha. Llevamos todo este tiempo buscando militares afines a la causa de Agustino en Cártica, quien se juró a sí mismo como algo personal que recuperaría lo que era de su familia.

Mucho, pues, para un niño caprichoso, mimado, extremadamente despiadado, de sangre azul y receloso de todo y de todos. Todos los militares leales a la Familia Imperial de Tôrrent odiábamos a Agustino, en realidad: sabíamos que era capaz de vender hasta a su propia madre al enemigo con tal de ascender en el poder. Lo único bueno que tenía Agustino es que hablaba idiomas, que era ingeniero y que sus galardones académicos eran muchos para una persona de tan corta edad. El resto era morralla en estado puro, pero no podíamos hacer nada: Agustino era el sucesor legítimo. O aceptábamos el paquete completo, o nos dábamos por jodidos.

Nos contentábamos con introducirlo en el trono y, luego, obligarlo a abdicar, una vez restaurada la Familia Imperial en Lathia.

El príncipe habló con voz de autómata:

—Bien. En ese caso… Brâdden: prescindiremos de Brillo. A las tres de la madrugada empezaremos los movimientos.

Brâdden estaba de los nervios, pero una orden era una orden. Faarion se relajó, se rascó la axila y tomó una nueva botella de whisky, ofreciéndonos. Denegué.

Paródico. Éramos cuatro desconocidos totales. Cuatro desconocidos que jugaban a comer juntos, beber juntos y reír juntos pero que escribían confidencias y pensaban sólo para sí.

¿Qué pensará Brâdden en lo más profundo de su mente? ¿Realmente apoya la causa de Agustino?

¿Y Faarion? El furibundo sargento que luchó hasta la extenuación por la construcción de una República Federal y que, un día, se pasó a nuestro bando, desilusionado, parecía impenetrable. ¿Era fiel? Faarion significaba, en el pasado, República; ahora, ¿pretenderá realmente significar Imperio y que nadie ponga en duda su lealtad?

Agustino…

Me matarían por esto (o no), pero empiezo a dudar que quiera restaurar el Imperio en Agustino. Ese ser me da algo de miedo.

Miré por la ventana al Océano del Sur.

Cártica no se esperaba lo que iba a pasar. La ciudad de Antares reverberaba en esos momentos, exultante, con ocasión de la fiesta nacional de la República…


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