Tracer Bullitt, 19 (El Asesino)

El Rick’s estaba lleno de gente. Todos charlando. Un par de magos de poca monta – autodidactas, seguramente – estaban vendiendo encantamientos a quien quisiese.

Si la Universidad los pillaba, estarían en un aprieto. Bueno, si la Universidad los pillaba y decidía que a alguien le importaba medio carajo que una imitación barata de mago vendiese un hechizo de amor mal ejecutado.

Entre todos ellos, estaba El Loa.

– Señor Bullitt, ¿cómo está usted? – dijo al verme.

El haitiano era grande como una nevera y brillante como una estrella joven.

Me enseñó los dientes. Era lo que él llamaría una sonrisa. Me conocía y siempre quería venderme Neblinas.

– Muy bien, muy bien. ¿Usted?

– Me encuentro espléndidamente bien.–continuó, levantándose y estrechando mi mano.–Tengo un caso para usted.

– ¿Es urgente? – repliqué. Los casos de El Loa estaban bien. Pagaba más que la media – Lo digo porque ahora estoy trabajando en algo y le estoy dedicando toda mi atención.

– No, no es particularmente urgente. ¿En dos días podría encargarse de esto?

– Depende de cómo vaya el que me traigo ahora entre manos.

– Es una forma de hablar – prosiguió El Loa. Hablaba con una voz relajada –. Si en una semana no puede, buscaré a otra persona, pero pensé que le interesaría saber que tengo algo para usted.

El Loa era muy amable conmigo. Sin embargo, no siempre lo había sido.

– Muchas gracias, señor Loa – terminé –. Pero estoy en medio de un caso ahora mismo.

– No le interrumpiré más, pues – respondió, haciendo una pequeña reverencia.

El Loa tenía un gusto por lo teatral que resultaba, en muchas ocasiones, sobrehumano. Le encantaba alardear de su juventud como actor de cine. Lo había dejado por el estrés que suponía.

Y porque había apuñalado a un director. Esa anécdota había sido noticia años atrás, cuando comencé mis estudios.

El Loa, por aquel entonces, era de mis actores favoritos. Lo seguía siendo, de hecho. Lo que siempre fue era un coleccionista ávido de objetos mágicos. Su colección era impresionante.

Busqué a Bull. Estaba en su mesa de siempre. Su hija y su mujer estaban con él. La niña estaba dibujando un brujo sobre una servilleta.

Me acerqué a la alegre familia.

– Bull, no quiero molestar, pero, ¿podemos hablar un momento? – susurré –. No llevará mucho.

Bull miró a su esposa y su pequeñaja. Murmuró un “Ahora vuelvo” y vino conmigo.

Le dirigí a una mesa y nos sentamos.

– Voy a cenar aquí – expliqué –. Pero bueno, no te entretengo: necesitaría echar un vistazo al contrato que Jackie-o te dio.

Tendría que haberlo localizado antes, pero el dinero me había cegado temporalmente.

– ¿Cuál? – preguntó Bull, de pie.

– El de la pitillera. El mensaje – aclaré.

– No lo tengo. Se lo quedó Jackie-o. Los colecciona, ¿no  te acuerdas? – respondió.

– Es verdad, gracias, vuelve con tu familia – repliqué, rascándome la nuca.

Bull volvió a su mesa.

– Salúdales de mi parte, que yo no lo he hecho – añadí antes de que llegase a su mesa.

El camarero dejó mi cena delante de mí.

Comí.

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