Tracer Bullitt, 18 (El Asesino)

El marco estaba hirviendo. La magia que lo protegía era potente.

Retiré el cuadro.

Salí volando.

Me di contra la pared.

Rápidamente, estaba rodeado por el cuerpo de seguridad de la cabeza de Ron. Eran soldados vestidos de armadura medieval.

Sus alabardas acariciaron mi cuello.

Sonreí.

Recité otro mantra.

Mi imagen personal se deformó. No se me podía reconocer.

Me disfracé de un estudiante de veinte años. Eso me protegería durante un tiempo.

La masa de guardas se dividió. Ron apareció entre ellos. No parecía particularmente contento. Me miró y miró al cuadro. No tardó en sumar el dos del cuadro y el dos (falso) de mi apariencia.

– ¿Qué haces aquí, cretino? – escupió – A tu edad yo no hacía el imbécil. Estudiaba y trabajaba para sacarme el Grado. No me iba de viaje a espiar.

– Venga, tío, no seas así – dije, poniendo mi mejor voz de veinteañero descerebrado –. Enróllate un poco.

Ron arqueó la ceja.

– ¿Qué has visto?

– Nada, tío. Nada en absoluto – respondí.

Sus soldados me cogieron y retuvieron.

Ron torció el gesto y me miró de la cabeza a los pies.

Produjo – literalmente – un bolígrafo y se acercó a mí. Trazó unas runas sobre mi frente e intentó explorar mi mente.

Sin embargo, antes de que hubiese aparecido, mi cabeza ya se había cerrado a casi cualquier clase de sondeo que pudiese hacer. En su lugar, solo vería recuerdos de cuando yo tenía veinte años.

Puso sus manos sobre mi cara y entró.

Entré en mi fortaleza mental falsa, la ilusión que había creado para Ron.

Era una casa victoriana que había visto en una película hacía mucho tiempo. El cielo era negro como el vacío del espacio. No, era negro como un pozo sin fondo e igual de desalmado.

Eso habría puesto nervioso a Ron. Era la idea. Corrí al interior de la casa. Busqué los recuerdos “recientes”.

Ron estaba ahí, abriendo y cerrando mis puertas. Había visto mis citas con Jackie-o, había visto mis encantamientos fracasados… Y estaba llegando a los recuerdos de hoy. Oculté mi transformación. Eso, al menos, me cubriría las espaldas durante un tiempo.

El hombre me miró tras abrir la puerta. No había visto nada de interés.

Le saludé con la mano y sonreí.

Ron se giró y salió de la casa. Del jardín. De mi cabeza.

Volví a la psique de Ron.

– Márchate –masculló –. Vete de aquí ahora.

Salí corriendo, mirando hacia atrás, como si fuese un crío asustado. No rompí personaje hasta que salí de su cabeza. En el mundo real, las convulsiones de Ron empezaron a remitir. Sus ojos seguían igual que cuando le había visto unas horas antes. Había alguien detrás de ellos. No estaba mirando hacia fuera, pero estaba ahí, esperando.

Volví a casa.

Mi cuerpo había babeado la alfombra sobre la que me había desplomado.

Mi cuerpo tuvo la decencia de informarme de que tenía hambre.

El Rick’s era la solución. Tanto para mi hambre, como para acercarme al corazón del misterio.

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