Tracer Bullitt, 17 (El Asesino)

Antes de llegar a casa me tomé una de mis pastillas. Para cuando llegué, los colores estaban volviendo a mi vida. Desafortunadamente, caí al suelo antes de llegar a mi cama. Tampoco es que me afectase demasiado, pero el cuerpo se resentía si me iba de viaje y él se quedaba en el suelo, ahí, de mala manera.

Fui al Comienzo de nuevo.

Honest Ron estaba despierto, leyendo, pero estaba claramente asustado. No parecía concentrarse del todo en la lectura.

Entré en su cabeza. Su mente era idéntica a la Universidad.

A saber cómo la había organizado por dentro.

La puerta de entrada era gigantesca, como la de la Universidad. Empujé las dos hojas y entré. Las salas tenían techos elevados, abovedados, hechos de mármol rosado. Viendo la disposición del edificio y la ausencia de puertas en la entrada, asumí que los cuadros ocultaban los recuerdos.

Me acerqué a un retrato de familia. El niño parecía Ron. Moví el cuadro y, en efecto, detrás del cuadro había un recuerdo. Parecía una merienda de cumpleaños.

Dejé el recuerdo a sus anchas. No quería inmiscuirme en un recuerdo feliz.

Salí de las salas principales y bonitas. Fui a los laboratorios de maldiciones. Los recuerdos malos estarían, me reí, donde se producen los malos recuerdos.

No me equivoqué.

Ahí encontré un par de hechizos que salieron mal. El resultado no fue agradable. Afortunadamente para el Ron que una vez los realizó, eran encantamientos rutinarios y, hasta cierto punto, no demasiado peligrosos.

Al fondo del pasillo había un cuadro parecido a la puerta que Jackie-o había tenido en su cabeza. Negro y con runas. Había unas cuantas runas como las que había visto sobre la puerta de Jackie-o. De hecho, el encantamiento de cierre que Jackie-o había tenido protegiendo su recuerdo estaba en el centro.

Sin embargo, este estaba mucho mejor protegido. El propio Ron había construido otro encantamiento de defensa sobre el original. Ron quería protegerse a sí mismo.

Las runas que protegían la puerta no eran particularmente complicadas. Sin embargo, eran muchas. Me senté delante y pensé.

Una parte de mi cabeza se dedicó a romper el encantamiento que Ron había puesto sobre la puerta. La otra empezó a recordar los días que había pasado delante de ese departamento.

El Departamento de Necromancia había sido uno de mis favoritos. Nunca se me dio particularmente bien, pero me gustaba conceptualmente. El profesor que la impartía, por su parte, padecía un retraso emocional de proporciones bíblicas. No era capaz ni de simpatizar ni de empatizar con sus alumnos. Se reía cuando hacíamos preguntas que, en su opinión, eran estúpidas.

No era el profesor favorito de nadie.

Cuando terminé, empecé a recitar un mantra. Era potente. Y de mi invención.

La Universidad de Ron empezó a deformarse a mi alrededor. Estaba funcionando perfectamente.

Acaricié el marco del cuadro.

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