Tracer Bullitt, 16 (El Asesino)

Pasó tiempo. Solucioné unos cuantos casos y saqué dinero. Los familiares de la señorita Cardew vinieron a verme y pagarme. Les devolví la pitillera de la mujer, que ya se había enfriado, y se fueron sin decir más.

Fueron agradables y educados, pero un poco fríos. Pagaron lo que les pedí sin discutir, como habría hecho la señorita Cardew. Eran idénticos a ella: orgullosos y pretenciosos, pero educados. Es difícil ser pretencioso y amable al tiempo, pero ellos lo conseguían.

El demonio que atacó a la señorita Cardew no había dado señales de vida en este tiempo. O lo habían devuelto a su plano o le habían retenido aquí. Su presencia me molestaba. Me molestaba sobremanera.

Retener a un demonio aquí era arriesgado y consumía mucha energía. Si lo habían devuelto a su mundo, que era la otra opción, no me gustaba tampoco. Me complicaba el trabajo de encontrar a este misterioso Rechicero. Y quería conocer a este grillado.

A las dos semanas de haber visto a Wendy, la alarma que había puesto se activó. Ron había vuelto a su apartamento. Si no él, entonces alguien había entrado. Ambas opciones eran interesantes.

No tenía ningún caso entre manos, de manera que salté por encima de mi mesa y me eché la gabardina encima. Salí corriendo a la calle y alcancé al bus lo más rápido que pude.

El sol estaba alto en el firmamento y no había nubes. No hacía calor, pero no era un buen día para llevar gabardina. Me aguanté.

La policía había dejado de merodear por el edificio de la señorita Cardew hacía ya un par de días, de manera que entrar no fue tan tenso como la última vez.

Llamé al telefonillo.

Una voz joven, bastante más que yo, respondió.

– ¿Quién es?

– Quiero hablar con usted acerca de su vecina, la que falleció… – dije, ignorando su pregunta.

Colgó antes de que pudiese siquiera terminar la frase.

Busqué al guardia de seguridad. Parecía que estaba en el baño o algo parecido. No tenía mucho tiempo, de manera que actué rápido.

Me saqué una de las tizas del bolsillo y pinté sobre el cristal de la puerta de entrada. La atravesé sin problemas. Crucé el hall y subí las escaleras hasta el segundo piso. Teniendo en cuenta mi velocidad, me sorprendió no quemar el suelo.

Llamé al timbre y me agaché para que Ron no me pudiese ver.

La mejor manera de hacer esto, en realidad, era tapar la mirilla con un chicle, pero nunca me había terminado de convencer.

Ron picó. Debía de querer ayuda subconscientemente. O era imbécil. Seguramente la segunda opción era la correcta.

Metí el pie entre la puerta y la jamba y entré.

– No voy a hacerle nada –le aseguré –. Solo quiero saber por qué tenía la pitillera de la señorita Cardew en su casa.

Le mostré las manos vacías.

Él hizo, por su parte, lo mismo que Bull. Esta vez no me pilló por sorpresa. Antes de que pudiese hacer nada, saqué el Auto y descerrajé tres tiros. Oí el “clink” al cortar el cable.

Antes de que Ron pudiese caer al suelo, le recogí.

Guardé el Auto.

– ¿Está bien? – pregunté, al tiempo que Ron abría los ojos.

El hombre se asustó, se levantó, me pegó un puñetazo y corrió hacia el teléfono. Antes de que pudiese llegar, le cogí de la camisa y lancé contra el sofá.

– Mire, me da igual si la mató o no. A mí ya me pagaron por recuperar la maldita pitillera. Lo único que quiero saber es qué pasó.

Ron empezó a mover el dedo sobre el sofá. Debió de creer que no me daría cuenta.

– Quieto – sonreí, sacando el Auto de debajo de mi gabardina por segunda vez.

Ron levantó las manos despacio.

– Quiero hacer esto por las buenas – expliqué –. Pero también lo podemos hacer por las malas. A mí me da igual. Hable.

– No tengo nada que decir – dijo.

– ¿O no quiere decir nada? – probé, como hacían en las películas antiguas.

Pensé. Quizás no era que no quisiese decirme nada, sino que no podía. Papá Pastillas no había dicho nada abiertamente, aunque él seguramente se estaba haciendo el interesante. Jackie-o tenía sus recuerdos del caso de la pitillera encerrados, Bull se había convertido en una especie de semidiós oscuro… Alguien estaba haciendo mucha magia y muy fuerte. Me relamí.

– ¿Quizás quiera apuntar algo para mí? – probé.

Ron sacudió la cabeza. Acaricié el gatillo de manera visible. Tragó saliva y sacudió su cabeza por segunda vez. Guardé el Auto.

Sonreí.

– De acuerdo, ya que no consego nada, me iré.

Miré a los ojos del asustado Ron.

Había alguien detrás de ellos. No exactamente mirando, pero sí ahí. Como una persona detrás de una ventana. No estaba usándola ahora, pero podría usarla cuando quisiese.

Salí del apartamento de Ron, guardando el Auto debajo de mi americana.

Bajé las escaleras y salí por la puerta principal. El segurata seguía en el baño.

Ron no sabía qué había hecho hasta que volvió de sus vacaciones. Eso era obvio. De hecho, un Graduado como él no podría haber sabido cómo hacer lo que hizo. Alguien le había usado para invocar a ese demonio y matar a Cardew. Él no sabía lo que estaba haciendo cuando trazó el círculo y puso la pitillera dentro.

Me saqué un cigarrillo y lo encendí. Eché un vistazo a mi pitillera. Brillaba bajo la luz del sol. Me la metí en el bolsillo de la gabardina y esperé al autobús.

En cuanto llegase a casa, tomaría una Neblina. Tenía que saber qué sabía Honest Ron y qué había pasado.

Misterios misteriosos. Sonreí y me monté en el bus.

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