[La novela]

Después de un tiempo de silencio, vuelvo a la carga. Este es el último relato antes de volver a la carga con Tracer Bullitt. Disfrutadlo 😀

Laura adoraba escribir. Por eso, todos los días, al despuntar el alba, cogía una pluma y añadía un par de líneas a su novela antes de ir a la escuela.

La chica sabía que iba a ser una gran novela. Estaba segura de que la publicarían de inmediato y que, a los pocos años, habría cambiado las vidas de cientos de miles de personas.

Aparte de su novela, Laura también escribía relatos de fantasía y ciencia ficción. No le daban mucho dinero, pero era mejor que nada. Aunque no escribía esas historietas con la misma frecuencia que su novela; cuando lo hacía, era increíblemente eficiente.

Así, con el paso del tiempo, el número de noveletas con su nombre en la portada crecía. Ese aumento de historias fue seguido por un incremento de fans. Sin embargo, aunque Laura se sentía contenta, no era feliz. Después de todo, esos cuentos no eran las historias que ella quería contar. Le entretenía escribirlos, sí, pero no eran su novela.

Al cumplir los treinta y pocos, Laura, con más de una docena de noveletas firmadas, había terminado su novela.

Emocionada, el día que puso el punto final, recogió sus papeles y corrió a su editorial a publicarlo.

Sin embargo, un coche quiso evitarlo.

Como cabría esperar, ganó el coche.

Laura abrió los ojos.

Se los frotó.

Echó un vistazo a su alrededor.

Delante de ella había una figura sin cara. En su lugar tenía una máscara rectangular amarilla.

– Laura, nombre real [Incomprensible], ¿me equivoco? – preguntó con voz neutra el humanoide.

– Sí, soy [Incomprensible] – replicó Laura, sin saber muy bien por qué pronunció Laura como lo hizo –, ¿pasa algo?

– Has llegado antes de tiempo. No tendrías que venir hasta que no terminases [La novela].

– ¿[La novela]? – preguntó la chica.

– Sí, la historia que está escribiendo. ¿Me he equivocado? – continuó la figura, mirando un cuadernito frenéticamente, contrastando datos.

– ¿Ese es el título? – dijo Laura – Pensaba que sería distinto.

– Todos pensamos cosas inciertas. Venga, a casa – terminó la figura, chasqueando los dedos un poco mal.

Laura abrió los ojos de nuevo y se encontró en una habitación de hospital. No tuvo que preguntar qué había pasado. Lo recordaba. Sabía, también, qué tenía hacer y qué no.

En cuanto le dieron el alta, Laura volvió a casa y revisó [La novela] otra vez. Una vez terminó, guardó el mazo de hojas en un cajón.

Si algún día se cansaba de todo, le bastaba con ir a una editorial y conseguir que publicasen esa novela.

Los años pasaron y lo único que dejaron a Laura fue dinero, fama y seguidores. Nada más. Tampoco, como esperaba, le trajeron ennui. Era casi feliz.

Cuando era cómicamente mayor de lo que parecía a simple vista, la vida le trajo lo único que, en todos esos años, no había tenido: un novio.

El hombre, Arturo, le había sido presentado a Laura en una convención. Al igual que Laura, Arturo era un artista.

Era un dibujante de cómics de éxito. Sin embargo, como dijo, no sabía escribir, de manera que siempre estaba buscando a un guionista bueno.

Nada más decirlo, Arturo sonrió y miró a Laura a los ojos. Ahí fue cuando Laura cayó. Supo que Arturo cambiaría su vida, como sabía que [La novela] cambiaría las vidas de todo el mundo.

Al poco de que Arturo le robase el corazón a Laura, empezaron a vivir juntos y, antes de que nadie se diese cuenta, estaban casados.

Cuando se cansaron de su primera casa, se mudaron a una enorme mansión a las afueras de la ciudad. Era preciosa y, sobre todo, permitía que Laura no tuviese que interactuar con el mundo a no ser que quisiese hacerlo de verdad.

La mujer diseñó su propio despacho, donde nadie salvo ella podía entrar. Ni siquiera los ruidos del mundo exterior. Si Arturo quería hablar con ella, tenía que llamarla a través de un interfono.

En el maravilloso despacho, Laura se dedicaba a escribir y, muchas veces, a leer y revisar su obra maestra.

Alguna vez, si los astros se alineaban, Laura mencionaba [La novela] a su marido. Nunca, sin embargo, hablaba lo suficiente como para satisfacer a Arturo. Porque, aunque Laura llevaba quince años trabajando en esa historia, hablaba de ella una vez al mes. Con suerte.

En realidad, Laura llevaba más de cincuenta años revisando [La novela]. Arturo creía que Laura estaba puliendo la décima revisión grande cuando el número real se acercaba más bien a sesenta.

Cinco años habían pasado en la nueva casa cuando, por fin, Arturo se cansó del misterio de [La novela].

En una de las raras ocasiones en las que Laura abandonaba la mansión y Arturo no, el hombre entró al despacho donde imprimió una copia de la obra maestra de su esposa.

Le fascinó. Arturo se enamoró otra vez de su esposa, a quien ya amaba con absoluta locura. Sin que Laura se enterase, Arturo mandó la copia de [La novela] a la editorial de Laura y esperó la respuesta.

Al poco tiempo, una carta llegó al buzón de Laura. Antes de que Laura llegase, Arturo la abrió con sumo cuidado. Tras leerla y asegurarse de que el contenido fuese a satisfacer a Laura, volvió a cerrar el sobre y se lo dejó a su esposa al lado del plato del desayuno.

Laura, tras levantarse y ducharse, se dejó caer por el comedor. Cogió el sobre y lo observó con curiosidad. Tras un par de minutos mirándolo, pensando si había mandado o no su nueva noveleta, lo abrió.

Al leer la primera palabra, Laura cayó. Antes de que su cabeza tocase el suelo, estaba lívida y su corazón estaba quieto.

Vio al hombrecillo que, décadas atrás la había recibido detrás del escenario de la vida.

– Buen intento [Incomprensible], pero no todos podemos vivir para siempre – explicó la figura, mirando sus notas.

Laura frunció el ceño y dejó que el enmascarado le indicase qué hacer.

Aunque Laura nunca lo sabría, [La novela] sí que cambió el mundo para siempre, como siempre sospechó.

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Un comentario en “[La novela]

  1. Muy bonito, pero siempre me he preguntado si Kafka o Kavafis se sentirán satisfechos del éxito cosechado después de muertos. La fama puede que no sea gran cosa, pero resulta más práctica cuando estás vivo.

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