El concierto

Sara recibió la invitación por correo. No sabía de dónde venía, puesto que el sobre no tenía remitente. Tampoco tenía un sello y, por tanto, el matasellos no estaba ahí. Simplemente, había llegado un día a casa y había encontrado el sobre en su buzón.

Abrió el sobre de manila y sacó la invitación, que era cómicamente pequeña para el lugar en el que estaba guardada.

El papel era tan grueso como una tarjeta de crédito, pero era igual de flexible que papel de fumar.

Sara dio la vuelta a la invitación, buscando para qué era, a dónde le permitiría entrar. Sin embargo, no decía en qué local iba a ser el evento al que acababan de invitarla, solo le daba la dirección.

Sara dejó el trozo de papel al lado de unas partituras y, con el paso del tiempo, se olvidó de ella. También ayudó que la chica empezase a apilar más y más papeles encima de esa mesa.

Los años pasaron y, con ellos, Sara pasó de ser miembro de un pequeño grupo tributo a tener su propio grupo, siendo el gran evento de conciertos multitudinarios como T in the park. Lentamente sus seguidores pasaron de ser eso y algunos empezaron a transformarse en fanáticos. Los chicos seguían a Sara por la calle. Las chicas la imitaban.

Sin embargo, Sara nunca dejó de sonreír y saludar a todos sus fans. Si alguno pedía un autógrafo, ella siempre firmaba. Daba igual lo cansada que estuviese. A Sara le gustaba ver a todos felices.

Alguna vez tuvo que pedir que reforzasen su seguridad, pero nunca necesitó frenar a nadie y ninguno de sus guardaespaldas tuvo que hacer nada más agresivo que empujar a algún idiota.

Tiempo después, decidió que no quería vivir más en la casa en la que había crecido y que sus padres le habían regalado al irse del país, empezó a guardar todo en maletas.

Mientras recogía su habitación, consideró qué hacer con sus viejas partituras. Tras un tiempo de deliberación, que fue acompañado por un par de cervezas con su marido, decidió tirar los viejos e inútiles papeles.

Al hacerlo, la invitación de plástico-papel cayó al suelo, haciendo un ruido parecido al instrumento de Sara. La mujer miró al suelo y recordó la llegada de la entrada. El sobre de manila había desaparecido muchos años atrás.

Sara se agachó, dejó los papeles en el suelo y cogió la entrada. Inmediatamente supo lo que tenía que hacer.

­– Ahora vuelvo – le dijo a su marido.

– De acuerdo. ¿Sacas la basura?

– Sí, claro – replicó la música, cogiendo las bolsas que estaban al lado de la entrada casi sin darse cuenta de lo que estaba haciendo.

Sara se montó en un autobús. Luego en otro. Así, una hora más tarde, estaba delante de la dirección que rezaba la tarjeta.

Atravesó el umbral y se encontró delante de dos puertas. Una era negra. La otra era blanca. La blanca se abrió antes de que Sara pudiese tocar ninguna de las dos.

Detrás de la puerta blanca había unas escaleras que bajaban. Y bajaban. Y bajaban.

La mujer se aventuró, agarrándose al pasamano con fuerza.

Cuando llegó abajo, un hombre o una mujer, Sara no estaba segura, le pidió su entrada. Sara le mostró el plástico-papel. El hombre-mujer sonrió y le hizo un gesto, animándola a pasar.

Sara echó un vistazo al local. Parecía un speakeasy. De hecho, el que estaba a la barra parecía ser Capone en persona. Sara se fijó bien en la cara del camarero y vio que no, que solo se parecía al mafioso.

Echó un vistazo al resto del speakeasy, porque era lo que era. Podía ver a algunas personas sentadas, mirando al escenario sin moverse. Ni siquiera parpadeaban.

Entre todas las figuras, Sara reconoció a Jaco Pastorius. Y a Buddy Holly. Y Ritchie Valens. Y Ray Heredia. Y Randy Rhoads. Y Kurt Cobain.

Sara sabía lo que tenía que hacer.

Se sentó en su mesa – porque la mesa que eligió era, indiscutiblemente, la suya – y empezó a esperar lo que hiciese falta para que empezase el gran espectáculo.

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