El hombre gris

El hombre debía tener unos cuarenta años. Era regordete y calvo. El poco pelo que tenía era gris. La verdad, era un poco como un monje. Sin embargo, iba impecablemente vestido; llevaba un traje gris claro que le resaltaba entre la marea de gente que estaba en la calle.

Miró con sus ojos gris acero a su alrededor. Todo el mundo correteaba como hormigas a su alrededor. Le esquivaban. Alguno, ocasionalmente, se chocaba con el hombre gris y murmuraba una disculpa, pero nada más. A veces, ni siquiera murmuraban la disculpa. En lugar de eso, le miraban con asco.

El hombre, al cabo de un rato, se apoyó en la señal de la parada del autobús. Cada pocos minutos, un vehículo se paraba y una ola de gente salía, ocupando el lugar de la masa de gente que entraba. Ninguno de los autobuses, sin embargo, era igual al anterior: por esa parada pasaban quince líneas distintas.

El hombre sacó un reloj de bolsillo de su americana y miró. El reloj era de acero. También, como el traje del hombre, era de color mate.

La hora marcada no pareció satisfacer del todo al hombre. Chasqueó con la lengua y volvió a guardar el aparato. Se despegó de la señal y volvió a erguirse.

Un autobús estaba llegando. Una señora ya entrada en años que estaba detrás de él le indico que pasase.

El hombre de gris sacudió la cabeza y dejó a la señora pasar. Él no estaba esperando al 27, le explicó con una enorme sonrisa.

­– ¿A cuál espera usted? – sonrió la ancianita mientras se subía.

­– Ya verá. – replicó el hombre, enseñándole los dientes.

La anciana miró al hombre y entró al autobús.

Otra vez, el hombre echó un vistazo a su reloj. No satisfecho con la hora, chasqueó la lengua otra vez y lo volvió a guardar.

Pasaron cinco autobuses y, cada vez, el hombre hizo lo mismo: miró la hora, se molestó y guardó el reloj.

Finalmente, cuando llegó un nuevo autobús, el hombre miró la hora y, esta vez, estando satisfecho, guardó su reloj de bolsillo, giró el cuello, miró a una persona que no estaba ahí, tendió su brazo y empezó a andar. A los dos pasos, el hombre no volvería a mirar su reloj nunca más pero, a juzgar por la sonrisa que tenía en la cara, no parecía importarle.

Anuncios

Un comentario en “El hombre gris

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s