La malabarista

Bueno, de momento, vamos a descansar y no hablar de Tracer y sus aventuras durante un par de semanas. Lo que toca ahora es que yo publique relatos cortos (y si publico todos los que se me han ocurrido mientras escribía Tracer Bullitt, que está finiquitada, estaríamos medio año hasta retomar sus aventuras)

Así pues, durante un mes o así, voy a publicar relatos cortos. Y quién sabe, quizás, cuando termine con Tracer, retome las aventuras de Hannah por los metros del mundo. Pero bueno, vamos a ello.

-¡Pasen y vean! ¡Damas y caballeros, niños y niñas, seres y seras del abismo, todos lo disfrutarán por igual!-chilló el maestro de ceremonias, de pie delante de la entrada de la carpa.

Su sombrero de copa morado estaba raído y a punto de caerse a trozos. Su bastón parecía hecho de regaliz negro. Bueno, las partes que seguían pintadas lo parecían. La madera que estaba al aire era gris como las aceras de la ciudad.

Los berridos del maestro atrajeron a Miguel, que nunca antes había visto este circo por la zona.

Se acercó a la taquilla y pagó su entrada gustosamente. El entusiasmo de todos los involucrados era contagioso; el circo parecía estar lleno de gente que sabía manejar al público y dar buenos espectáculos. Si hubiese justicia en el mundo, incluso la taquillera habría tenido su propio espectáculo en Las Vegas.

El domador de bestias tenía a los leones bajo su control en todo momento.

Los payasos eran clásicos, pero hacían que sus chistes y su comedia visual no resultasen ni aburridos ni manidos.

Los malabaristas no hacían nada del otro mundo, pero seguía siendo bonito verlos a todos moviéndose por la escena. Todos iban vestidos de colores alegres y vistosos salvo una de las mujeres. Ella iba de negro y rojo. Y, precisamente porque no llevaba colores chillones, saltaba a la vista. Miguel se quedó con ella.

Los funambulistas, como cualquier funambulista, resultaban impresionantes. Tanto por cómo se movían como por dónde se movían.

Cuando casi todos los artistas habían salido, el maestro de ceremonias anunció un nuevo, y último, espectáculo.

-Ahora, queridísimo público, por favor, salgan de la carpa si son sensibles. Habrá entretenimiento para ustedes fuera.-dijo el hombre, sonriendo.

El maestro se calló durante un par de minutos, para dejar que la gente saliese de la carpa. “Pausa para dar efecto” pensó Miguel.

Sin embargo, al contrario que en otros circos, unas cuantas personas salieron del habitáculo. Todos ellos murmuraban cosas acerca de demonios, o eso creyó oír Miguel. El hombre se rió un poco y se puso cómodo en su asiento.

-Veo que tenemos a unos cuantos fortachones en el público.-continuó el maestro.-Más que en otras ciudades. Indudablemente, esta ciudad es genial.

El público coreó un “¡woooooo!” y, poco a poco, el volumen fue bajando.

-Ahora, queridos asistentes, todos sus sueños se harán realidad. Tengan cuidado y no piensen en sus pesadillas, o todos sufriremos las consecuencias.

El maestro de ceremonias golpeó su bastón contra el suelo y, con una voluta de humo, se volatilizó.

En el centro del suelo, había una figura vagamente humana, cubierta por una túnica gris. La figura estaba realizando sonidos guturales mientras bailaba. Al principio, lentamente. Luego empezó a acelerar, girando sobre sí misma, levantando polvo. Poco a poco, un pequeño tornado empezó a girar en el centro.

De pronto, dejó de girar. El tornado desapareció y, en su lugar, no había nada. Literalmente. Mirar ahí dolía.

Miguel apartó la mirada y se frotó los ojos. Miró a su alrededor. Todos los miembros del público hicieron lo mismo.

Lentamente, la nada que estaba en el suelo empezó a tomar forma. Primero, le crecieron piernas. Luego, los brazos y, finalmente, la cabeza. Era un hombre de nada. Un hombre de olvido. Un hombre hecho de desesperación.

Sin embargo, mantener un cuerpo entero de nada era difícil, de modo que el hombre llevó la nada a sus ojos y la concentró ahí. Iba impecablemente vestido. Llevaba un traje de color gris oscuro, con una camisa blanca y una corbata negra. Tanto el traje como la corbata iban a juego con la piel del hombre.

Miguel miró al hombre. Él sabía quién era el hombre negro con los ojos vacíos y sabía qué quería. Era Jeeves. Su traje de raya diplomática era inconfundible.

El público miró asustado a Jeeves. La figura que le había traído había huido. Los únicos que quedaban eran los asistentes. Todos estaban congelados, clavados en sus sitios.

Era uno de los poderes que Jeeves había tenido desde que Miguel le creó. Si él te miraba, tú te quedabas donde estabas.

Miguel tragó saliva. Como todos, quería gritar, pero no podía. Sus cuerdas vocales estaban congeladas. El nudo que tenía en la garganta le dolía mucho. Como si se la hubiesen cerrado con un cepo. Casi podía notarla sangrar de lo quieta que estaba. Empezó a llorar. Sus lágrimas bajaron, quemándole las mejillas como si estuviesen hechas de ácido sulfúrico en lugar de agua salada.

Jeeves empezaría por Miguel y luego se encargaría de los demás. O no. Pero Miguel sí que iba a sufrir.

Miguel sabía lo que Jeeves iba a hacer. Primero, se comería todos sus recuerdos bonitos, dejando solo los desagradables. Luego, empezaría a comerse todos los recuerdos que le daban miedo, no por piedad, sino porque a Jeeves le gustaba que Miguel llorase y se enfrentase a sus demonios y, ante todo, sus errores antes de terminarle.

El demonio acarició la mejilla derecha de Miguel con sus dedos largos y afilados y sonrió.

Miguel empezó a notar como, poco a poco, su infancia empezaba a desaparecer. Olvidó sus juguetes. Sus Navidades. Sus cumpleaños. Todo se iba evaporando, como el rocío por la mañana, dejando rastros, marcas secas y tristes donde, una vez, había estado su alegría.

De pronto, el proceso se paró. No se revertió, pero se paró.

Miguel lo agradeció. Tomó aire y oyó al público chillar. Ellos también habían recuperado sus cuerpos. Salieron corriendo, pisándose y empujándose.

Solo quedaban Jeeves y Miguel. Jeeves se puso a cuatro patas y empezó a moverse como lo que era, una pesadilla. Sus brazos y piernas se deformaban, colocándose en ángulos antinaturales. De hecho, alguna vez, los ángulos que las articulaciones formaban no solo eran antinaturales, sino imposibles. A veces, se doblaban de tal manera que estaban perpendiculares a las tres dimensiones espaciales.

Miguel miró a Jeeves.

La pesadilla estaba desconcertada. De pronto, una bola golpeó su cráneo.

Miguel observó la pelota. Era un saquito rojo y negro lleno de arena. Miguel volvió a mirar a Jeeves. Al hacerlo, vio como una mujer caía sobre su pesadilla.

Era la malabarista. Pegó a Jeeves con saña, haciéndole sangrar los recuerdos de Miguel. Miguel se agachó y los recogió. Se los comió rápidamente y salió del circo a la carrera.

No miró hacia atrás hasta que llegó a su casa.

Al día siguiente, volvió a donde estaba la carpa. Solo había un trozo de papel que rezaba “De nada”. Miguel durmió plácida y tranquilamente por mucho tiempo.

Otra vez en cursiva, porque por qué no. En cualquier caso, la historieta esta se me ocurrió cuando me crucé con esta señorita por la calle hace un tiempo y decidí escribirle una historia.

Carlos Ors, 2015

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