Tracer Bullitt, 11 (La Pitillera)

Aquí va la “última” parte de Tracer Bullitt por un tiempo y la primera entrega después de mis exámenes. Si hay alguna queja, por favor, entregádsela a quien le importe.

Intenté entrar al edificio, pero el guarda jurado no parecía querer dejarme entrar. Eran las cuatro y media, después de todo. Me calé la gorra y decidí probar suerte.

– Perdone, perdone – dije, golpeando el cristal de la puerta.

El portero se acercó con mala cara.

– La señorita Cardew me contrató – expliqué cuando estaba lo suficiente cerca como para poder oírme.

El hombre sacudió la cabeza.

– Venga, créame. Es verdad.

– No contrataría a alguien como usted – respondió.

– Llámela, ya verá – seguí hablando.

El hombre se giró y empezó a andar hacia el telefonillo.

– ¿Cómo se llama usted? – preguntó, cogiendo el aparato.

– Investigador privado Bullitt – dije, tragando saliva.

El segurata quería que la señorita Cardew confirmase sus sospechas y así poder echarme de aquí.

Habló durante un rato por el telefonillo. Me miró.

El hombre torció el gesto y me dejó entrar.

– Muchas gracias. Buenas noches – sonreí.

Seguí el olor de la sombra.

Me monté en el ascensor y me calé la gorra. Me enfundé los guantes de goma que siempre llevaba y me preparé.

Llegué al segundo piso. Detrás de una puerta de roble estaba el hombre al que pertenecía la sombra.

La puerta no tenía ninguna pegatina de alarma.

Garabatee una runa en la puerta y entré como un huracán en el apartamento. Vi a la sombra de la sombra dejar algo en un cajón. Al mismo tiempo oí a una persona chillar a lo lejos.

Sonreí.

Lo abrí.

No oí ni sentí ninguna alarma.

La pitillera estaba ahí, escondida entre un camafeo y una pistola trucada como la mía.

El apartamento estaba vacío, muerto y triste. Olía a soledad.

Me guardé la pitillera en el bolsillo, tocándola poco para evitar quemaduras mágicas, y salí del apartamento rápidamente. Subí al ático, donde vivía la señorita Cardew.

Al llegar, me recibieron una puerta abierta y una ventana al fondo del pasillo igualmente abierta.

Bueno, más bien, era como si hubiesen explotado. Parecía que un perro gigantesco, agresivo y deforme había salido del ático de la señorita Cardew y había decidido que la mejor ruta de escape era por caída libre.

Saqué el Auto y entré con cuidado. Pisé como si el propio suelo me quisiese matar si pisaba mal.

Exploré el apartamento, pero no sin antes llamar al segurata de la entrada. Le expliqué lo poco que sabía.

Entré. Olía mal. Muy mal.

No parecía que hubiese habido una persona aquí. En cualquier caso, por aquí habían pasado quince personas.

Esto parecía ser el resultado de un animal, la verdad.

Si no fuese por el desastre, el ático habría sido uno de los lugares mejor decorados en los que jamás había estado. Jarrones antiguos, espejos de plata, mesas de caoba…

Entré al dormitorio al tiempo que el guarda jurado entraba en el apartamento sin aliento.

No me iban a pagar. La señorita Cardew estaba muerta.

Y era la obra de un demonio.

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