Tracer Bullitt, 10 (La Pitillera)

La calle estaba a oscuras pero podía ver el signo del magídromo al final de la manzana. Shazam, se llamaba. No era un nombre muy bueno, pero seguro que hacía que los imbéciles altaneros de la zona levantasen su nariz aún más al reírse.

Busqué el ventanuco que había encantado. Podía sentir el brillo del hechizo que había hecho.
Sonreí. Y crucé la calle. Era raro pisar ese asfalto. No porque fuese de Orígenes, pero porque era distinto. Le faltaba una cualidad “asfaltil”. No había agujeros en el suelo.
Era como pisar una alfombra persa cuando te esperas una moqueta. Ambas sensaciones son similares, pero no del todo iguales. Así era el asfalto.
Entré al sótano. El ventanuco era inmaterial solo para mí, de manera que pude entrar sin problemas. Sin embargo, tuve cuidado de abrirlo al entrar. Así, si alguien venía a por mí, podría salir por patas rápido.
Me senté y toqué el suelo. Estaba caliente. No a nivel de temperatura, sino a nivel de magia. Claramente, alguien había hecho un hechizo potente aquí hacía más bien poco tiempo. Tres o cuatro días. Cinco a lo sumo. Levanté la mano del suelo y recapacité.
Este lugar lo había usado un miembro habitual del magídromo. Y lo había usado sabiendo que, tarde o temprano, se le iba a descubrir.
O eso, o era alguien que había seleccionado esto al azar. Ambas situaciones eran igualmente probables.
De hecho, no. La segunda era menos probable. Lo más seguro era que algún imbécil de la zona quisiese llamar la atención de la señorita Cardew, porque ¿quién no querría llamar la atención de una veinteañera adinerada?
En cualquier caso, no podía hacer nada sin pistas. Verifiqué el bolsillo interno de mi gorra. Tenía mis tizas dentro. Sonreí.
Marqué una runa en mi párpado izquierdo y otra en mi nariz.
Produje una de las neblinas que Papá me había dado. La partí en dos.
Cogí la mitad más grande y la presioné contra la runa de la nariz. La otra, contra la runa del párpado.
Mi nariz y mi ojo izquierdo empezaron a calentarse poquito a poquito. Al principio era agradable. Después, empezaron a hervir y el dolor comenzó a resultar intolerable. Me había dejado mi pitillera grabada en casa.
Era como si me estuviesen metiendo clavos ardiendo. No. De hecho, más que ardiendo. Ni siquiera clavos candentes se asemejaban a esta sensación. Eran clavos al rojo vivo.
Y, cuando estaba considerando empezar a desear mi propia muerte, el dolor remitió.
Miré al centro de la sala. El círculo habría tenido que estar ahí.
Y, en efecto, vi la sombra de la sombra de un hombre moverse con mi ojo izquierdo. Le podía oler. Olía a azufre espiritual. Olía a pantano. Olía a desprecio. Era un olor fácilmente reconocible.
Eché un vistazo a la sombra de la sombra del círculo. Parecía muy complejo. Estudios avanzados en la Universidad, al menos.
Parecía que el círculo tenía un duplicado en otro sitio. Pero localizar eso me iba a resultar imposible ahora. Por qué necesitaba un círculo hermano no lo sabía, pero no me importaba.
Estiré mi cuello.
En el centro del círculo, vi la pitillera. O una pitillera.
Y los tres cables de antes, pero de momento, no eran lo importante.
Observé la sombra de la pitillera. Parecía tener el mismo grabado que la que yo estaba buscando.
Mostré mis dientes a la habitación.
Intenté encontrar el olor de la pitillera, pero no tenía uno particularmente reconocible.
Tuve que conformarme con el olor de la sombra de la sombra, aunque tampoco era un problema.
Seguí el olor.
Otros olores de otras personas del magídromo competían por atención, pero ninguno era como el de la sombra de la sombra. Su olor era especial. Su olor a odio era apestoso y rancio, como basura de dos semanas.
Lo memoricé y salí por el ventanuco. Cerré detrás de mí y corrí a la puerta del magídromo. Reencontré el olor. Me pegó de nuevo como un mazazo.
Lo seguí hasta un garaje. La sombra entró en un coche.
Era un modelo deportivo caro, reminiscente de los que se hacían en aquellos maravillosos setenta: cuadradote y amenazante. Hecho con gente como Clint Eastwood como público objetivo. Podía imaginar este modelo con un espacio especial para un .44 al lado de la palanca de cambios.
De hecho, era una copia de un Mustang del 68. Claramente. Y uno que había sido trucado por dos profesionales, un mecánico y un Graduado, para colmo.
Sin embargo, gracias al trucaje del Graduado, me resultaría fácil seguir al Mustang-sombra.
Perseguí al coche.
El vehículo había dado muchas vueltas para volver a casa. En contra de lo que pensé al principio, el que hubiese hecho estos hechizos sabía que se le podría seguir. Quería despistar a los que le fuesen a seguir. O se había ido de compras.
Sabía que mis colegas de profesión, cada vez más, contrataban a Rechiceros para que nos ayudasen.
Salvo yo.
Finalmente, llegué al Comienzo. Delante de mí estaba el edificio de la señorita Cardew.

Anuncios

Un comentario en “Tracer Bullitt, 10 (La Pitillera)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s