Tracer Bullitt, 06 (La Pitillera)

Como temía, la resaca de la neblina fue terrible. Pero no tanto como había esperado, afortunadamente. Me levanté de la cama y me estiré.

Miré el reloj. Eran los doce cero uno de la noche. Segundo día de investigación. Ya tenía cuatrocientos ukus asegurados. Sumando las bebidas, pasaba a cuatrocientos veinte. Si sumaba la cena que había comprado en el metro, cuatrocientos treinta. Y el puñetazo. Eso era un extra de cincuenta. Cuatrocientos ochenta ukus.

A ver si me disparaban. Un extra de doscientos por peligro no avisado. Eso sería genial.

Me di un duchazo y me vestí. Otro día, otro traje. Aunque, la verdad, era igual de gris que el de ayer. La fedora sí que no me la cambié. Porque no tenía otra, no por otra cosa.

Bajé a la calle y eché un vistazo al cielo. Negro. Era bonito. La niebla nocturna ocultaba las estrellas.

Bull, a estas horas, estaría en Rick’s. Era la clase de lugar que parecía sacado de un film noir. Todos los asientos estaban rajados. El baño parecía ocultar un par de cadáveres. Las ventanas estaban tintadas… con suciedad.

Todo sea dicho, el Rick’s tenía de las mejores hamburguesas de toda la Ciudad. Los sitios conocidos por hamburguesas eran, de hecho, mucho peores que el Rick’s. Los camareros del Rick’s conocían las debilidades del local, de manera que compensaban la cualidad “terrorífica” y “deprimente” del restaurante con grandes sonrisas y generosos aperitivos.

Y con uno de mis antiguos cuadros detrás de la barra.

Anduve hacia el Rick’s, cubriéndome de la brisa con la gabardina.

Un par de cigarrillos más tarde, estaba delante del bareto. Me deshice de la colilla tirándola al suelo. Empujé la puerta y entré. Eché un vistazo al local. Saludé al camarero y busqué a Bull.

Bull estaba sentado en su mesa habitual, al fondo del local. Se estaba rascando el cuello. No parecía feliz.

Le miré.

Bull era la clase de persona que daba miedo por las razones opuestas a Papá Pastillas.

Era un tío grande como dos neveras, inteligente como un autor de ciencia-ficción y, para colmo, sabía pegar y encajar los golpes. Una vez vi a una persona que, para evitar cruzarse con él, no solo cruzó la calle. El hombre en cuestión vio a Bull y un autobús, se giró, corrió hasta la parada y se subió al vehículo.

Al final dio igual, porque Bull también quería pillar el autobús.

Pero daba igual. A pesar de su apariencia, era un buenazo. Lo único que le interesaba era robar en casas caras, pero no por el dinero, sino por el reto que suponía sortear alarmas buenas.

Pero Bull parecía triste aquella noche. La cena tardía que tenía delante no tenía mala pinta, pero, estando cerca de alguien tan deprimido como Bull, parecía salido de las pesadillas de una niña de cinco años.

Me senté delante de Bull.

-¿Qué tal, Bull?-le saludé.

Le miré a los ojos. No parecían del todo suyos. Pero se le veía cansado, después de todo.

-¿Eh? Perdona, Tracer, no me había dado cuenta de que estabas aquí. No te he visto entrar.-dijo, frotándose la sien derecha.

-No pasa nada.-respondí, llamando al camarero con la mano.

El camarero me vio y me trajo lo que quería antes de que lo pudiese pedir siquiera.

Me giré y miré a la puerta. Runas nuevas. Una buena adición.

-Bueno, ¿qué te pasa?-continué, hincando el diente a mi hamburguesa con queso. El bacon estaba crujiente y caliente. Justo como me gustaba a mí.

-Estoy cansado, colega.

-Bueno, no pasa nada. Es tarde.

-No. Bueno, sí. Pero me refiero a que estoy cansado de ser un ladrón. Algún día los agentes me pillarán. O peor, no pensaré en alguna runa al entrar y, ¡poof! Se acabó Bull.

-Es bueno ver que, por fin, estás considerando dejar de robar.-comenté, sabiendo lo que Bull quería hacer.

-¡Nah, es broma!-se rió Bull.-Te he visto entrar y quería tomarte el pelo.

Me reí un poco con el hombre y dejé la hamburguesa en el plato.

-Me alegro de que estés bien.-sonreí y sorbí mi caucásico.

Bull comió su combinado tranquilamente.

-¿Qué tal tu esposa?-pregunté. Mientras que a Jackie-o y a Papá no les importaba que fuese directo al grano, a Bull le molestaba sobremanera.

Bueno, a Jackie-o le molestaba todo lo que yo hacía, de manera que podía hacer casi cualquier cosa y obtendría el mismo resultado.

-Bien, bien. Andamos bien de dinero, así que está contenta. Y la niña es feliz. Está inventándose runas. Le divierte.

-Eso es genial.-dije.-¿Y funcionan?

-Sí. Estamos pensando en mandarla a la universidad cuando crezca y todo.

-¿A cuál?

-A la Universidad.-respondió Bull, marcando la “u” mayúscula.

-Es duro estar en la Universidad, ¿lo sabéis, no?

-Da igual.-sonrió Bull.-Aún le queda tiempo para decidir su futuro.

-Y es caro.

-Eso no es problema.

-¿Por? ¿Buenos trabajos?

-Sí. Estoy escogiendo muy bien últimamente. Pagos generosos por golpes sencillos.

-Quería preguntarte acerca de uno de ellos, de hecho. Aparte de saludar.-sonreí.

-Siempre buscando información, ¿eh?-rió Bull.-Dispara, anda.

-Sé que estás involucrado en un robo. Y sabes que no te voy a denunciar, así que tranquilo.

-Ya lo sé, te conozco. No des más rodeos, por favor, que me mareo.

Solté una carcajada.

-Vale. Verás, ayer vino una mujer a mi oficina…

-¿A tu casa?

-También, también.-dije.-En cualquier caso, vino a por mí y me pidió ayuda para encontrar una pitillera y tengo una corazonada…

Los ojos de Bull se volvieron de un solo color. De un solo color luminiscente.

Era lo que yo, en general, llamaba una mala situación.

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