Tracer Bullitt, 03 (La Pitillera)

El Burladero era, a efectos prácticos, idéntico al O’Finnigans. La única diferencia era que el Burladero era un bar, nominalmente, español. Descontando una tortilla de patatas sorprendentemente buena, lo único español del sitio era su nombre. Ni siquiera servían cerveza española. Solo mexicana: Corona, Sol, Dos Equis…

Jackie-o… En su momento nos habíamos llevado genial. Cuando éramos jóvenes y empezamos los estudios. Ninguno de los dos terminó, pero yo llegué más lejos que ella. Ella tenía talento, pero se le daba mejor manejar a la gente.

A mí me había tenido bailando a su alrededor… como a todos los chavales de la universidad, la verdad. Era una chica alta, esbelta (bueno, lo había sido), inteligente, independiente… Era una mujer por la que cualquiera de nosotros habría matado.

De hecho, creo que uno lo había llegado a hacer. Pero no estoy seguro. Pasó el año que me echaron de la universidad, de manera que recuerdo más bien poco.

Entré. Jackie-o no había llegado todavía. Eso era malo. Si me veía al entrar, quizás no podría hablar con ella. Saldría antes de que pudiese acercarme a ella.

Así pues, pedí un caucásico y me escondí en el cuarto de baño. No fue la mejor decisión que he tomado pero, al menos, no era la peor. Ese título está reservado para la primera que me hizo terminar en un asilo mental. Sigo sin saber qué hice, pero fue una costumbre durante un tiempo. Por eso tengo toda mi información tatuada.

Esperé.

Esperé.

Esperé.

Al cabo de media hora, salí del cuarto de baño. Jackie-o estaba sentada en la barra. Parecía tan alegre como de costumbre.

Me tendría que sentar a su izquierda. Así, si me intentaba apuñalar, tendría algo de tiempo para reaccionar. No demasiado, pero sí suficiente como para que no fuese letal.

Crucé el bar y me senté en un taburete.

Caí al suelo. Mi nariz no estaba del todo bien.

-Ugh…-observé agudamente.

-¿Qué quieres?-escupió Jackie-o.

-Tu ayuda.-repliqué, sonando algo nasal.

La sangre de la nariz me entró en la boca. Me incorporé.

-¿Y no puedes usar a tu amigo Papá Pastillas?

-No. Ya lo he hecho. Me ha mandado aquí

La mujer resopló y se levantó.

-Adiós, Tracer.-dijo, dejando un billete arrugado y sucio en la barra.

-Mira, sabes que si estoy hablando contigo, es porque no me queda otra. Ayúdame.

-No.

La mujer salió a la calle y se fue.

Me rasqué la nuca.

Estaba más o menos igual que antes.

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