El autor

Iron Maiden sonaba en los oídos de Antonio. Estaba hojeando y ojeando una novela de su autor favorito. La última que había publicado, de hecho. Aún no se había puesto con ella. Siempre venían otros libros o estudios que tenía que leer para clase o el trabajo.

Recordó cómo, hace años, había visto una de las novelas de ese mismo autor en un Corte Inglés mientras escuchaba a Iron Maiden. Era la música de ese autor. Claramente.

Con el tiempo, los gustos musicales de Antonio habían ido cambiando. No sus gustos literarios. Sus gustos literarios se habían expandido, que era muy diferente. Pero siempre, en el centro, habían estado los mismos autores.

Si los gustos musicales de Antonio eran un puntero láser o un foco que iba moviéndose de un estilo a otro, sus gustos literarios se asemejaban más a una flor que, poco a poco, se iba expandiendo. Había pasado de la fantasía a la ciencia ficción. De ahí, había pasado a estilos más… curiosos. Sin embargo, siempre sabía que podría volver al centro y empezar a buscar otros géneros otra vez.

De pronto, su teléfono empezó a sonar.

Era un amigo. Pensó no coger la llamada y, por fin, separar las cubiertas verdes para empezar a leer la historia de una vez por todas.

Resopló e hizo lo correcto.

Su amigo sonaba un poco mal, pero siempre era así.

Y llegaron las noticias.

Antonio dejó el libro y pensó.

Tenía el último libro en sus manos.

El último.

No sabía qué hacer.

Se sentó y se rascó detrás de la oreja.

El tiempo pasó.

Cenó.

Se fue a la cama.

Y, al dormirse, ahí estaba el autor. Sonriendo. Su barba, blanca, como había sido desde siempre. Al menos para Antonio. Con su fedora bien calada y una camisa y pantalones de manga corta, señaló a la novela, que estaba en la mesilla de noche de Antonio.

Antonio se despertó y saltó de la cama para abrir el libro. La firma. Tenía que estar firmado ahora.

Lo abrió.

No había nada.

Resopló y soltó un poco el libro.

Vio que, sin embargo, si la luz le daba de una manera especial, con un ángulo, podía ver algo. Y eso era suficiente.

Este relato está dedicado a Terry Pratchett.

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