Tracer Bullitt, 02 (La pitillera)

La lista que Cardew me había dado era precisa y corta.

La señorita vivía en la zona centro. Los maleantes que robaban por ahí eran un bodrio. Eran bastante pretenciosos e imbéciles. Se comportaban como si robar a gente rica les hiciese mejores que yo.

Bueno. Lo hacían hasta que les apuntaba con el Auto. Cuando hacía eso, pasaba una de dos cosas: o cooperaban y conseguía lo que quería o bien me despertaba en un asilo mental, con amnesia total y registrado bajo un nombre falso. ¡Ah, dulce juventud!

En cualquier caso, conocía bien a estos ladronzuelos. Daban golpes rápidos y fuertes. Sabían lo que querían, lo conseguían y lo revendían al mejor postor. O se lo llevaban al que les había ofrecido el contrato.

El caso de la pitillera parecía del segundo tipo. Seguramente había sido un familiar de Cardew el que había contactado con estos degenerados. Si no, un “amigo” de esos del barrio. A saber. Nunca se podía estar seguro con las clases altas. Se sonreían, se abrazaban y, al separarse, ambas partes tenían un cuchillo clavado entre los omoplatos. O eso o se habían denunciado por acoso.

Tampoco me importaba demasiado, la verdad. Que hiciesen lo que quisiesen. Mientras me pagasen, me valían sus tonterías.

Me ajusté la gabardina y la fedora. Me aseguré de que el Auto estaba bien guardado bajo mi sobaco derecho y que lo podría sacar si lo necesitaba. Esperaba que no, pero uno nunca podía estar seguro. Por eso el Auto estaba cargado.

Entré al bar donde quería cruzarme con Papá.

Giré la cabeza y noté mi cuello crujir.

Papá era un tío pequeñajo, pero no tanto como yo. Siempre tenía una barba roñosa de dos días. Por mucho o poco tiempo que hubiese pasado sin afeitarse. Tenía la clase de sonrisa que nadie quería ver cerca de su Colt M1911 trucado. Aunque, si alguna vez se veía esa combinación, probablemente, no se vería mucho más.

Papá era una persona que daría miedo al cabrón más grande y fuerte de los SEAL. Las personas pequeñas que van por la vida sin pretensiones ni quieren intimidar… Papá era de ellos. Era la clase de persona que, de pronto, un día, algo en su cabeza haría “click” y, de pronto, alguien descubriría que su cabeza tiene cinco o seis agujeros extra.

A estas horas, el O’Finnigans estaba lleno de borrachos profesionales o de vendedores. Y no de seguros, precisamente. Y ahí, en la barra, estaba Papá. Él era la maravillosa combinación de borracho profesional y vendedor. Su nombre daba a entender en qué se había especializado años atrás: Papá Pastillas. Podía conseguirte cualquier clase de sustancia psicoactiva a un precio relativamente bajo.

La verdad, podría hacer esto más sencillo y comprarle una Neblina para encontrar la pitillera. Pero nunca era tan fácil.

Y si la señorita Cardew me había contratado a mí en concreto, era porque la pitillera no aparecería a la ligera.

Me senté al lado de Papá.

-¿Qué tal estás?

-Tracer Bullitt, has venido a pagarme, obviamente.-sonrió, no dándome la cara, pero no mostrándome la totalidad de su espalda.

-No. He venido a invitarte a una cerveza.-declaré, sacando la cartera.-Una cerveza de verdad. No la mierda que siempre te compras.

-Si no me pagas, no hablo contigo.-contestó, girándose y dándome la espalda completamente. No lo decía completamente en serio.

-Mira, te puedo pagar unos setenta ukus ahora mismo.-dije, mirando mi cartera. No era mentira, pero podía pagarle más.

-La mitad de la deuda… Vale. Te dejaré que me invites a una cerveza y solo me pagas sesenta, ¿hecho?

-No, no, no.-respondí, riéndome.-Quería decir setenta ukus y una cerveza.

Nunca estaba de más quedar bien.

-Mejor todavía.-sonrió Papá.

Pedí una cerveza para él y un caucásico para mí. Yo siempre bebía con estilo.

-Papá, ¿qué sabes de pitilleras?

-Que nadie las usa ya. ¿Tú conoces a alguien que fume? Aparte de ti, quiero decir.-respondió Papá, empezando y terminando la cerveza de un trago.

Tenía razón, pero estaba esquivando la pregunta. Él lo sabía. Yo lo sabía. Ambos sabíamos que el otro lo sabía. Bebí un poco.

-No me tomes el pelo.-dije.-Hace unos días se robó una pitillera en el centro. Barrio del Comienzo. Si alguien sabe algo de eso, eres tú. Tú te enteras de lo que pasa por ese barrio. Bueno, por ese y por toda la zona centro. Pero el resto de golpes me la traen al pairo. ¿Quién fue a por la pitillera?

-No lo sé, Tracer. Si pudiese ayudarte, lo haría.-dijo, mirando al camarero.

El camarero del O’Finnigans oía muchas conversaciones. Un par de billetes bien colocados y todo quisqui sabía todo.

Cogió una servilleta y garabateó encima un par de runas.

-Gracias, Papá.-resoplé, levantándome y preparándome para irme.

El hombre se giró.

-Se te ha caído algo.-dijo, mirando a su alrededor con cuidado.

Era la servilleta. La cogí y me la guardé.

Salí a la calle y me senté en la parada del autobús. Poco a poco, la servilleta empezó a llenarse de letras.

Ponía “Burladero, Jackie-o”.

No quería hablar con Jackie-o. Ella conmigo mucho menos. Y a ella no me la podía camelar como a Papá Pastillas.

El bus llegó. No me dejaría cerca del Burladero, pero me dejaría lo suficientemente cerca como para que resultase rentable montarme.

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