Tracer Bullitt, 01 (La pitillera)

La habitación estaba rayada por las sombras de la persiana.

Tenía los zapatos sobre la mesa, al lado del Autorevólver. El arma estaba sucia.

Tendría que limpiarla. Hacía tiempo que no le pasaba un paño por encima. Tampoco es que a nadie le importase demasiado su estado.

Bajé las botas de la mesa para coger un paño y, por fin, limpiar mi Auto. Era hora de que recuperase su tono negro refulgente.

Sin embargo, antes de que pudiese coger un trozo de tela, la puerta se abrió.

Tendría que haberla visto. Al menos su silueta. El ventanuco de cristal estaba en la puerta precisamente para que nadie me sorprendiese. Y para poder disparar antes de que los acreedores atravesasen el umbral. Más que nada la segunda.

La mujer parecía de armas tomar. Era esbelta y más baja que yo, cosa complicada de por sí. Venía de mala leche. O eso parecía.

Iba vestida de gris. Todos íbamos siempre de gris.

Tenía el pelo largo y de color claro.

Se balanceaba al andar como una cobra. Resultaba casi hipnótico.

Me pasé la mano por la nuca, sonreí y me levanté. Le mostré mi mano a la mujer, esperando que la estrechase.

-Lo siento,-escupió.-No doy la mano.

Ugh. Si ella iba a ser un peñazo, yo no iba a ser menos. Me saqué un cigarrillo de detrás de la oreja y mi mechero del bolsillo de mis pantalones. Me senté a la vez que encendía el pitillo.

-¿En qué puedo ayudarla, señora…?-dije, dejando que el humo escapase de mi boca.

-Señorita Cardew.-siseó la mujer, marcando el “señorita” y molesta por mi comentario.

El cigarrillo era, para ella, el colmo de la mala educación.

Me encantó su cara al oler el humo de mi tabaco.

-Perdone.-murmuré.-¿Cómo puedo ayudarle, señorita Cardew?

-Verá, hace unos días entraron en mi casa y me robaron una pitillera que me interesa recuperar. Parece ser que la policía no está muy interesada en ayudarme.

Resoplé y abrí uno de mis cajones. Tenía una pitillera en ese. Estaba hecha de cuero y ya no la usaba. Ahora tenía una de titanio tratado. Brillaba como el arcoíris. O eso me decían. Y el grabado era de primera calidad.

-Si quiere una pitillera, puede quedarse con esta.-dije, lanzando mi vieja pitillera.

La mujer, que se había sentado sobre mi mesa, atrapó al vuelo mi vieja pitillera y me la devolvió.

-No, verá. Mi pitillera es especial.-sonrió.-Tiene un alto valor sentimental. Por eso quiero que la recupere.

-De acuerdo. Serán ciento cincuenta ukus al día. Y las comidas van incluidas.-dije.

-Hecho.-respondió la mujer.

Escondí mi asombro. Le había pedido lo que siempre pedía al principio. Nadie aceptaba nunca. Siempre, tras regatear un buen rato, conseguían que lo bajase a setenta y cinco con comidas. Como mucho.

Sonreí para mis adentros.

-Perfecto, entonces. Tendrá que describirme la pitillera y cuándo desapareció. Y dónde vive usted. No necesito una dirección precisa, me basta con la zona.

La señorita produjo un trozo de papel con toda la información que me hacía falta. Le eché un vistazo rápido y lo guardé en la americana.

-De acuerdo, no sé cuánto me llevará exactamente, pero no debiera llevarme más de una semana.-sonreí.

-Más le vale.-escupió, haciendo amago de irse.

-Perdone,-dije.-Tendríamos que firmar un contrato. Y quiero saber si es posible que me vayan a disparar.

-¿Dispararle?-rió la mujer.-¡Por el amor del cielo! Esto no es una película mala.

-Señorita, me han disparado por intentar recuperar un alfiler ornamental. No me sorprendería que lo fuesen a hacer por una pitillera.-expliqué, produciendo papeles.

-No creo que le vayan a disparar.-replicó la mujer, mostrando una mueca.

-¿Apuñalar? ¿Torturar? ¿Pegar?-proseguí.-Si me agreden de alguna manera que usted no especifique, habría un extra de doscientos ukus.-expliqué.

-Quizás le peguen.-concedió, torciendo el labio.

No lo creía, pero parecía querer asegurarse de que no le cobrase extra como el que pedía. Asumía que no era negociable.

-Perfecto.-dije.-Entonces el extra será menor. Cincuenta ukus.-le mostré mis dientes.

El precio, completamente arbitrario, coló.

La señorita Cardew firmó rápido y salió todavía más. No parecía querer estar mucho más en mi despacho.

No la culpaba.

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