La pluma

Álvaro observó la pluma. Estaba llenándola de tinta. El depósito era transparente y, poco a poco, se estaba tiñendo de azul.

Resultaba relajante.

La pluma, que era nueva, resultaba hipnótica. El capuchón era azul oscuro con remolinos negros, parecido a los discos hipnóticos baratos que se pueden comprar en un mercadillo.

Una vez llena de tinta, Álvaro probó su nueva pluma. Rascaba el papel. Eso relajaba al hombre. Poco a poco, llenó las hojas de azul. Dejaron de ser blancas. Pasaron a ser azuladas. Luego, completamente azules.

Álvaro sonrió.

Una hoja tenía a una mujer hermosa. Solo Álvaro sabía quién era. Bueno, él y la mujer en cuestión.

La mujer no tenía nombre aún, pero lo tendría pronto. Lo único que tenía que hacer era apuntarlo debajo de la mujer.

Le dio vueltas. No la podía nombrar de cualquier manera. Si pudiese, no le habrían dejado la pluma.

Era parte del trato. Todos los nombres tenían que ser perfectos. Si no, no funcionaría.

Álvaro pensó. Se rascó la nuca. Se rascó la barbilla. Se rascó el trasero. Eso último no le ayudaba a pensar, pero estaba algo incómodo y ayudaba al chico.

Apoyó la pluma al lado del papel y fue a beber.

Al volver, ¡horror! ¡La pluma había manchado a la mujer hermosa!

-¡No, no, no, no!-susurró el artista.

Intentó secar a la mujer. No hubo suerte. El papel estaba manchado. Ya no valía.

Iba a arrugarlo cuando decidió que, no. No lo iba a hacer. Dejó a la mujer hermosa en un cajón y suspiró. Copió a la mujer y decidió que la copia se llamaría Aurora. Ese era el nombre de la copia.

Aurora era, aparentemente, igual que su original. Pero no era la original. Álvaro lo sabía. La original lo sabía. Aurora lo sabía. Nadie más lo sabía.

Al cabo de un par de horas, llamaron a la puerta de Álvaro. El chico corrió y abrió.

El hombre que le había dado la pluma estaba ahí. Llevaba un Stetson francamente horrendo. Llevaba una gabardina raída. El hombre parecía una caricatura.

Álvaro volvió a su despacho y le entregó los dibujos. Todos estaban nombrados.

-Perfecto.-murmuró el hombre.-La pluma, por favor.

Álvaro titubeó, pero se la entregó.

-¿Te has cobrado ya?-preguntó el hombre.

Álvaro se encogió de hombros.

-No has nombrado a tu premio, por lo que veo.-prosiguió el hombre, mirando el depósito de la pluma al trasluz. Quedaban un par de gotas.

El hombre dio un par de tobas a la pluma. Hubo un brillo que nadie salvo el hombre y los dibujos podrían haber visto. Álvaro sabía que la pluma había refulgido, pero no lo había visto.

-Quédatela. Como souvenir.

El hombre se marchó.

Álvaro se fue a su habitación, no sin antes sacar al original del cajón.

Se durmió rápidamente.

A la mañana siguiente se preparó su desayuno y lo comió lo más rápido que pudo. Quería dibujar un par de viñetas antes de ir a la oficina. Rellenó la pluma de nuevo y se sentó a la mesa de dibujo.

La mujer no estaba. Sobre la hoja solo había un manchurrón de tinta azul.

Álvaro resopló y salió a la calle. Trabajó todo el día.

Al volver a casa vio que el apartamento contiguo al suyo acababa de ser alquilado.

Saludó a su nueva vecina.

Se sonrieron. Ambos sabían quién era el otro. No hacía falta nada más.

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