Rugiditos

Este cuento va dedicado a la mejor Laly que hay. Y a Rugiditos, por supuesto.

Rugiditos era un coche antiguo. No demasiado, la verdad, pero si lo suficiente como para llamar la atención.

Cada vez que Cecilia salía en él, a la calle o a donde fuese, la gente se fijaba. Cecilia se dio cuenta de eso al principio, en cuanto le dieron a Rugiditos. Todo el mundo lo miraba atentamente y, en consecuencia, a ella.

A Cecilia no le gustaba llamar la atención. De hecho, le gustaba que nadie se fijase en ella porque, de pequeña, había sido un poco diferente. Por eso mismo se habían burlado mucho de ella. Así pues, siempre intentaba ser todo lo discreta que podía.

Poco a poco, dejó de usar su coche nuevo-viejo. Le justificó esto a sus padres diciendo que, de hecho, podía ir a todos sitios andando. Era verdad, pero a sus padres no les terminó de convencer.

Rugiditos, que aún no tenía nombre, empezó a coger polvo en el garaje. Estaba ahí, quietecito, pensando en sus cosas.

Gradualmente, la pintura de color verde chillón metalizado que cubría el coche, empezó a perder la parte de “metalizado”. Cuando ya era verde chillón mate, empezó a perder el chillón. Después de eso, simplemente, se quedó sin color.

Así pues, tres meses después de usarlo por última vez, Cecilia entró al garaje a por uno de los refrescos que sus padres guardaban en el arcón.

Ahí, en el centro de la habitación, estaba su coche. Tenía un tono gris que no decía nada más que “aburrido”.

La conciencia de Cecilia empezó a reconcomerle el cráneo.

-Vale.-murmuró, torciendo el labio.-Lo limpiaré.

La chica, que acababa de cumplir 19, fue a la cocina y cogió un paño de microfibra. Puso el trozo de tela rosa debajo del agua.

Volvió al garaje y pasó el paño por encima de la carrocería. El polvo no se iba.

Daba igual cuanto frotase. El polvo seguía ahí, inmutable.

Pasó el dedo por encima de la carrocería.

El polvo no parecía polvo. Era liso y estaba frío al tacto, como si fuese metal.

A Cecilia le costó hacerse a la idea: era metal.

Rugiditos no estaba cubierto de polvo. Había cambiado de color para ser más discreto. Era la única explicación posible.

Una vez la chica lo asumió, dejó el paño sobre el retrovisor del coche y abrió el arcón. No había refrescos.

Cecilia resopló.

Consideró sus opciones: ir al supermercado que tenía los refrescos de importación que le gustaban o ir al chino a patita y conformarse con nada parecido a lo que le apetecía.

Miró al coche.

Cogió la microfibra y la dejó en la cocina. Luego, subió a su habitación y cogió las llaves, que sí que habían cogido polvo.

Bajó las escaleras en un par de saltos y se plantó delante del coche.

Arrancó el vehículo, que rugió contento. Al menos en la opinión de Cecilia. Fue entonces cuando la chica bautizó al coche.

Salió a la calle, con Rugiditos ronroneando feliz.

Al principio, la chica tenía miedo de que alguien se estuviese fijando en ella, pero nadie lo hacía. Sonrió y se relajó. Rugiditos parecía más cómodo que al principio. En realidad, no lo parecía. Lo era.

Así pues, Cecilia empezó a usar a Rugiditos a diario. Consumía menos gasolina de la que debiera. Especialmente para ser un cuatro por cuatro. Era genial.

Cuanto más salía, más usaba el coche.

Cuanto más usaba a Rugiditos, más colorido se volvía.

Cuanto más color cogía Rugiditos, más feliz se sentía Cecilia.

Cuanto más feliz se sentía, más abierta era la chica.

Así, con el tiempo, Rugiditos volvió a su color original.

Cecilia usó el coche todo lo que pudo hasta que, un triste diciembre tuvo que deshacerse de Rugiditos.

Había tenido un accidente y el coche ya no estaba en condiciones de moverse.

Sus padres le dijeron que no pasaba nada. Después de todo, ella estaba bien: no se había roto nada, no  se había hecho un moratón. Ni siquiera se había hecho daño.

Sin embargo, para Cecilia, el accidente había sido horrible. No por el estrés de pasar por un accidente, aunque también. No. Lo peor era que Rugiditos había fallecido.

Cecilia guardó cama en el hospital durante un tiempo a petición de su traumatólogo.

De hecho, la petición la había hecho la madre de Cecilia al traumatólogo.

El traumatólogo, en realidad, quería tener a Cecilia bajo observación en su consulta porque, un accidente como el que había tenido Cecilia tendría que haberla matado al instante. Al menos.

Tras una discusión entre la madre de Cecilia, su traumatólogo y el director del hospital (que no quería estar en el despacho del traumatólogo), se decidió que descansaría en el hospital y los médicos podrían observar a la joven tranquilamente siempre y cuando no la molestasen demasiado.

Cuando salió del hospital, Cecilia fue con sus padres a casa. Delante de la puerta, mal aparcado, había un coche como Rugiditos pero en verde chillón mate.

-Joe.-dijo el padre de Cecilia.-Ya ha aparcado algún vecino como un imbécil.

Pasaron a la casa y el padre de Cecilia empezó a llamar a los vecinos como un maníaco.

Cecilia, que conservaba la llave de repuesto de Rugiditos, subió a su habitación y la cogió. Trasteó con la llave un par de minutos y la dejó sobre su mesa.

La chica se tumbó en la cama. Al cabo de un rato, se levantó y miró por la ventana. El coche seguía ahí.

Pensó “¿Por qué no?”

Cogió la llave y bajó.

Metió la llave en la puerta del coche. La puerta se abrió.

Cecilia sonrió. Puso la llave en la ignición.

El coche rugió feliz, haciendo que todo el vecindario se enterase de que estaba ahí.

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Un comentario en “Rugiditos

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