La llave

A medida que he escrito este relato, me he dado cuenta de que tomaba mucho de Seconds, de Brian Lee O’Malley. No era a propósito, pero bueno.

La llave estaba encima del aparador. No hacía gran cosa ahí. Solo estaba. Relucía bajo el sol de la mañana que, como Carolina, se había levantado perezoso, cansado y aburrido. También como Carolina, estaba arropado por una capa gris, de manera que no se veía a ninguno de los dos.

Carolina gimió, se revolvió un poco y, finalmente, salió de debajo de las sábanas. Hacía frío. Mucho frío, de hecho.

Hace una semana, habría considerado usar la llave para evitar un día nublado. Pero ya no. La llave no era la solución. De hecho, si ayer mismo no hubiese prestado atención, la habría usado. Sin dudarlo. Solo para conseguir el día perfecto.

Recordó el primer día que la vio.

Había estado paseando por la calle, colgada del brazo de su novio. El sol brillaba en un cielo sin nubes. No hacía calor, pero tampoco frío. Era un día ideal. Carolina llevaba una camiseta y unos vaqueros, como su novio. Obviamente, a Carolina todo le sentaba mejor.

Y ahí, en un parterre, estaba la llave. Refulgente. Le llamó la atención pero pasó de largo. Después de todo, si se paraban, no llegarían a la película que iban a ver.

Al caer la noche, recordó la llavecita. Durmió más o menos bien, pero soñó con la llave. A la mañana siguiente, temprano, salió a la calle y la cogió.

Carolina no sabía para qué servía la llave. Solo sabía que la necesitaba tener cerca y que, en el futuro, la usaría para algo. La guardó en su cartera y se olvidó de ella.

El tiempo pasó y, poco a poco, la relación de Carolina con su novio degeneró. No pasó nada en especial. Se distanciaron, sin más.

Sin embargo, Carolina sabía que todavía podía salvar la relación. A pesar de ello, su ex-novio se negó a intentar retomarla.

Carolina le estuvo dando la brasa durante una semana, pero él no quería. Desapareció del mapa. No cogía sus llamadas, la bloqueó en todas las redes sociales…

Carolina estaba desesperada.

Y, entonces, recordó la llave.

Ya sabía para que servía.

La sacó de la cartera. La cogió. Estaba fría. Más de lo que debiera, de hecho. Pero daba igual.

Buscó una puerta. Las de su casa no servían. De hecho, ninguna puerta de verdad servía.

Pero había una que sí. Era, de hecho, más real que las puertas de la casa de Carolina.

Carolina no sabía dónde se encontraba la puerta exactamente, pero la encontraría. Estaba cerca de ella.

Resultó que estaba en el móvil de la chica.

Cogió el aparato y, ahí, en el centro de la pantalla, había una cerradura.

Antes no había estado ahí. Pero ahora sí.

Y no iba a quedarse ahí mucho tiempo.

La chica hizo lo que debía.

La puerta se abrió. Entró. El paseo fue corto pero eterno. Atravesó el grosor de una sombra y miles de mundos a la vez. Sintió los pelos de su nuca erizarse al pasar entre mundos.

Salió del pasillo. Sabía dónde estaba.

Aquí, su novio y ella seguían juntos.

Así pasó el tiempo, feliz con su pareja.

Un día la despidieron del trabajo.

Usó la llave. Estaba menos fría.

Al cabo de un par de meses, cualquier error – una comida con demasiada sal, una llamada perdida… lo que fuese – llevaba a la chica a usar la llave. Las puertas cambiaban de sitio, pero siempre estaban ahí.

El día anterior, usó la llave para corregir una tontería. No recordaba el qué, pero daba igual. Vio a alguien al cruzar el pasillo.

No, no era un alguien. Algo. Era un algo.

Era la mujer perfecta. Una sonrisa ideal. Ojos almendrados de mil colores. Piel aterciopelada y del color que hiciese falta… no fallaba. Y la quería a ella, a Carolina.

Y, por la manera de mirar a la chica, no la quería para amarla, como cuentan en algunas historias quieren hacer los seres interdimensionales. Quería comérsela. No a ella. No su alma. Otra cosa. Carolina lo supo al verla.

Recién levantada, la chica pensó largo y tendido en la llave. No era mala. No era buena. Era mágica.

El sol seguía escondido detrás de las nubes.

Pensó en la mujer. Había estado ahí desde el principio. Desde que Carolina vio la llave por primera vez. Observando a su presa cómo llegaba a la vida perfecta. Entonces, y solo entonces, atacaría.

Carolina tenía miedo. Sabía que volvería a usar la llave. Sabía que estaba a un paseo de distancia de la vida que la mujer quería para sí.

La podía oír a través de las sombras; riéndose ante el prospecto de vivir una vez más. Cuando la vida de la mujer-Carolina se agotase, volvería a esconderse y dejar la llave para que otra persona la encontrase.

Carolina lo sabía. Lo que desconocía es lo que le pasaría a ella, a Carolina. Seguramente, no existiría de verdad. Estaría fuera del Universo; atrapada en otro sitio, como un pez en una pecera. No quería eso.

Carolina lloró y no salió de casa durante un par de días.

Una vez seca, supo a dónde quería y tenía que ir.

Tomó aire y cogió la llave. Estaba hirviendo. Se había ido calentando a medida que la usaba.

Buscó la puerta. Había dos, lo sabía. Una en la ventana. Esa era la que debía evitar a todo coste.

La otra… estaba cerca de ella. Buscó por toda la casa. No se acercaba a la puerta de ninguna manera, pero tampoco se alejaba de ella.

Se rió y se dio una toba en la cabeza.

Se clavó la llave en el corazón y abrió.

La mujer estaba ahí.

Carolina le tiró la llave a la cara y echó correr, viendo todas las puertas que había abierto. Eran muchas.

Al fondo del todo, estaba la primera de todas: su móvil original (había cambiado seis veces gracias a la llave).

La mujer le pisaba los talones.

Carolina notaba el hambre de la mujer. Su tristeza eterna. Su desesperación. Sus delirios. Sus sueños. Sus deseos. Su destino. La destrucción que una vez causó. La muerte que esperaba a las dos.

La de Carolina estaba lejos, en la última puerta. Esa estaba completamente cerrada. La de la mujer estaba en la primera puerta de Carolina.

Cuando la mujer estaba demasiado cerca de Carolina, la chica saltó, embistiendo la puerta al tiempo que la abría.

No había llave. Ni mujer. Ni novio para Carolina. Lo único que estaba con ella eran las consecuencias de todos sus errores. Al menos tenía un nuevo trabajo. No era tan malo como creía.

Carolina sonrió y lloró. Estaba a salvo, pero no tenía a nadie con ella. Se sentó delante de su mesa y empezó a escribir.

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