Perro

Esta historia se me ocurrió al escuchar esta canción mientras intentaba dormirme. No afecta en ninguna manera al relato, pero quería compartirla.

Miguel tenía siete años cuando conoció a su perro. Estaba en la puerta del colegio, con su comida en la mano y, de pronto, se cayó. Su bocadillo no tenía muy buena pinta, pero era su comida a fin de cuentas.

Se agachó a recogerlo pero, antes de poder hacerlo, un borrón de pelo lo hizo desaparecer. Miguel giró la cabeza y vio al animal que había cogido su comida. Era un perro. No tenía una pinta muy agradable. Sin embargo, lo peor no fue quedarse sin comida. No, lo peor fue como sus compañeros se burlaron de él.

Al terminar el día, se fue a casa, con un poco de hambre. Llegando a casa, miró hacia atrás.

El perro estaba ahí. Tenía peor pinta que antes. El pelo se le estaba cayendo, se le veían las costillas y jadeaba como si estuviese en las últimas. No estaba así por la mañana. Tenía mal aspecto, pero no parecía que le hubiesen sacado de un panfleto de enfermedades.

Miguel resopló y entró a su casa.

A la mañana siguiente, el perro seguía delante de la casa de Miguel. Había pasado la noche hecho un ovillo y, al ver a Miguel, levantó la cabeza y las orejas. El niño le miró y abrió su mochila.

-Te daré la mitad del bocadillo, ¿vale?-dijo el crío.

El perro giró la cabeza, aparentemente entendiendo a Miguel. Se levantó como bien pudo y cogió la comida que Miguel le estaba ofreciendo. Aprovechó y lamió la mano de su amigo. Miguel se rió y se fue a clase.

Así fue durante muchos días hasta que, finalmente, convenció a sus padres para que acogiesen al perro. No le puso un nombre imaginativo. Su perro era Perro.

Los años pasaron y Miguel y Perro eran grandes amigos. Miguel cortó con novias y algunas cortaron con él, pero Perro nunca se fue. Miguel abandonó algunos amigos y al revés. Sin embargo, Perro siempre estuvo ahí, sentado a su lado, ocasionalmente pidiendo trozos de sándwich.

Miguel tenía veinte años ya. Perro… Perro era mayor. Aun así, Perro seguía igual de energético que siempre, como si el tiempo no le pasase factura.

Todos los días, Miguel y Perro jugaban a la pelota, corrían juntos… Siempre estaban juntos. Si no podían, Perro le esperaba en la puerta del sitio.

Su relación era como sacada de un cuento de hadas.

El tiempo siguió pasando. Perro seguía sin envejecer, contento de estar con su amo. Miguel había dejado de preocuparse porque Perro no lo hiciese.

Cuando cumplió los treinta años, a Miguel le pilló una camioneta. Perro la esquivó por poco. Miguel perdió la movilidad en la pierna.

Miguel tuvo, obviamente, que ir al hospital. Las heridas internas no se curan andando. Sin embargo, Perro no podía entrar con su amo y Miguel no quería estar sin su mejor amigo. Le costó mucho, pero consiguió que le dejasen quedarse en casa. El hospital le ayudó a moverse del box de urgencias y le llevó a su piso, donde le dejaron con una enfermera. Parecía contenta de poder estar lejos del hospital y con Miguel.

Era alta y tenía ojeras, como si no hubiese dormido en mil años. Cuando Miguel lo dijo de broma, ella se rió un poco y le dijo que, más bien, un eón. Los dos se rieron. Antes de que se pudiese dar cuenta, Miguel se había quedado dormido.

Miguel soñó. Soñó con la enfermera. Se le caía la piel para desvelar otra cara. Era hermosa. Miguel conocía a la chica oculta debajo de la enfermera. Su piel era blanca como una hoja de papel.

En el sueño, la chica (cuyo nombre Miguel sabía que sabía. Sin embargo, se le escapaba) se acercó a Miguel. Antes de que pudiese tocarle, Perro saltó sobre el pecho de Miguel y se hizo un ovillo. Miró a la mujer y abrió los ojos. No como los hubiera abierto en cualquier otra ocasión. Los abrió.

La mujer acarició a Perro y se fue. En el sueño, la enfermera había desaparecido cuando la mujer salió de su interior. Cuando la mujer se fue, Perro empezó a dormir y la enfermera empezó a volver. No volvió del cuarto de baño. Empezó a reaparecer en el sofá donde había estado antes.

A la mañana siguiente, Miguel se despertó y saludó a la enfermera. Era más guapa que cuando había llegado.

Estuvieron charlando un rato. La conversación terminó cuando Miguel se dio cuenta de que, en realidad, no le dolía nada. Sabía que no era por la morfina. Le había dejado de doler todo. Su pierna se movía. Respondía.

Saltó de la cama. O lo intentó. Aunque no le hiciese falta, aún tenía morfina en el sistema. Cuando se levantó bien, fue a saludar a Perro, solo para descubrir que estaba frío.

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