Silverpilen IV

Hannah cerró la puerta y corrió, esta vez sin importarle el ruido que pudiese hacer. Corrió hacia el ascensor y cerró la reja. Aporreó el botón y el ascensor se puso en marcha con una sacudida que descolocó los órganos internos de la chica. Esprintó hasta la salida sin cruzarse con nadie. Parecía que la única persona que estaba en el edificio era la mujer que les había orientado al llegar.

La carretera tenía la misma pinta que hacía unas horas. Lo único que había cambiado era la posición del sol en el cielo. Ahora las sombras eran largas, extendiéndose al infinito, corriendo y alejándose de la Universidad de Ciencias Extraña; como si, de alguna manera, supiesen lo que pasaba en el interior del edificio.

Hannah no las culpaba. Empezó a andar por la calzada, esperando que la mujer no se diese cuenta de que había huido. No pronto, al menos.

A lo lejos podía ver los edificios. Las luces estaban empezando a encenderse. Pronto, el gris acero de los edificios sería sustituido por el amarillo de las luces de su interior.

Había pasado una hora y Hannah había estado andando por el camino. Empezaba a hacer rasca.

Algo más cerca podía oír la carretera, donde se podía oír a los coches zumbando de un lado a otro, acumulando multas y millas.

De pronto, demasiado cerca para su gusto, oyó un motor rugir a su espalda. Se giró. No había nada, pero eso no era excusa. Se lanzó detrás de un arbusto. Cuando se dio cuenta de que haría poco por cubrirla, trepó un árbol. Se envolvió con las hojas y esperó.

Pasó una camioneta que no debía de haber salido del garaje en, al menos, medio siglo. Parecía una pieza de colección y, seguramente, lo era.

Los faros cegaron a Hannah, de manera que no pudo ver al conductor del vehículo, pero no le hacía falta para saber quién era. Era la mujer.

Cuando Hannah no podía oír el ruido del motor, se descolgó de la copa del árbol y siguió andando. Esta vez, sin embargo, anduvo por el borde del camino, con los ojos bien abiertos en busca de escondites por si la furgoneta volvía a venir.

Tuvo suerte y llegó a la autopista. Los coches corrían sobremanera, sin importar a los conductores la seguridad de sus compañeros de carretera.

Hannah levantó el pulgar y esperó. No le quedaban opciones salvo confiar en la gente. Viendo cómo había ido el día, la idea no era una que le apasionase.

Un coche moderno, aparentemente diseñado por un ingeniero aeronáutico, se paró frente a ella. Era rojo fuego. Hannah respiró hondo y tiró de la manecilla.

El conductor era idéntico a Hans.

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