Silverpilen III

La sala de espera era excelente. Simple y llanamente. Un televisor espectacular, un sistema de entretenimiento de última generación (o eso parecía), sofás dignos de dioses griegos aficionados al vino…

Cada hora, sin embargo, la mujer nerviosa recogía a una de las personas que estaban ahí. Las otras no volvían. Al cabo de cuatro, Hannah empezó a sospechar. El resto de personas también estaban mosqueadas, pero se aferraban a la promesa realizada.

-Hans. Esto no me gusta.-susurró la joven.

-Ella ha explicado que les están mandando de vuelta, que no hay que alarmarse.

-Eso es exactamente lo que yo diría si quisiese que mis víctimas se quedasen.-replicó Hannah, intentando reírse, pero siendo incapaz de sacar el pensamiento de su mollera.

Hans intentó reírse también. Sin éxito también.

Nada más decir eso, la mujercita llegó a por Hans. La sonrisa de la mujer hacía que Hannah estuviese más nerviosa todavía. Cuando Hans dejó la habitación, la joven -estando finalmente a solas-, salió de la sala. Algunas de las personas que aún quedaban le echaron un vistazo. Debieron de asumir que iba al baño.

Los pasillos estaban vacíos e iluminados por la clase de luces que se encuentran en presidios. El lugar no había parecido acogedor en ningún momento. Ahora que estaba sola, sin embargo, la Universidad de Ciencias Extrañas tenía toda la pinta de haber sido sacada de una película de terror. Los neones parpadeaban irregularmente.

Hannah resopló, haciendo un círculo con su boca. Los raíles de las paredes que, en un principio podrían haber sido hasta graciosos, ahora no parecían otra cosa que una amenaza. Una amenaza vaga, sí; pero una amenaza aun así.

De pronto, un chillido. Muy suave. Parecía proceder del fondo del kilométrico pasillo. A juzgar por las puertas que estaban engarzadas en las paredes, la persona que estaba chillando se estaba dejando los pulmones. Más todavía si se tenía en cuenta el aspecto de la última puerta del pasillo.

Hannah tomó aire y empezó a andar, intentando no hacer ruido. Afortunadamente, sus Converse no hacían demasiado ruido. Ocasionalmente chirriaban al resbalar con el cemento pulido, pero no demasiado alto ni con demasiada frecuencia.

Poco a poco la puerta y los gemidos aumentaban. Para cuando Hannah estaba delante de la puerta, ésta era lo único que ocupaba su mente. La puerta. La puerta lo era todo.

Tenía pinta de ser muy sólida. No parecía estar hecha de metal. Ni de madera. Parecía estar hecha de oscuridad. Sobre ella había grabados símbolos distintos. De muchos tipos.

También estaba fría al tacto. ¡Qué demonios! El aire cercano a la puerta tenía la misma calidad que el aire del Círculo Polar Ártico.

Hannah resopló de nuevo. Su aliento se volvió opaco y sus labios, a pesar del poco tiempo que había pasado cerca de la puerta, se habían agrietado. Le dolían. Mucho.

La puerta era, objetivamente hablando, una puerta bonita. Espectacular. Para Hannah no era eso. Era una puerta horrible.

No era el color, ni los grabados. No era el frío. Había algo más.

Tragó y exhaló. Apoyó la mano sobre la puerta y empujó. La puerta no estaba tan fría como debiera haberlo estado. De hecho, no lo estaba en absoluto.

La puerta pesaba mucho, pero, a medida que iba abriendo, era más y más ligera.

El interior de la sala era blanco como solo debiera serlo en las imaginaciones de la gente. Directamente delante de Hannah había otra puerta. En el centro había una silla. Sobre ella estaba Hans.

Debajo de la silla había un charco. Tenía un color desagradable. La señora que se había llevado a Hans no estaba en la habitación. Estaría tras la otra puerta.

Hans giró el cuello y miró a Hannah. Implorando dos cosas: que la chica le ayudase y que huyese.

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