Silverpilen II

El autobús (a falta de una palabra que le pudiese hacer justicia) tenía toda la pinta de no haber sido nuevo ni cuando salió de la cadena de montaje. Hannah estaba segura de que un pisotón fuerte podría partir el suelo del vehículo por la mitad, como si fuese un mondadientes podrido. Los baches hacían temblar las ventanas como si estuviese pasando un bombardero por el interior del autobús.

Descontando el ruido del motor y los ocasionales tacos del conductor, el silencio era agobiante; como si estuviesen en un mausoleo. Un mausoleo en un cementerio abandonado, de hecho. Hans miraba por la ventana mientras iban abandonando la ciudad. Los edificios se alzaban hacia los cielos, como un enorme dedo corazón levantado contra las leyes de la física y, en concreto, la gravedad. Eran color acero mate, igual que el cielo.

El campo era verde, como solo puede ser verde un campo en una película. La carretera, por su parte, parecía que solo podía ser conducida con vehículos que no se moviesen con ruedas, sino con orugas o, en su defecto, cadenas.

El autobús frenó chirriando como un gato siendo despellejado. El conductor, que parecía más un asesino de película de terror que otra cosa, se giró y miró a sus escasos pasajeros. Escupió unas cuantas palabras y tiró de una palanca con furia. Las puertas se abrieron con una explosión.

-Hemos llegado, Hannah.-sonrió Hans.

-Ya imaginaba.-replicó Hannah, incorporándose y golpeándose con el techo.

-Vamos allá.-dijo Hans, emocionado ante la idea de volver a su mundo.

-Pareces muy tranquilo.-observó la chica mientras se bajaba del vehículo.

-Ya, dame un par de horas más y me desharé en un mar de lágrimas.-rió el joven.

Hacía frío al aire libre y el rebufo del autobús al marcharse no ayudó a calentar a nadie.

Un camino de tierra unía la carretera con un edificio chato de hormigón sin ninguna clase de decoración ni adornos. Ni siquiera había ventanas con una superficie mayor de medio metro cuadrado.

-Parece un lugar reconfortante.-comentó Hannah.

-Es el lugar perfecto.-rió Hans como un maníaco asustado.

Las personas empezaron a avanzar hacia el bloque de hormigón. El camino de tierra se iba desperdigando como polvo con cada paso que daban. Al llegar a la estructura, los bajos de todos los pantalones estaban cubiertos por una fina capa de polvo marrón claro.

-Espero que salga.-comentó Hans, mirando sus pantalones. El hombre seguía intentando olvidarse de lo que le había pasado.

Parecía que hacer comentarios inofensivos le ayudaba, de manera que Hannah no dijo nada y le dejó que siguiese quejándose. Era mejor que estuviese haciendo eso antes que, bueno, enfrentándose a lo que le estaba pasando.

La puerta del edificio se abrió sin hacer ruido, deslizándose sobre raíles invisibles. Una mujer pequeña, nerviosa y claramente fuera de sí les recibió.

Empezó a decir cosas en su idioma. El grupo de gente la siguió hasta un ascensor que estaría más a gusto en un edificio militar más que en un edificio (supuestamente) educativo. Todos parecían entender lo que estaba pasando hasta cierto punto.

Al menos estaban entendiendo la explicación que la pequeña mujer estaba dando. Hans estaba tan cautivado por las palabras de la mujer que se había olvidado completamente de Hannah y de traducir para ella.

Hannah tocó el hombro del hombre. No pareció darse cuenta. Un par de segundos después se giró y disculpó.

-Te explico todo en cuanto termine.-susurró Hans.

Hannah asintió, algo molesta. El ascensor se abrió para desvelar una cueva donde había vías de tren por todos lados: las paredes, el techo, el suelo, mesas…

-Vale.-comenzó Hans.-Al parecer, desde que terminaron Kymlinge aquí, el Silverpilen, el tren plateado en el que hemos llegado, empezó a aparecer en Kymlinge, dejando a gente ahí. Empezaron a investigar el suceso porque, obviamente, había que hacerlo y claro… bueno, me voy a saltar toda la paja, ¿vale? Van a ver si nos pueden mandar de vuelta a casa.

-¿Van a ver si pueden?

-Hombre, el anciano dijo que si alguien podía ayudarnos, eran estas personas.-explicó Hans.

A Hannah no le gustaba que tuviese razón.

-Dicen que nos harán unas pruebas a ver si esta clase de viajes son algo que solo le puede pasar a un tipo de personas.-prosiguió el dios nórdico que era Hans.

-Vi börjar i rummet 131.-sonrió la mujercita.

-Dice-tradujo Hans-que empezaremos en la habitación 131.

La mujer siguió andando y hablando mientras bajaban unas escaleras.

-Dice que pasaremos individualmente. Y que las pruebas pueden llevar un rato largo.

-Esto suena… mal.-rió Hannah.-Parece un poco distópico.

Hans rió en respuesta. Se estaba calmando. Era obvio. A pesar del poco tiempo que había pasado con él (cuatro, quizás cinco horas), Hannah podía notar que estaba más a gusto. Ahora respiraba más despacio, la sonrisa era más natural…

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