La carga

Luis paró un momento y se puso a respirar, intentando retomar el aliento. A su alrededor se alzaban estructuras de aluminio y plástico. Se extendían a lo lejos, en pasillos estrechos, iluminados por neones que parpadeaban, haciendo que las sombras danzasen como si de una rave infernal se tratase. La luz era azul y fría, como los ojos de los que cargaban contra él. Todos eran altos como titanes o demonios. Y tenían la misma expresión de alegría.

Salvo cuando quitaban a alguien de en medio. Cuando lo hacían, se reían y hacían amago de disculparse. “Desgraciados” pensó Luis. Corrió y pasó a otro pasillo paralelo. Había una anciana en cuclillas, llorando, desesperada. Sus pocas posesiones estaban desperdigadas en el suelo: monedas desperdigadas por el pavimento beige, algunos billetes revoloteando a su alrededor. No era algo agradable.

-Están llegando. Vienen a por nosotros. Están llegando. Son despiadados. -susurraba una y otra vez, como si fuese un disco rayado.

Luis intentó tranquilizarla, pero no podía. La mujer no quería calmarse. Estaba convencida de que le había llegado la hora y, hasta cierto punto, era cierto. Luis rebuscó en sus bolsillos, produjo una aspirina y se la dio. No era gran cosa, pero algo era algo. No lo había hecho tanto por ella, sino por él mismo. Quería sentirse tranquilo.

Ojeó el fondo de los pasillos. Una hilera de luces se había apagado con un sonoro “thunk”. Podía oír a los hombres charlar entre ellos, como si fuese algo rutinario. Algunos hacían chistes, otros reían los chistes. Sin embargo, la mayoría de ellos se dedicaba a quitar a gente de en medio.

Luis vio su oportunidad: un pasillo estaba vacío. ¡No había nadie vigilándolo!

Corrió como alma que lleva el diablo, saltando por encima de un par de tarros rotos, esquivando un promontorio que había en una rotonda y, finalmente, llegando. Hacía frío, la verdad. Pero eso era de esperar.

Los congelados se erguían ante él: leche fresca, queso, yogures y, afortunadamente, mantequilla. Otro “thunk” retumbó. No veía.

De pronto, volvió a ver. Una linterna. ¡Le habían encontrado! Cogió un bloque de mantequilla y salió por piernas, embistiendo al dependiente de la carnicería fuerte, intentando pillarle en la boca del esternón. Si querían jugársela a Luis, él se la jugaría a ellos.

Recorrió el supermercado rápidamente, adelantando ancianitas para llegar primero a las cajas registradoras, donde entregó, orgulloso, su mantequilla.

-¿Algo más?-preguntó la cajera, mascando chicle y haciendo una burbuja con él.

-No, gracias.

-¿Bolsa?-prosiguió, reventando la burbuja.

-No, gracias.-repitió Luis.

-Es una de las pocas personas que compra este tipo de mantequilla.-comentó la chica, para dar conversación a su cliente.

-¿Sí?-contestó Luis, desconcertado.

-Sí, nadie compra mantequilla de algas, mucho menos salada.

Luis miró el bloque de mantequilla. Ahí lo ponía bien claro: ALGAS.

-¡MECAGÜEN!-chilló el hombre.

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