La espera

El tren avanzaba en silencio y, precisamente por eso, no era un tren. Los trenes tienen que hacer ruido. Tienen que hacer clackity-clack una y otra vez. Pero este no hacía clackity-clack una y otra vez. No era un tren. Iba en silencio. Podría ser más agradable el silencio, como decían todos, pero eso no lo hacía un tren. El metro ya no era un tren. Sin embargo, era un tren, a pesar de la falta de ruido.

La siguiente parada era la de Fran. Era una parada grande. Miró su reloj. Eran las dos en punto. Sacó el teléfono para corroborarlo. Su Swatch iba adelantado medio minuto. Eso no era bueno. No era tolerable. Era impreciso. Los relojes tienen que ser precisos, si no, ¿qué sentido tiene tener uno? No tiene ni pies ni cabeza tener un reloj impreciso. Fran no entendía a la gente que llevaba relojes a destiempo.

Empezó a agitar su pie, marcando un ritmo rápido con él. Se levantó antes de que el metro entrase siquiera en la estación y se puso los guantes. Pulsó el botón dos veces y esperó a que la puerta se abriese. Contó hasta dos muy despacio y, como era costumbre, la puerta se abrió entre el uno y el dos. Hacía calor para llevar guantes, pero era mejor pasar calor antes que tocar nada de lo que hubiese en el metro.

Miró el reloj de nuevo y le sustrajo medio minuto. Eran las dos y uno en punto. Llegaba tarde. Le gustaba llegar con quince minutos de antelación, pero había llegado con solo catorce minutos por delante. Respiró profundamente dos veces y pensó lo que sus padres le habían dicho: no es malo llegar con diez minutos de antelación o, incluso, llegar un poco tarde. Aun así, a Fran no le gustaba nada.

Preparó una alarma para las dos y tres y paró su Swatch negro (era sábado, después de todo. Los sábados tenían que ser negros). Lo puso a los dos y tres. Esperó. En cuanto la alarma saltó, puso su reloj de pulsera en marcha de nuevo. Ahora iba al tempo de su móvil. Fran notó como un nudo en su garganta se deshacía. Esperó otro minuto y medio y, cuando pasó, sacó un libro de su bolsa.

Empezó a leer a las dos y cinco. Tenía diez minutos para leer. Diez era un número bonito. Múltiplo de dos y de cinco, que es muy parecido al dos.

Podría haber empezado a leer a y cuatro, la verdad. Once minutos era un intervalo de tiempo igual de válido. De hecho, era más bonito que diez. Era un número primo. Eso siempre era bueno. Pero el once era mejor todavía, porque eran dos unos. Dos números iguales. El mejor número, sin duda alguna, era el dos. A Fran le gustaba el dos más que ningún otro número.

Era un número par y primo. Y parecía un cisne. Un cisne amarillo, porque el dos, claramente, es amarillo y, si el dos es amarillo, entonces, el cisne es amarillo. Así de simple:

Si (dos = amarillo y dos = cisne) à (amarillo = dos = cisne) o, lo que es lo mismo: cisne = amarillo.

Dos también era el mejor número de todos porque todo va en parejas. Todo se puede emparejar con otra cosa siempre. A veces se puede emparejar con más de una cosa a la vez, pero rara vez se puede emparejar con once cosas a la vez. También, dos era el número que le había traído aquí, a Sol. Y no el dos rojo de la línea de metro (eso era algo que ponía a Fran muy nervioso. El dos era el cisne amarillo, no el cisne rojo). El dos que lo había traído aquí era una pareja. Él tenía una pareja y había quedado con ella aquí.

Había quedado con Sara. Era muy guapa, pero a veces, podía ser un poco desordenada. Pero eso no importaba. A Fran no le importaba ordenar lo que Sara desordenaba. Y a Sara no le molestaba que Fran hiciese eso. A Sara, de hecho, le gustaba mucho Fran y Fran lo sabía.

Fran leyó algo de Terry Pratchett mientras esperaba a Sara. A los amigos de Fran les sorprendía que leyese el MundoDisco porque, según ellos, era muy caótico y, claro, eso a Fran le tenía que poner muy nervioso. Pero Fran leía las novelas para buscar la lógica interna que poblaba las historias del MundoDisco. Fran sabía que, aunque al lector casual no le resultase obvio, Terry (Fran le conocía, por eso le tuteaba. Fran sabía que entendía al autor, por eso le conocía y le podía tutear) era una persona muy lógica. Ocultaba la lógica detrás de muchas tonterías, pero siempre estaba ahí.

Otro metro-que-no-era-un-tren entró en la estación haciendo mucho ruido. Fran lo miró de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda de nuevo y una última vez de izquierda a derecha. Eran las dos y diez. Por el rabillo del ojo vio a Sara. Iba hacia él. Fran respiró dos veces, se incorporó, e inspiró dos veces de nuevo. Sonrió.

Hoy Sara iba muy guapa. Especialmente guapa, de hecho. Fran la abrazó. Contó hasta dos y soltó.

-¿Vamos?-preguntó la chica.

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