Los Simpsons y su caída de gracia

Para empezar, sé que llevo un tiempo largo en silencio, pero voy a intentar renormalizar la publicación aquí porque, honestamente, echo de menos esta página.

Veamos, Los Simpsons… Son una de las series con las que he crecido. De hecho, no han sido solo una serie. Han sido una constante a lo largo de toda mi vida. Por eso quiero que, de una vez, les retiren de la pantalla. Que esta vigésimo-sexta temporada sea la última. Sé que no es cierto, porque les renovaron, si no me equivoco, para veintisiete temporadas, pero un joven puede soñar. Sé que tampoco dejaran de renovarles hasta que dejen de ser rentables. Creo que, al menos, nos quedan cuatro temporadas de una serie que no solo ha pasado su periodo de gloria, sino que ha pasado la parte sana de su tercera edad. Y las dos primeras fases de Alzheimer. Está entrando en la última fase y es un espectáculo horrible de presenciar.

Si parece que me estoy pasando con una serie clásica, quiero dejar una cosa clara: la estoy siguiendo al día. De los dos primeros capítulos de esta temporada 26, solo recuerdo el primero por el bombo que se le dio durante todo el verano y la decepción que supuso para mí.

De entrada, yo (y el resto del mundo) esperaba que se muriese alguien relevante para los fans, no un personaje terciario. Esperaba que se muriese Krusty el payaso o Kent Brockman… Algún personaje que supusiese un cambio en el eterno e inamovible universo de Springfield. No un rabino. Sí, era el padre de Krusty el payaso, pero todos los problemas que eso le suponen al payaso fueron resueltos en veinte minutos. No es suficiente tiempo como para resolver los problemas que supone la pérdida de un padre. Puedo entender que intentaban generar un cambio en el personaje de Krusty, pero eso ya lo hicieron cuando le reunieron con su padre ha ya muchas temporadas. Y ese capítulo no supuso ningún cambio en el paradigma.

El problema es que sé que en el séquito de Matt Groening hay guionistas capaces de hacer llorar al público con historias bonitas. El último capítulo de Futurama, a pesar de que no plantea una historia como, no sé, Amazonas con ganas, sí que es una historia que toca el corazón.

Lo que quiero decir con esta diatriba es algo que ya dije en otro artículo para otra revista. Los Simpsons ya fueron el payaso de la clase y, lo que es más, para muchos, son un amigo fiel. Uno que ha sido embestido por el paso del tiempo y sigue intentando hacernos reír mientras renquea. No es un espectáculo particularmente bonito, pero vivimos con ello en lugar de hacer lo humanamente correcto: dejarle descansar.

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