El Kalinin K-7 y los rusos.

Adoro la Rusia comunista, no por sus ideales, pero sí por sus ideas. Sus genialmente ridículas ideas. Empezaré con una anécdota que no sé si habréis oído o no:

Los alemanes, en la Segunda Guerra Mundial, tenían, objetivamente hablando, los mejores tanques, fusiles, subfusiles (siguen apareciendo MP-40’s y MP-38’s con esvásticas incluidas en redadas a los narcos mexicanos y colombianos). Esto, en contra de lo que se pueda pensar, supuso un problema. No tanto con las armas, sino más bien con los tanques. Cuando los alemanes tenían un problema con sus tanques, tenían que llamar a un mecánico de la Daimler (cuya submarca más conocida es Mercedes) para que fuese a repararlo. Sólo podemos imaginar las maravillosas conversaciones entre herr Nazi-Kommandant y herr Daimler-Benz Techniker.

-Disculpe, ¿Daimler-Benz?

-Sí, aquí es.

-Verá, uno de sus vehículos acaba de romperse y no va. ¿Podrían mandarnos a un ingeniero o un mecánico a que le haga un apaño?

-Sí, claro, ¿dónde están?

-Stalingrado.

-Sí, claro.-aquí es cuando herr Daimler-Benz Techniker colgaba y llamaba al ingeniero que iban a despachar: herr Kartoffel. Herr Kartoffel tenía que ir, pero no le hacía mucha gracia acercarse a un campo de batalla, obviamente, así que le daban las herramientas y una MP-40 a juego con la llave inglesa.

Por su lado, los rusos, cuando un tanque empezaba a humear, levantaban el capó o el equivalente en un tanque (¿el cañón?) y veían qué pasaba. Si la correa estaba rota, cogían los calcetines de tovarich Vladislav, los anudaban y, ala, a matar nazis otra vez. Si lo que pasaba era que una tuerca estaba suelta, aporreaban el motor hasta que, una de dos, el motor se ponía en marcha sin más o se ponía en marcha, arrancándole la mano al desgraciado de Vladislav que, para colmo, no tenía sus calcetines.

Pues, en este espíritu comenzaron los soviéticos; realizando chapuzas. Así nos bendijeron con maravillosas ideas como el ekranoplano (el hijo bastardo de un barco y un avión a reacción. No podía volar a más de seis metros de la altura del agua. Aunque no completamente inútil, se puede considerar como tal) y el Kalinin K-7. El K-7 precedió a la Segunda Guerra Mundial y, seguramente, si hubiese entrado en servicio, el resto de naciones se habrían rendido al ver que la U.R.S.S. tenía, claramente, un pacto con alguna deidad o, más probablemente, Belcebú en persona.

Este engendro de la ingeniería tuvo una envergadura de 53 metros, solo tres menos que el B-52 y, honestamente, 54 más de los que a cualquier persona le gustarían ver cayendo hacia ella.

Una vez llegaron a la fase de pruebas decidieron probarlo, obviamente. Los rusos querían tener su propio Leviatán aéreo. ¿Quién les culpa? ¿Quién no querría poder lanzar unas nueve o diez toneladas de explosivos de alta potencia sobre un enemigo? ¿O 112 paracaidistas totalmente equipados? ¿O 120 civiles y siete toneladas de correo? Después de todo, los soviets eran un pueblo misterioso. Todo esto, todo sea dicho, al tiempo que ocho cañones automáticos (que es como se llaman las ametralladoras de los aviones, porque ametralladora… No hace justicia a lo que un cañón automático puede obliterar) del calibre 20 mm y otras ocho ametralladoras del calibre 7,62 mm llovían pequeños pedazos de infierno sobre todos aquellos incautos que cometiesen el error de poblar la tierra.

En el primer vuelo se dieron cuenta de que la frecuencia de las siete turbohélices hacía que el K-7 se moviese demasiado y, si hay algo que a un piloto no le guste, es que la silla sobre la que está sentado empiece a bailar por toda la cabina. Solucionaron este problema recortando la cola del vehículo.

Desafortunadamente por aquellos tiempos, si alguien les hubiese explicado el concepto de resonancia, seguramente, se habrían reído de dicha persona y habrían procedido a beber vodka (recordemos que esto es Rusia, un país en el que sólo los niños menores de cinco años tienen permiso para estar sobrios todo el día).

Así tuvieron lugar varios vuelos (cinco). Al llegar el séptimo la frecuencia de los motores fue suficiente como para que el avión se partiese por la mitad. Se llevó consigo a los catorce tripulantes y una persona en tierra. No puedo evitar pensar que la persona en cuestión creía que él y su hombría rusa (Los rusos son, por defecto un 150% más viriles que el resto de humanos) podrían detener la caída del avión y así salvar a todos los tripulantes. Asumo que lo hizo porque si lo conseguía le invitarían a una ronda.

Después de este accidente, obviamente se decidió no proseguir con la línea K-7.

Claro que no.

Esto tuvo lugar en la U.R.S.S., país de origen del explosivo nuclear de mayor potencia de la historia (la Tsar Bomba). Inmediatamente después del accidente se encargaron dos prototipos más, pero el proyecto se canceló dos años después, antes de que ninguno de los dos aviones se hubiese terminado.

Seguramente se canceló para seguir líneas de investigación más rentables, como, por ejemplo, cómo evitar que el Reichstag tomase Ucrania. Dinero gastado en balde.

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