Han-burger Solo.

A Leah le encantaba “Han-burger Solo”. Era un restaurante que había abierto al lado de su casa hacía un par de meses. Tenía temática de fantasía y ciencia ficción y, aunque a muchos les costase creerlo, había tenido un éxito tremendo. No sólo servían hamburguesas, pero esa era, claramente, su especialidad. Tenían de todo tipo:

Wookie-choker: Medio kilo de carne picada de ternera con cien gramos de bacon y cebolla frita. Sin lechuga ni tomate. Todo servido entre dos bollos de pan ácimo, porque, ¿por qué no?

Masters of the Universe: Cuarto de kilo de carne picada de ternera, tres lonchas de bacon, un huevo frito, un par de hojas de lechuga, un par de rodajas de tomate y salsa de la casa, todo entre dos bollos caseros, hechos con cariño y cuidado (sacados del congelador y metidos en una tostadora). A algunos les ponía nerviosos la inclusión de esta hamburguesa en la lista. Técnicamente, Masters of the Universe, era fantasía.

Scanner: Cuarto de kilo de carne picada de buey, algo de bacon, cebolla roja, tomate y mucho, mucho ketchup. Los bollos estaban preparados con colorante alimenticio rojo. También estaban orgullosos de anunciar que el colorante ya no era cancerígeno.

Logan’s Burger: Garantizada caliente durante, al menos, veintiún minutos. El problema radicaba en que llegaba a los quince minutos de encargarla, así que… Seis minutos para disfrutarla. Cuarto de kilo de pollo empanado con mostaza dulce, lechuga y tomate. El bollo estaba decorado con cuatro palillos, uno amarillo, uno azul, uno rojo y uno negro. Indicaban el mejor orden para comerla.

Soylent Green: La joya de la corona. La hamburguesa preferida de un noventa por ciento de los clientes. Cuarto de kilo de carne de la más alta calidad, pero estaba preparada con especias secretas, como el pollo de KFC. La diferencia radicaba en que las hamburguesas de este restaurante no salían como explosivo plástico. La carne iba acompañada de lechuga y pepinillo, puesta entre dos obleas verdes.

El restaurante era, en pocas palabras, un lugar de ensueño para el nerd empedernido. Los críticos que trabajaban para revistas de cocina sólo sabían decir cosas buenas del sitio; mientras que todos los blogs de ciencia-ficción no se callaban ni un solo día. Todos recordaban a los comidillasnerds por igual que ir a este sitio era un must.

Leah estaba contenta, porque ella lo conoció antes que nadie. Le realizaba un poco poder decir que ella había estado el día que abrió por primera vez. Sus amigos tenían celos, pero se habían acostumbrado. Lo único que no terminaba de encajar en el restaurante eran los propietarios y el chef.

No eran físicamente distintos, pero se movían, no, hablaban, no… Hacían algo que les hacía llamar la atención. Podría haber sido su manera de mirar, o de sonreír. Leah apostaba por sus sonrisas. Sólo mostraban sus dientes superiores, por no hablar de su mirada. No tenían la mirada de personas alegres al sonreír, pero estando en la industria del servicio, sus amigos le explicaban que era más fácil sonreír solo con la boca que con la cara entera.

Al cabo de tres meses comiendo ahí, consiguió localizar el fallo en sus caras: sus ojos sopesaban a la gente, como si estuviesen mirando una balanza invisible. Y tampoco parecían ojos humanos. Cuando miraban a la gente, sus pupilas se alargaban, pero cuando Leah les preguntó por qué les pasaba eso, se quitaron unas lentillas especiales.

Finalmente, cansada por las evasivas de los trabajadores de Han-burger Solo, un día se coló en la cocina.

Lo que vio le horrorizó. Al salir citó una película de ciencia ficción. La favorita, de hecho, de los propietarios del Han-burger.

La gente recibió su frase con carcajadas, diciendo que no era la primera vez que el chiste se hacía en el local. De hecho, no era la primera vez que la propia Leah hacía esa gracia.

Tras decirlo y ver que todos estaban comiendo Soylent Green, la chica se desmayó.

Este relato se me ocurrió al hablar con un amigo, al que va dedicado (aunque no es algo muy bonito que dedicar). También aquí se reflejan los nombres y recetas de las comidas que prepararé cuando, inevitablamente, tenga mi propio restaurante de hamburguesas. Si este relato no tiene sentido para algún lector, recomiendo que vea todas las películas a las que hago referencia y luego lo relea. En mi opinión, merece la pena.

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