El credo

Los hombres eran altos, atléticos y, ante todo, tenían una apariencia agresiva. El mayor de ellos rondaría los sesenta, como poco los cincuenta y cinco. El joven era un novato, recién salido de la academia, pelo cortado a cepillo, como se estipulaba en el código de vestimenta, artículo siete, párrafo dos.

Ambos llevaban una camisa blanca, con corbata fina negra (artículo dos, párrafo uno y medio). Llevaban una chaqueta en la que se habían impreso unas letras. Designaban su cuerpo y división. A los que lo conociesen.

A su alrededor el resto de recién salidos estaban ya trabajando, inspeccionando el material que se les había facilitado. Todos trabajaban duramente. Eran los mejores en lo que hacían del país.

No.

Del mundo. Un cuerpo de élite secreto seleccionad0 por los gobiernos de sus respectivos países. Todos excelentes trabajadores, no sólo en una única especialidad de su campo, sino en varias. No era un trabajo fácil de conseguir, mucho menos de mantener, de manera que ninguno había visto entrar al veterano y al recluta. Si lo habían hecho, hacían como que no. Sus puestos de trabajo dependían de ello. La procrastinación era castigada duramente, con despidos inmediatos.

El veterano, una vez llegaron al puesto de trabajador del novato, se giró bruscamente e hizo un saludo en toda regla, con lágrimas empañando sus ojos.

-Joder, recluta. Eres lo mejor que ha llegado a mis manos en toda mi vida. La crème de la jodida crème. Pero antes de que puedas empezar a trabajar tenemos que comprobar que te sabes tu credo. Razones de protocolo, ya sabes.

-¡Señor, sí señor!-chillo el recluta- Estos son mis impresos -el joven alzó unos documentos multicolor-. Hay muchos como ellos, pero estos son los míos. Mis impresos son mis mejores amigos. Son mi vida. Debo manejarlos como manejo mi vida -la voz del joven era tal que personas en distintos puestos de trabajo levantaron su vista y le miraron-. Mis impresos, sin mí, son inútiles. Sin mis impresos, soy inservible. Debo rellenarlos correctamente. Debo hacerlo sin dejar lagunas. Debo blindarlos a prueba de leguleyos.

El chico inspiró.

–Mis impresos y yo sabemos que, en el mundo, lo que importa no es cuantas veces los rellenemos, no es cuántos entreguemos a pobres diablos, sino a cuántas personas exasperemos.

El anciano contuvo sus emociones y lágrimas. Se limitó a sonreír.

–Mis impresos son humanos, como yo, porque son mi vida. Asimismo, los conoceré como a un hermano. Aprenderé sus cláusulas, subcláusulas y letra pequeña. Siempre estarán preparados, igual que yo. Seremos parte los unos del otro. Juro este credo ante Anoia, diosa de la exasperación. Mis impresos y yo somos los defensores de la burocracia, los enemigos de la eficiencia. Somos los salvadores de mi vida. Así pues, hasta que la victoria no pertenezca a la burocracia y quede alguien sin palos en las ruedas, trabajaremos duramente.

–Y que luego digan que los cuerpos burocráticos están llenos de vagos redomados –lloró el veterano–. Recluta, llegarás lejos aquí, quizás, quizás llegues hasta el Departamento de Vehículos Motorizados.

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