El reloj del abuelo

José Manuel de Jesús, más conocido como el Sardina (por su desprecio al pescado homónimo), siempre miraba el reloj de su abuelo Manuel. Era un reloj de péndulo, de modo que tendría, al menos, sesenta años, pero según su abuelo, tenía más de un siglo. En cualquier caso, no era normal verlos desde hacía mucho, sobre todo desde que los relojes atómicos se masificaron. “¿Para qué se necesitaba un aparato que perdía precisión, aunque fuese un poquitín, a cada segundo que pasaba?” decía el mundo.

Cuando el abuelo se murió, decidió darle al Sardina sus relojes: El que llevaba en la muñeca, un reloj de cuarzo suizo, y su reloj de péndulo. A cambio, le pidió que se encargase de darle cuerda al péndulo todos los días, cosa que era de vital importancia. Y también que tendría que llevar siempre puesto el reloj de pulsera.

Lo del reloj de pulsera no le molestaba demasiado. Siempre le había gustado. Era plateado, con una esfera oscura. El de péndulo… ése era otra historia muy distinta. Cuando era joven, el Sardina, de vez en cuando jugaba en la casa de su abuelo y, al menos una vez, mientras él y sus primos jugaban al escondite, se escondió detrás del reloj. Nadie le encontró hasta una hora más tarde. Él no recordaba nada más que una tremenda sensación de vacío. Desde entonces, y con razón, evitaba el reloj de péndulo, pero ya no iba a tener manera de evitarlo.

Los tíos llevaron el reloj del abuelo dos días después de que falleciera. El reloj llegó, de acuerdo con su propia esfera, a las dos menos diez. Según el reloj que el Sardina llevaba, en realidad, estaba llegando a las dos menos ocho.

No le hizo demasiado caso. Decidió que le daría cuerda después de comer, pero una vez terminó su comida pensó que una siesta no le vendría mal.

Al cabo de dos horas le despertó su madre.

-José. Dale cuerda al reloj del abuelo.

-Ahora.-farfulló el chico.

Se levantó y estiró. El chico se frotó los ojos y fue al salón, donde habían decidido poner el reloj. Sardina echó un vistazo a la habitación. Estaba borrosa, como aquel día que tuvo un bajón de azúcar. Decidió que, para evitar perder el conocimiento, tendría que sentarse y tomar una pieza de fruta. Al cabo de una manzana no había mejorado. Al contrario, todo era más y más borroso.

-¡José! ¡Que le des cuerda al reloj!

-Ahora, mamá. Que no veo bien.-chilló el chaval, girándose.

Vio como atravesaba el umbral de la puerta una copia poco definida de él. Era él, pero a ratos era más alto, a otros, era mucho más bajito. La calidad de la habitación parecía hacerse menos precisa a medida que se acercaban al reloj. Cuando el Sardina, pero no el Sardina, estaba a medio metro del reloj, desapareció. Medio minuto pasó y su copia volvió a aparecer.

-Ya está.-chilló en una miríada de voces, todas iguales, pero muy, muy diferentes.

El Sardina se levantó, molesto por su copia, y se acercó al reloj. Cuando estaba al lado no había nada. No oscuridad. Nada. Se echó atrás. Sacudió la cabeza.

-Hmm.-murmuró alguien desde dentro del reloj.-Hay alguien aquí conmigo. Hacía tiempo que no pasaba esto.

El Sardina miró al reloj. Había dejado de parecer un objeto inanimado. Ahora era un reloj que estaba vivo, pero era exactamente igual que antes.

-¿Hola?-el Sardina no sabía cómo sentirse acerca de este desarrollo de acontecimientos.

-Hola. ¿Qué tal estás? ¿Qué te parece vivir todo lo que puede ser?

-Eso… ¿Eso es lo que está pasando?

-Sí.

-¿Por qué?

-Considéralo mi regalo.-algo salió del reloj. Podría haber parecido una persona, pero era demasiado inhumano. Lo único que el Sardina reconoció fue el… ¿ojo?, sí, ojo, de la figura. Era la esfera del reloj de su abuelo.

-¿Quién eres?

-No soy nadie. Y debiera preguntar eso yo. No creo que la gente pueda ser tan fría como para no tener un ataque de pánico en esta situación.

-Ya, pero yo viví algo parecido, hace mucho tiempo, cuando mi abuelo aún estaba vivo.

-¿Qué abuelo?

-Manuel. Le llamaban el Grande, porque era muy bajito.

-Ah, él.-la figura no se molesto en camuflar su asco.

-¿Pero quién eres? ¿Y por qué no me habló mi abuelo de ti?

-Porque no creo que quisiese que me conocieras. Y ya te lo he dicho, no soy nadie.

-Vale, ¿qué eres?

-Nada.

-Preferiría que no hablases en enigmas.

-Pero eso es lo que soy, nada. Te has acercado a mí. Has visto que no hay nada en absoluto. Eso soy yo.

-Entonces ¿qué es esto?-el chico hizo un molinillo con los brazos.

-Ya te lo he dicho, todo lo que puede ser.

-¿Por qué?

-Antes de que haya nada, debe pasar todo, ¿no crees? Me parece justo que podáis vivirlo todo antes de que no haya nada.

-¡Eres el fin del mundo!

-No.-rió la figura-Eso es una consecuencia de mi aparición, nada más.

-¿Por qué no ha pasado antes esto?

-¿El qué? ¿Que me despierte? Eso pasa una vez cada treinta o cuarenta años. Bueno, la última vez que pasó fue hace sesenta, de hecho, cuando tu abuelo me conoció.

-¿Y pasó esto?

-Sí, pero me extendí mucho más. Tu abuelo estaba en otro país cuando empezó. Llegó cuando casi había recorrido su casa entera. Pero consiguió darme cuerda, así que me dormí otra vez. La verdad, es que agradezco el descanso.

-O sea, ¿que tengo que poner el reloj en marcha de nuevo para que no se acabe el mundo?

-Sí, pero no sé cómo lo vas a hacer. La llave está al lado del péndulo y no sé si la vas a poder encontrar.

-Si, si te duermo de nuevo, ¿no te molestará?

-No, no te preocupes. Pero si no me duermes, tampoco pasa nada. Tú estarías conmigo, podría hablar con alguien.

-¿Cómo me quedaría? Si no hay nada, yo no puedo estar.

-Pero tienes el reloj. El de pulsera, con él me puedes hacer compañía. Por eso estamos hablando. Si no serías uno de ellos.

La figura del reloj señaló al borrón de Sardinas.

-Creo, creo que voy a poner en marcha el reloj.

-Vale. Buena suerte. Me despido de ti por si lo consigues. ¿Quién será la siguiente persona que veré si lo consigues?

La figura empezó a preguntarse cosas, pero el Sardina no se molestó en escucharle. Era un destructor de mundos bastante calmado y razonable, como si le fuese indiferente lo que fuera a pasar. La verdad, es que era alguien bastante agradable para una charla, pero el Sardina no querría despertarle de nuevo, por razones bastante obvias.

Viendo que no tenía la llave para darle cuerda hizo lo primero que se le pasó por la cabeza. Cogió carrerilla y, a dos metros de la base del reloj, salto, puño izquierdo por delante. Entró a la nada. Donde tenía que estar el reloj había una mota de polvo brillante. O quizás era un pequeño universo. O uno normal, pero muy lejos. En cualquier caso, antes de que el Sardina decidiese lo que era, notó como su puño rompía un cristal. Tanteó con la mano, que empezaba a sangrar, en busca del péndulo. Cuando lo notó, le dio una toba. El péndulo empezó a moverse.

El Sardina se incorporó. Estaba otra vez en su casa. Seguía borrosa. La figura entró de nuevo al reloj.

-Buenas noches. Espero que puedas reparar el cristal que has roto.

El reloj pareció sonreír.

El Sardina estaba orgulloso de sí mismo. Acababa de salvar al mundo. Se cruzó de brazos. En el tiempo que le llevó hacer eso, el mundo a su alrededor volvió a definirse. Su madre entró como un huracán.

-Ay, José, ¿pero qué has hecho?

El Sardina se dio cuenta de que tenía la mano ensangrentada. Casi se le había olvidado. Miró al reloj. La pantalla de cristal estaba cascada.

-Me… me he tropezado.-dijo el chico, orgulloso de su excusa.

-¿Y te has frenado con el puño?

-Sí.

-¿A través del reloj del abuelo?

-Eso parece.

-Ay, hijo, ¡qué desastre eres! Anda ve a limpiarte la herida. Yo recojo esto.

El Sardina iba a salir de la habitación pero se acordó de una cosa antes.

-Espera, mamá. Dame la llave del reloj.

-Ahora no es el momento de darle cuerda al estúpido reloj.

-Sí, créeme. Siempre hay que darle cuerda.

El chico le dio cuerda al destructor de mundos y guardó la llave en su bolsillo. Nunca iba a dejar de llevarla encima.

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