Diario del Cosmonauta. Quinto documento.

La pérdida de contacto nos pone nerviosos, obviamente. No han intentado contactar de ninguna otra manera con nosotros, ni siquiera lanzando cosas contra el “Resplandor”. Empezamos a ponernos más y más tensos. Decidimos que alguien, sea quien sea, debiera salir, a ver qué pasa. Ninguno está por la labor. No me sorprende. Utilizamos un dado para elegir quién va a salir.

Me toca a mí. Mis compañeros se apiadan de mí. No sabemos qué puede haber ahí fuera, de modo que me piden que me prepare. Voy a la bodega donde guardamos las armas. Abro la puerta.

Entro a una habitación fresca y seca. Las cajas siguen cerradas, como era de esperar. No me hace gracia coger ningún arma. No quería tener que usarlas. Sabía que las teníamos, pero al tener que llevarla esto deja de ser una misión de exploración y pasa a ser una misión militar. Imagino que esa debía de ser la intención del Líder. Ahora, ese hombre, debe estar muerto. Cojo un subfusil. Lo desenvuelvo con cuidado y cojo balas (gracias a Dios, el calibre está apuntado en una etiqueta pegada al arma) y algunos cargadores. Los coloco en el banco y meto las balas dentro. Me cuelgo el arma y salgo del armero al tiempo que cojo un walkie-walkie.

Me pongo el traje. Mientras tanto el resto de mis compañeros echan un vistazo al equipo que he elegido y lo modifican un poco: Añaden un cuchillo, quitan un par de cargadores… Antes de que me haya terminado de preparar Irene entra.

-Perdona, ¿sabías que estos cacharros – me lanza el walkie-talkie – tienen las pilas sulfatadas?

-No, no lo sabía. Gracias por avisarme.

-Entonces es posible que nuestros compañeros estén bien. Algo confusos porque no estamos respondiendo, quizás, pero bien.

-Aún así, debiera salir a avisarles.

Mis compañeros alaban mi valor y me acompañan hasta la esclusa. Salgo a un mundo nuevo y salvaje. No es como esas películas de ciencia ficción, un exuberante bosque o un sórdido desierto. Estamos en una playa. Es como una playa cualquiera sobre la Tierra. El cielo no es igual de azul que sobre la Tierra. Me encantaría preguntar a la nave o a mis compañeros a qué se debe, pero no puedo.

Tomo aire. Huele raro. No como la Tierra, eso seguro. Recuerdo los libros de Asimov que leía cuando era joven. Mencionaba cosas como esta.

Tenso la mandíbula y me pongo en marcha. Decido seguir las huellas de mis compañeros.

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Las huellas me han traído al borde de un bosquecillo. Aquí tampoco me va a resultar complicado seguirles. Se han abierto paso a través de los arbolillos o helechos o lo que demonios sea esto. Las plantas por aquí son bastante bajas, medio metro de media, pero hay suficientes árboles como para que lo considere bosque. No hay nadie y, descontando el camino labrado entre las plantas por mis compañeros y las propias plantas, tampoco hay signos de vida.

Me estoy poniendo nervioso, de manera que empiezo a correr, intentando alcanzar el fin de este camino. Cerca de mí hay unas montañas y es hacia donde me está llevando el camino. Al cabo de cinco minutos corriendo consigo llegar.

No queda rastro de nadie. No al lado del bosquecillo. Miro el camino por el que he venido. No hay nada y, si me esfuerzo, puedo entrever la nave desde donde he venido. Me giro y observo la montaña. A unos metros de donde estoy parece que hay una cueva. Puede que hayan entrado ahí. En cualquier caso, no me quedan huellas que seguir.

Entro en la cueva, subfusil cargado y armado. No sé lo que puede haber dentro, pero no lo quiero saber. No hay linterna que valga aquí. Por alguna estúpida razón he pensado que no me haría falta. Coloco el cuchillo en la punta del fusil, a modo de bayoneta.

La cueva está algo iluminada por la luz de la estrella (Soldos, la llamamos. El nombre real es un montón de dígitos), de modo que no es imposible navegarla, pero lo será en cuanto me adentre más de quince metros.

Ando poco a poco, los cinco primeros metros los recorro en medio minuto, intentando ver… algo. No parece que haya nada ni nadie. Paso la marca de los quince metros. Paro sin razón aparente y decido tantear.

Me pongo en cuclillas. Toco el suelo. No hay nada. Me tumbo. Toco. Tampoco. Empiezo a mosquearme. Chillo, esperando respuesta. Solo hay eco. Hago algo peligroso y estúpido. Doy un tiro en la dirección en la que habría seguido si hubiese habido suelo.

El destello no ilumina gran cosa. Parece que hay una pared a unos veinte metros. La bala rebotada me roza la oreja. Disparo de nuevo, esta vez una ráfaga y en ángulo. Ahora está algo más iluminado, pero no veo el fondo. Tengo que hacerme una idea de la caída que tengo delante. Cojo un par de casquillos y los suelto. Dos segundos. Eso es algo de menos de veinte metros.

Oigo gemidos.

Vuelvo a la nave. Todos me preguntan qué pasa. Me explico mientras rebusco en la bodega. En cuanto encuentro cuerda y un botiquín me preparo para salir de nuevo. Me acompañan Gavin y Lauren. Gavin mide algo más que yo y Amy ronda el metro setenta y dos. Están en buena forma física.

Dejo que cojan algún arma y salimos, mientras tanto, me curo la herida en la oreja. Llevamos dos subfusiles y un rifle de asalto. No me gusta ir con armas, pero han insistido. Tardamos menos de veinte minutos en llegar a la cueva. Atamos la cuerda a un árbol. Antes de bajar dejamos caer un par de glo-sticks. En el suelo hay un hombre de nuestra operación.

Bajo lo más rápido que puedo. El arma es molesta. Llego al lado del hombre. Es Marcus, el otro americano. Creo que se ha roto las dos piernas. Me sorprendería que estuviese mejor. Le ato con la cuerda y pido a Lauren que no termine de bajar, que se reúna con Gavin y que ambos tiren para izar a Marcus.

La operación lleva algo más de un minuto. En cuanto está arriba me lanzan la cuerda de nuevo y les ayudo a llevar al pobre hombre a la nave.

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